Las letras, los mapas y la goma.
El estereofón con los mapas de
Matías en Costa Rica nuestra
Creo que tendría yo unos nueve años cuando dieron el primer programa de Plaza Sésamo en Costa Rica. El asunto era todo un evento y en esa época, en que no había televisión por cable, éramos ignorantes de la versión en inglés que ya existía de Sesame Street. En todo caso, una de las cosas que nos llamaba la atención a mis compañer@s y a mí sobre ese programa, era cuando presentaban las letras. La que conocíamos como “Be”, se convertía en “B” (sólo el sonido sin la vocal), la “Ese” era la “S”, la “Cu” era la “q” y así. Aún a esa edad, nos imaginamos que era una técnica futurista de educación, aunque en la escuela nunca le dieron mucha pelota y de todos modos, nosotros ya sabíamos leer.
Cuando mi hijo Matías tenía cuatro años y había terminado su tercer año de kinder (maternal o como quieran llamarlo), ya le habían empezado a enseñar el abecedario con ese sistemita de cambiarle el nombre a las letras, al estilo de los amigos del barrio de Abelardo, Beto, Enrique y Lucas. Al año siguiente en el nuevo kinder (ahora sí en el primer año de su educación “estándar”), continuaron con el método. Esto dio como resultado que unos
meses antes de cumplir los cinco años, él comenzó a juntar las letras al verlas, lo que resultaba en una especie de lectura entrecortada, pero lectura al fin; C…A…S…A…casa, L…A…T…A…lata. Luego de repetir las letras como sonidos independientes, decía con gran soltura la palabra. Esto por supuesto hacía que en palabras largas, se le olvidaba lo que había leído; pero vamos…a esa altura era mucho pedir. El sistema que vi con suspicacia en mi niñez, se me mostró como altamente efectivo cuando comenzó a preguntar por las letras que él no conocía, pero que tenían que existir ya que había sonidos que no veía representados. Es así como preguntó un día por cual era la letra “Ch” y yo con gran orgullo le mostré la “che”.
Para entonces obviamente, quedaban las batallas por enseñarle a distinguir los dos sonidos de la “r”, de la “c” o de la “g”, pero aquello que se me hacía un obstáculo que le tomaría su tiempo, para cuando cumplió cinco años (un mes después) ya él lo había resuelto, probándome lo efectivo de aquella nomenclatura alfabética que me sorprendió a mis nueve años, en el programa de Archibaldo, el Conde Contar y los demás personajes.
En ese año y sin relación con la lectura, se me ocurrió que le gustaban las banderas. Algo me habrá dicho un día o bien, preguntó por alguna bandera y yo asumí que le atraían. Es así como le pasé un libro de banderas que tenía para que las viera, mientras intentaba con mi ayuda leer los nombres (estaba iniciándose en la lectura). Aunque él se veía entretenido y posteriormente podía reconocer varias, objetivamente creo que la afición se la trataba de transmitir yo, en lugar de responder a un interés original que él tuviera. Y claro…a este punto debo confesar que a mí siempre me encantaron, las banderas, los mapas, los atlas y demás.
Siguiendo sus intereses o más bien los míos, decidí tiempo después que podíamos comprar una lámina de estereofón, imprimir un mapa de algún continente, recortar banderitas impresas de computadora y pegarlas en la lámina en sus respectivos países. Lo tomamos como un proyecto de un sábado y lo primero era escoger el continente. Dado que en su kinder inicial le habían enseñado los continentes, le dije que él escogiera. No sé si fue porque el nombre le hacia gracia, o quizás porque era el primero de la cancioncita que le enseñaron en el kinder para aprenderlos, pero el hecho es que puso su dedo en el mapamundi con seguridad e insistió en que tenía que ser África. Dada la cantidad de naciones involucradas, me di cuenta que el proyecto iba para largo, por lo que opuse cierta resistencia inicial. No tuve éxito, por lo que nos enfrentábamos al reto de recortar, pegar en palillos de dientes y colocar en un mapa, cincuenta y pico banderas.
La tarea dio inicio y comenzamos a recortar, él por su lado y yo por el mío. A la mitad de la faena (unas dos horas) pensé que lo estaba sometiendo a una tortura. Es por ello que en mi culpa, comencé a lanzar excusas varias para dejarlo para otro día. “Bueno, lo podemos guardar y terminamos mañana” o bien, “vámonos un rato afuera”. Matías no contestaba, parecía estar poseído por el asunto y ante alguna insistencia de mi parte, me decía que teníamos que terminar. Al final yo era el harto, pero él seguía insistiendo en que pegáramos las dichosas más de cincuenta banderas.
A la mitad de la tarde ya estábamos (¡por fin!) en la fase final. Él leía el nombre del país bajo la bandera en la lámina guía que le había impreso, buscaba la banderita entre las cincuenta y tantas que estaban en la mesa y yo le señalaba donde era el país en que había que colocarla (si lo ponía a él a buscar el nombre en el mapa, con su velocidad de lectura nos daría para el mes siguiente). El proyecto terminó con éxito; Matías decidió que su bandera favorita era la de Burundi, que también le hacía gracia la de Lesotho y que la de Liberia se parecía a la de Estados Unidos.
El fin de semana siguiente Matías insistió en hacer otro mapa y yo me impuse sosteniendo que el nuevo mundo sería mejor y específicamente Sur América, sobre todo pensando en no repetir la maratónica sesión de manualidades que había implicado el continente negro. Todos comprenderán, que la sesión de trabajo de ese sábado fue mucho más corta dado que eran menos las naciones involucradas.
Eso sólo me sirvió para una semana, ya que a la siguiente Matías decidió que teníamos que completar América y las Antillas resultaron ser una suerte de África insular. Esto se veía aumentado por el hecho de que la lámina que imprimí mostraba banderas de lugares que para mí no debían tenerlas; tal como Martinica, Guadalupe y Aruba entre otras. Incluso en una suerte de purismo geográfico, le insistí en que al lado de la de las serpientes (Martinica) y de otras similares, había que pegar la del país del que eran parte (Francia, Holanda, etc.) lo que implicó una argumentación que fue más allá del simple trabajo de cortar-pegar y la cual, a él no lo terminó de convencer.
El cuarto fin de semana yo ya había decidido que esto había que detenerlo. Me asustaba pensar que mi hijo decidiera que trabajáramos con Asia y a mí, ya lo de la pegatina me tenía un poco frito. Puesto que Matías ya tenía más soltura para leer, me pareció bueno que viéramos libros de países, donde leyéramos el nombre y habláramos de los lugares y lo que había en ellos. Ese fin de semana en casa de mi madre, estaba también mi hermana, por lo que la oportunidad se prestaba para que yo hiciera gala de las dotes de lectura e intereses geográficos de mi primogénito.
Estando en la mesa de la cocina decidí ir a buscar algún tomo de una colección de fascículos que mi padre había ido llevando a la casa cuando yo tenía unos ocho años. A mí en mi infancia, me pareció fabulosa. Era una colección que se llamaba Geografía Universal de la editorial Roguer-Rizzoli y que en cuatro tomos, tenía mapas, fotos y texto de todos los países. Contando con la atención de Matías, fui a la biblioteca, traje el tomo uno, se lo puse en la mesa, lo abrí y leyó el título…Europa.
Comenzamos con España, él leyó el nombre (E…S…P…A…Ñ…A…España) así como algunas ciudades y vimos algunas fotos a las que les di contenido, comentándole algunas cosas. A la mitad de la Madre Patria, ya a Matías el sistema que yo había pensado para visitar los países no le parecía interesante. Él quería pasar las páginas a gran velocidad, leer un título, el nombre del país del mapa, el nombre de la capital y pasar a otro. Es así como interrumpió algún comentario que yo hacía sobre los toros y Sevilla, pasó un puño de páginas, encontró un mapa y leyó el nombre del país…A-L-E-M-A-N-I-A…Alemania, F-E-D-E-R-A-L…Federal. Ya con los pocos mapas que había visto, descubrió que en ese mapa específico, marcado con otro color, había otro país… A-L-E-M-A-N-I-A…Alemania, D-E-M-O-C-R-A-T-I-C-A…Democrática (esta le costó un poco).
-“Son dos países”, dijo con orgullo.
- “Bueno eso era antes Matías”, le expliqué. “Ahora es solo uno”.
- “¿Los pegaron?”, preguntó.
- “Sí Matías los pegaron, ahora es un solo país; Alemania”.
- “¿Los pegaron con goma?”, pregunto de nuevo.
Los presentes nos reímos con la ocurrencia y yo le traté de explicar que no, que había fronteras, que tenían otra bandera pero que ya no y bla, bla, bla. Matías seguro que no entendió y si acaso, pudo haber aceptado que no era goma pero siempre le parecería más lógico que mi explicación, el hecho de que algún tipo de adhesivo debía estar involucrado en el cambio geográfico.
Matías siguió con su dinámica de pasar lotes de páginas hasta encontrar algún nombre, mapa o foto que le llamara la atención. Luego de un par de países en que se detuvo, llegó a leer; “Y-U-G-O-S-L-A-V-I-A…Yugoslavia”. Mientras leía el nombre de la capital (Belgrado), yo pensaba que algo tenía que decirle al respecto. Es por ello que al terminar de leer el nombre de la capital de la actual Serbia, le comenté: “Esto era un país, pero ahora lo dividieron en varios países” y mientras le señalaba en el mapa fronteras imaginarias, le mencionaba a Croacia, Eslovenia, Bosnia, Montenegro y Macedonia. Me imagino que a la altura del segundo nombre a él no le interesaba el resto ya que lo incomodaba una duda mayor: “¿Y por qué lo partieron?”, preguntó.
En los segundos en que yo trataba de pensar en una respuesta estructurada y comprensible, mi madre comentó desde la cocina; “¡porque se murió la goma!”.
Mientras nos reíamos de la referencia al Mariscal Tito, yo pensaba a la vez en la siguiente pregunta de Matías. Aún cuando no creo que le bastara la respuesta de su abuela, Matías decidió pasar más páginas en busca de otro de estos curiosos países. No habíamos terminado de comentar la ocurrencia de mi madre, cuando Matías se detuvo en otro país…U-N-I-O-N…Unión…S-O-V-I-E… Yo no escuché el resto, ya que sabía que la cosa se ponía complicada. Mientras subía las escaleras me sentía como un anciano, que entrega antiquísimos papiros en lenguaje incomprensible para el joven. Bajé con el segundo tomo, cerré el anterior sin mayor explicación, leí el título de la primera página…”América del Sur”…y respiré aliviado.
Nuevamente este sub-continente, sub-desarrollado pero de fronteras estables, acudía en mi salvación. Ayuda válida además, dado que en el lío en que me estaba metiendo, ninguna de las técnicas de los muchachos de Plaza Sésamo me serían de utilidad.
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