Mode:  
  Search 
Saturday, July 31, 2010 ..:: Ediciones Anteriores » Décima Edición » ELOGIOS LEOPOLDO BARRIONUEVO ::.. Register  Login

We use cheap web hosting services of Texas

cash for gold Click Here

nolimt free wordpress themes with fast downloading

Site created with dotnetnuke hostdak web hosting

 ELOGIOS LEOPOLDO BARRIONUEVO Minimize

Regresar

ELOGIOS

SER ALGUIEN                           Leopoldo Barrionuevo

 

Desde antes de nacer, el ser humano suele ser un proyecto, en especial para sus padres. En mis tiempos de niñez había un tema predominante en especial con los hijos varones: ¿qué vas a ser cuando seas grande? Y si uno era haragán con los estudios o no respondía a los constantes reclamos de los viejos, las premoniciones eran de un solo tono: ¿No te interesa ser alguien en la vida o lo que pensás es ser un Don Nadie?

Era apenas lógico: un país de inmigrantes que habían llegado ”per fare la América e tornare”, no habían vuelto, se habían afincado y por entonces ni siquiera podían visitar a su terruño, posiblemente destruido por una Guerra implacable y persecutoria en una Europa de la que sólo se buscaba huir hacia estas tierras. El ascenso social era el gran objetivo.

En 1903 el dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez estrenaba en el Teatro Comedia de Buenos Aires la obra “M’hijo el dotor” que tuvo gran incidencia en el relato de los sueños de la gente humilde para con sus hijos que se recibieran de médicos, lo máximo en prestigio de una sociedad aluvional. Todos querían un hijo Doctor (sólo los médicos ostentaban ese título) y aunque parezca mentira, lo máximo a que se aspiraba si no se trataba de una carrera universitaria era ser empleado público, bancario, es decir, alcanzar la cumbre de la clase media en ascenso.

En mi casa mi viejo me deseaba abogado y mi vieja dentista y me aceptaron como maestro cuando decidí continuar el Profesorado en Letras y se tranquilizaron cuando llegué a Director de la Escuela Superior de Ventas y poco después a Director de Estudios de la Universidad de Ciencias Comerciales.

En el fondo, los títulos eran importantes pero no decisivos, lo que contaba era que te preguntaras de qué ibas a vivir en el futuro y si no te morirías de hambre. Para las mujeres, ser alguien era casarse con un buen partido, en el mejor de los casos recibirse de maestras y tener pocos hijos, las que no llegaban al status de amas de casa con servicio doméstico y permanecían solteras, se quedaban “para vestir santos”.

Poco a poco, ser alguien tuvo que ver con la política, las fuerzas armadas, el comercio y la industria, es decir, con no tener patrón y manejarse como un profesional independiente y aunque fueras carnicero, almacenero o tuvieras un comedero, lo que contaba era si tenías dinero  en el banco.

 

Nadie se planteaba, en una sociedad en la que cuando te morías te consideraban valioso de acuerdo con los caballos negros con penacho que arrastraban la carroza (el máximo eran ocho y no se estilaban los coches motorizados) mientras las viejas comentaban compungidas:”No somos nada”.

A nadie se le ocurría plantearse “Ser uno” en vez de “ser alguien”.

leopoldo@amnet.co.cr

 

YO Y EL OTRO 

               Leopoldo Barrionuevo

Desde lo más remoto de mis recuerdos, mis convicciones nunca fueron tan firmes como mis dudas y en base de ello se fue generando en mí la ansiedad por el conocimiento, la búsqueda incesante de evidencias y el fortalecimiento de mi personalidad sin abandonarme a la realidad o a los libros; estoy convencido que la escuela, la familia y el barrio fueron motores fundamentales en mi desarrollo al igual que el mundo que nos rodeaba en tiempos de la Segunda Guerra que estaba presente invariablemente para sacudirnos.

Nos contaron que éramos superiores, que alimentábamos a un mundo hambriento y éramos la cumbre de la agricultura y de la ganadería y nuestro nivel de cultura era digno de que estudiáramos para superarnos: Francia sería después el objetivo de y soñábamos con un París de la rive gauche, el Café de Flore, el Barrio Latino y el existencialismo de Sartre, la Beauvoir y Albert Camus.  Fueron estímulos engañosos y nos costó superarlos, pero no vivíamos rodeados de libros solamente, el fútbol, la milonga y las pibas remotas e inalcanzables eran parte de nuestra realidad, de los sueños y fantasías.

Si desde muy pequeño comprendí la importancia de los otros en mi evolución, también me fue muy claro que tener amigos y amigas mayores otorgaba un mayor grado de seguridad en uno mismo pero tal vez nada haya sido tan importante en mi vida como el ejercicio de la docencia, desde el magisterio en barrios marginales hasta la enseñanza en universidades y empresas de América sin sentir nunca que había llegado a ninguna parte y el pretendido orgullo que se atribuye a los argentinos no me alcanzó jamás como un respiro, por el contrario me cuestiono y conjugo mis miedos como todos.

Pero poco después de los 30 años dejé mi rincón para hacerme latinoamericano,  cuando era muy escasa la gente que emigraba y entonces crecí, trabajé y viví en todo el continente  y adopté la nacionalidad tica hace 35 años sin renunciar a la nativa (¿sabía usted que es un derecho humano que no otorga el Estado y es por tanto irrenunciable?).

Fuera de mi país nativo aprendí a reconocer, aceptar y respetar al otro, al que forma parte de mi circunstancial entorno, al que me ayuda a convivir y me brinda trabajo a la vez que me facilita el comprender que mi “aquí” es donde estoy y no sólo donde estuve, más allá de un  mundo de recuerdos y nostalgias que sólo son rememoraciones sin futuro.

Me guste o no, mi mundo interior se mueve dentro del mundo exterior donde mi aquí navega. Todos esos mundos de fuera seguirán estando cuando ya no tenga un aquí y no serán mejores ni peores sino tan solo diferentes: mi yo no es suficiente, debo compartirlo con el yo de los otros y convivir ocupando un pequeño espacio con la convicción de que el resultado por lo realizado es satisfactoria y no es mejor ni peor que la de nadie. De tal modo habré dado mi menos, es decir lo que fui capaz de dar sin compararme con  los que pueden dar su más: el balance será mío y sin justificaciones.

leopoldo@amnet.co.cr

 

 

 

EL TIEMPO RESTANTE                                  

                                                   Leopoldo Barrionuevo

Hace tiempo que lucho con el tiempo y cuando me preguntan cuál es el afán, tengo para mí que no me queda demasiado, sino en tanto el que me resta es mucho menos del que hasta ahora he vivido; por lo general la respuesta es cuanto menos cursi y trillada: “Nadie tiene comprada la vida”.

Puedo decir como Violeta Parra: “Gracias a la vida que me ha dado tanto” pero no quiero mirar hacia atrás para no caer en la reminiscencia y la nostalgia que son inevitables para los que han vivido plenamente y se aferran a un pasado siempre embellecido porque ya pasó y han sido olvidados los malos momentos.

Por el contrario, miro hacia adelante sin temor, me ocupo de mi mismidad más que en el pasado y sufro menos por los otros, además de aceptarme tal y como soy, sin pretender cambiarme, al fin y al cabo no siempre fui lo que pretendía ser ni mucho menos alcancé mis escasos logros por haberlo deseado, como decía Don Ata Yupanqui: “Uno está donde uno quiere muchas veces sin pensar”.

No me arrepiento de haber viajado tanto aunque haya sido por trabajo; ni de haber dado conocimientos a gente que no los apreciaba por cuanto me compensan ampliamente los menos a quienes contribuí a cambiar su vida; mi vida se llenó de amigos y familia y hubiera querido dar más de mi parte para devolver cuanto me obsequiaron; entre mis mejores amigos, los libros pero mucho más la realidad con la que conviví sin quejarme, sin empañar su encanto maldiciendo mi suerte…

No soy ningún ejemplo de nada pero estoy satisfecho de mí y eso me basta porque continuar no es algo que pueda alentarme en lo que resta, no soy competidor sino conmigo mismo en todos los órdenes y puedo repetir a ese excepcional poeta brasilero –Mario de Andrade- cuya obra conocí gracias a mi primo el Dr. Agüero en su poema “El valioso tiempo de los maduros” y sólo lamento que el espacio me obligue a seleccionar textos:

“Me siento como aquel chico que ganó un paquete de golosinas: las primeras las comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocas, comenzó a saborearlas profundamente…/ Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se discuten estatutos, procedimientos y reglamentos internos sabiendo que no se va a lograr nada…/ Ya no tengo tiempo para soportar absurdas personas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido. Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades…/

Sí, tengo prisa por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.

Pretendo no desperdiciar parte alguna, de las golosinas que me quedan. Estoy seguro que serán más exquisitas que las que hasta ahora he comido.

Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia. Espero que la tuya sea la misma, porque de cualquier manera llegarás..."

leopoldo@amnet.co.cr

 

   LOS VECINOS                    Leopoldo Barrionuevo

Vecino viene del latín vicus, lugar, sitio, colonia y a su vez, del griego voikos o bien, oikos, casa y pasa al italiano como vicino, cercano. El vecino es el que está próximo, cercano al lugar donde estoy asentado, donde moro, donde sueño, muy diferente del extraño, del diferente, del extranjero. 

Cuando era niño, me crié en el Bajo Flores de la ciudad de Buenos Aires, un barrio que había sido levantado unos diez años antes, las casitas baratas del Barrio Varela, que aún están en pie por más que hayan sido modificadas una y otra vez. De algún modo carecíamos de raíces criollas, éramos hijos de inmigrantes y en el barrio los idiomas y dialectos europeos eran abundantes y nos tornamos medio poliglotas: tanos, gallegos, rusos, polacos, croatas y los hebreos a los que llamábamos rusos, mientras todos los españoles eran gallegos, para nosotros. Pero a todos los queríamos por igual.

Lo que empezó a separarnos fue primero la guerra civil española y ya hubo socialistas en el vecindario y poco después, el fascismo y el nazismo y de algún modo, el comunismo y el recogerse del judaísmo para protegerse de los odios que no pasaban de mirarlo mal a uno. Pero también nos llegó la adolescencia y el tiempo de las serenatas, y los bailes en la calle con las vecinas que sacaban las sillas a la vereda y cerraban la cuadra con camiones para impedir el escaso tránsito; nos soportábamos y los logros de cada uno eran también los logros de todos, como el de Alfredito de la calle Directorio que venía de Barracas y acariciaba a la pelota en las mejengas de potrero. Después fue Distéfano para todos.

Los vecinos se pedían alguna especia, algún huevo, algún tomate, un bollo de pan, una flauta (hoy la rebautizaron baguette) o una medialuna (hoy croissant) y la yerba mate. Pero daba vergüenza pedir prestado el vino y más aún la carne, más bien uno le pedía al carnicero el bofe p’al gato que era el hígado, que como otras entrañas no se cobraba, aunque el carniza sabía que no teníamos gato. El fútbol también nos dividía pero sin que la sangre llegara al río y lo notable es que nos visitábamos, nos apoyábamos mutuamente y compartíamos penas y alegrías…

Después llegaron los departamentos, los condominios, donde nadie se conoce porque se vive enrejado y los vecinos sólo se ven para la Junta del condominio, alrededor de guardas y conserjes. ¿Qué fue del vigilante de la esquina que resolvía conflictos sin llegar a la Sala Cuarta?

Y usted ya sabe cómo son las cosas: todo el mundo te dice “¿qué pasa hermano que nunca me visitas? Déjate ver por casa, no seas egoísta, llámame” y te lo dice alguien que vive para dentro, que no te da el teléfono y ni siquiera la dirección electrónica. Nadie invita a morfar, todo el mundo en el riel…

leopoldo@amnet.co.cr

Regresar


 Print   
Copyright 2007 by Marketing Interamericano -- Tél.(506) 2224-9059 / 2225-9197 – San José Costa Rica   Terms Of Use  Privacy Statement
DotNetNuke® is copyright 2002-2010 by DotNetNuke Corporation