ANTONIO FRAGALÁ: Autor de cuentos
Hasta hoy inédito hombre de letras, del Barrio de Mataderos de Buenos Aires que nos sorprende con -El último Hombre - El Viaje y La Biblioteca- que incluirá en su primer libro de edición argentina, que lanzará próximamente.
EL ÚLTIMO HOMBRE
“Bien hubiese podido escoger otro sitio para terminar con mi vida y con la de la especie. Elegir la montaña en que se ha levantado el monumento al hombre, tiene un cierto matiz simbólico, y eso ahora carece de sentido. El símbolo está destinado a aludir, a establecer cierta sugerencia, y aquí no hay destinatario posible de mi lenguaje indirecto o de mi gesto cifrado. Lo he resuelto. Acabaré conmigo. Mi suicidio servirá para destruir definitivamente a este ser solitario que queda como resto de una realidad otrora multitudinaria, que habitó en sus comienzos un planeta y luego varios del sistema que rodeaba al sol, para habitar luego otros planetas de otros sistemas... Disolveré la historia del hombre, la memoria, la conciencia que –aunque minúscula en mí- todavía sigue atestiguando los sufrimientos y las desgracias que asolaron a esta increíble aventura que hoy concluye. El monumento que tengo delante permanecerá, sin embargo, encerrado en sí mismo, para la mirada de nadie, absurdo y hasta ridículo; para una eternidad sin relojes, y tan misteriosa e indescifrable como siempre. Sus doscientos descomunales metros, erigidos en uno de los picos terrestres más altos, serán la muestra clara del concepto –aunque embozado- que tuvieron de sí, los que ya no están. Presunto orgullo, compasión o vanidad... No está claro, empero, ni siquiera hoy. Acaso yo piense, en lo esencial, como algunos de los que fundaron la idea; acaso piense -como la hipótesis más verosímil- que quizá fue el reconocimiento del dolor humano lo que llevó a gestar la necesidad de erguirlo, si bien algo me mantiene alerta para no desconocer que el espíritu del hombre jamás pudo llegar a ser todo lo manifiesto y transparente que pretendió, y que tal vez, razones no tan confesables y diáfanas , acompañaron el propósito de amasar una estatua destinada a rendir culto a la entidad más importante del universo.
“Nunca había estado tan cerca. Diviso desde acá el lejano y amplio valle de la escarpada meseta de la que partí, para ascender trabajosamente, a lo largo de días enteros, por la cuesta poblada de arbustos y de zarzas que me destrozaron las piernas. Miro el viejo bronce y reconozco que resulta monstruoso comprobar que apenas llego a medir la mitad de la altura correspondiente a cualquiera de los dedos de un pie. Figura desmesurada y tosca que buscó, tal vez, expresar fuerza, seguridad, amor del hombre por sí mismo, y absoluta autonomía, aun cuando el mismo propósito de colocarla por encima de las cumbres más prominentes, siguió revelando –acaso- la enfermiza dependencia de lo divino de la que casi todos ya se juzgaban emancipados. Esto no era el cielo, en el que ya no creíamos, pero pretendía, posiblemente, tener lo más excelso del cielo antiguo: la elevación incomparable, lo ajeno a la vida de todos los días: lo sagrado.
“Levanto la mirada y veo sus brazos en jarra, su tronco genérico, asexuado y desnudo, su pecho varonil; su rostro indefinido, de mujer o de hombre, como la larga cabellera que le cae por la espalda, y siento el mismo e inexplicable desasosiego que experimenté desde pequeño, ante este objeto híbrido, que no fue jamás preciso paradigma de aquellos a quienes representaba; paradojalmente, él terminó triunfando sobre sus creadores, porque tiene la inmortalidad de la estólida piedra y del refulgente metal.
“Queda claro, de todos modos, que su realización coincidió con el estadio a que la humanidad había arribado, luego del retorno a sí misma, concluidas las prolongadas excursiones siderales y teológicas, que se urdieron a lo largo de los siglos. Se supo finalmente que Dios no existía, que no era más que una creación de la desorbitada fantasía humana –de ese ser tan solitario que no encontraba pares en otras galaxias- y fue entonces cuando el asombro y el espanto condujeron a la deificación de lo insignificante, de este cuerpo y de este espíritu capaces de ser abatidos por un germen no clasificado, como ha ocurrido con los miles y miles de hombres y mujeres borrados de la tierra y del universo.
“Ya no queda nadie. Años de mi vida he dedicado a confirmarlo. Las distancias no existen, en verdad, para los adelantos técnicos a que habíamos arribado en las comunicaciones. Soy una excepción. Pero no hay otra, y por ello he resuelto arrasar con mi persona.
“Miro hacia atrás, y por última vez recorro los períodos de la historia. Pienso, con nostalgia, en la época primitiva de los dioses. Los hombres estaban plenamente confiados a ellos, y vivían felices. Después de algunos milenios, sobrevino paulatinamente el descreímiento, y el ateísmo fue el sustrato normal de la existencia. Y así siguió siendo hasta que el vacío se tornó asfixiante y se creó otra divinidad: el universo, silencioso, oscuro e infinito. Había que explorarlo. Durante siglos, todos pasaron a vivir pendientes de estas gigantescas investigaciones. No alcanzaba una vida para concluir con uno solo de los proyectos, y las generaciones se sucedían, por fuerza, en el empeño. Se buscaba con tesón algo indefinido, pero necesario para proseguir; no obstante, la esperanza se fue agotando, y el hombre, socavado, retornó a la tierra más solo que nunca. Todo era en vano. La vida y la muerte. Y todo era absurdo. Dios no existía. El universo –milagroso e incomprensible- era sin límites. No había seres inteligentes que acompañaran nuestro pavor en el cosmos. Luego –se dedujo sin muchas vacilaciones y sin mucha lógica- éramos Dios, y con las dudas antes mencionadas sobre la axial motivación de la idea, se construyó el monumento. Y vinieron las peregrinaciones y el culto, primero espontáneo y después dibujado en trama rigurosa. Y se cayó en la superstición. Una mitología más complicada que las mitologías anteriores, se fue tejiendo en la conciencia de una humanidad que aparentaba entontecerse de modo progresivo. Los diminutos organismos extraños parecieron, por último, apiadarse de tanta perplejidad, y en forma inesperada se resolvieron a cumplir su devastadora y decidida faena.
“Miro por última vez el cielo, el valle casi desértico y apagado, ese guijarro quieto. Tomo esta arma piadosa y me dispongo a terminar mi vida con un estampido sordo, porque carecerá de oyentes. El hecho es simple, y nada tiene de esas cosas que alguna vez se llamaron drama o tragedia.”
Y entonces yo escuché el disparo. Y el último hombre desapareció de la faz de la tierra. Desde mi ubicua infinitud, juzgué que otra vez me quedaba solo. Ellos, mi creación, ya no están, y su retorno no ha de verificarse, porque el viejo y anacrónico dogma de la resurrección, y el otro, el de la inmortalidad del alma, no fueron más que ideas humanas pobremente elaboradas, para acallar la angustia de esos débiles pechos ya exterminados. Estoy solo, único en el vasto universo, dispuesto a recomenzar una vez más la urdimbre de esta complicada y singular historia, que me divierte y me da sentido. Repitamos la obra. Recreemos, pues, al hombre, a imagen y semejanza nuestra.
EL VIAJE
No sabía exactamente dónde se hallaba. Durante una noche interminable había estado viajando, en medio de una oscuridad densa que no permitía adivinar lo circundante. Tampoco tenía noción del tiempo; vagamente juzgó que ya debía amanecer, pero sospechando que se equivocaba: esa noche, ciertamente, no habría de acabar nunca. Lo real, lo indudable, consistía en ese contorno luminoso y envolvente, en ese bodegón o bar viejo, evocador de los que viera cuando muchacho en las películas del lejano oeste norteamericano. El mostrador de cinc, brillante; los estantes, colmados de botellas multicolores; las varias mesas dispersadas sin ningún orden; el tabernero, con el infaltable delantal blanco y medio sucio, y con la monótona mansedumbre del que ha aceptado estar al servicio de los otros; y los parroquianos, bastantes parroquianos señaladamente viejos, bebiendo o jugando en silencio a las cartas. Miró su copa, no tenía sed. La había pedido sin pensar, para poner en orden sus perturbadas ideas, sin convicción. Conjeturaba que como en los sueños, todo seguiría mostrándosele extraño y nebuloso. Ese viaje fantástico, ese ingreso repentino a la claridad, lo desconcertaban.
Un murmullo creciente se levantó desde una de las mesas: discutían por el juego. La distracción duró muy poco; se concentró, enseguida, en ese vano de la puerta que comunicaba con la completa negrura. A lo lejos –a lo lejos?- ni una estrella, ni una luz, nada. Era lo mismo pensar que se tenía delante una montaña, o un abismo. Intentó levantarse para salir, pero el claro y fraternal temor lo retuvo. El brillo del mostrador, el de las botellas, eran ahora sus amigos. La hermosa luz, se dijo. Y amigos eran también los gestos de ese hombre que parecía servir sin consultar los gustos, a los clientes, porque era manifiesto que allí todos se conocían, que las partidas de naipes o la mera charla, los reunían una y otra vez bajo el mismo techo.
Las cartas... El truco... Habían sido la delicia de su juventud, vivida en noches de bohemia inolvidables. La calle Rivadavia, plenamente iluminada, pasó como un relámpago por su espíritu. El café que lindaba con el cine, estrecho y largo. Los muchos amigos, disgregados luego por el tiempo, por los matrimonios o la muerte. Entrevió el barrio viejo, con su aroma nocturno de paraísos y de glicinas, mezclado a los compases de algún tango; recordó con amargura el día en que tuvo que cambiarlo... El desconsuelo, sin embargo, no había sido aquella vez tan grande, porque otros, como el gallego –o “el gaita”, como también lo llamaban-, su íntimo amigo, se habían tenido que alejar a un tiempo, del barrio y de la vida.
Pobre. El problema había empezado con una tosecita sencilla y pertinaz que él pensó curarle con toda su euforia de orgulloso practicante, aun cuando los médicos veteranos juzgaran que la cosa era grave y que se hacía indispensable el traslado a las sierras. Pero el gallego carecía de medios y no tenía a nadie, y la colecta, iniciada por algunos, no tuvo éxito entre la muchachada. Se pensó en el hipódromo, y Carmelo, burrero como pocos, apalabró a los jockeys. Aquella tarde de domingo todos se fueron a gastar hasta el último peso, porque –claro- la fija era segura y el flaco se iría, a no dudarlo, derechito para Córdoba en el tren de medianoche. Cuando el caballo llegó entre los últimos, todos dirigieron la mirada hacia los escalones de arriba, hacia el gallego, que observaba con tristeza cómo se resolvía el destino de su vida, en las cuatro patas desalmadas de la bestia. Aquella tarde, ya nadie habló. Llegaron al barrio y cada uno se fue para su casa, como escondiéndose, salvo “el gaita” y él, Ricardo. Se quedaron toda la noche acodados en una mesa, tomando alguno que otro café. Al despedirse, en silencio, con la aurora, el gallego lloraba.
A los pocos meses los bacilos ya le habían trepado a la garganta, tumbándolo para siempre en la cama; empezó a hablar por señas o a escribir las palabras en un pequeño talonario que tenía en la mesita. Un puñado de amigos le hacían compañía en la pensión, distrayéndolo con cuentos y con bromas o jugando a las cartas. La noche de su muerte sólo a él le había tocado estar a su lado. El abatimiento del amigo era total, como esa fiebre que sin interrupción lo quemaba. Había querido tranquilizarlo, diciéndole que se alegrara, que saldría de ésa y que seguirían metiéndole al truco por muchos años, hasta que tuvieran nietos. Pero el gallego no se engañaba y con un rictus amargo que pretendía ser una sonrisa, había levantado las manos, como pellizcando naipes imaginarios, para expresarle luego, con trágica mímica del pulgar enhiesto, que él seguiría jugando, sí, pero allá arriba.
A las dos de la mañana se había acabado todo; después de avisar a la dueña de casa se fue para el café, rumiando el dolor y las lágrimas, para contarle a los otros... Ahora, él estaba allí, en el bodegón, solo. Había vivido mucho desde entonces... La frustrada carrera médica, el casamiento de rigor, los hijos, el trabajo rutinario. Las nostalgias... Ahora estaba allí, sin comprender, como en una pesadilla. Por enésima vez recorrió con su mirada las botellas, el mostrador y algunos rostros inexpresivos de los presentes, como tratando de descubrir lo que se le resbalaba, como se le resbalaban todos los pensamientos con que intentaba representarse a los suyos, a su mujer, a sus hijos.
Repentinamente, oyó su nombre; lo llamaba una voz familiar que no acertó en principio a reconocer, desde uno de los rincones alejados del local. Una voz quieta y sin emoción, que decía y repetía “Ricardo”. Levantó un poco la cabeza y pudo verlo. Fríamente descubrió quién era y entonces, de manera súbita, lo recordó todo: la calle oscura, el frío intenso de esa noche de agosto, el brusco y tremendo dolor que le destrozaba el pecho, el corazón que estallaba y el último pensamiento que, con nitidez, le expresó que se moría. Con resignación jamás imaginada, con plena y apática aceptación de los hechos, dejó el taburete en que estaba sentado, mientras decía en tono resuelto: “Mezclá las cartas, gallego: ya estoy con vos”.
LA BIBLIOTECA
Según se me ha dicho –o mejor: sugerido-, mañana a las siete, con el alba, se me ejecutará. Los estampidos que oigo me dan noticia del ritmo regular con que se cumplen los fusilamientos. Aquí, en esta alejada estancia de la provincia de Buenos Aires, se “trabaja” –en una tarea monstruosa, sin duda- todo el día... Me digo que no siento miedo, ni estoy espantado. Cuando algo ha cobrado las características de lo fatal o irrecusable, el alma concluye asintiendo con natural blandura; la rebelión ante los hechos es vista como una manera irracional de hacer más hondo el dolor sin remedio. De aquí, no existe escapatoria... Yo, casi no sospechaba esta realidad que ahora estoy constatando de modo bien directo. Se hablaba, sí, a media voz, acerca de los horribles crímenes de Chascomús; de cómo los cadáveres eran enterrados, por las noches, a varios metros, en las márgenes de la laguna; se hablaba de los múltiples túmulos de tierra removida que aparecían esparcidos, pero vivíamos nuestras horas ganados por la inocente incredulidad; por más que la sospecha estaba en todos - si bien lejana- como cosa sólo temible para los demás; como la muerte misma, que nunca imaginamos que pueda ser una vicisitud próxima, amenazante y personal... Casi no he visto a mis carceleros y a costa de grandes esfuerzos pude reconocer el sitio en que me alojaron; esto no es un calabozo, estrictamente, y bien podría ser tomado por la cocina de algún peón. Hay un fogón, un camastro, una mesa, una silla y un farol, y ninguna manta. En lo alto de la pared, se divisa una pequeña abertura por la que miro por última vez el cielo estrellado; y pienso, entonces, que los hombres podrían ser definidos o caracterizados como los seres que revelan lo que es, o como los responsables de que los objetos se muestren y se constituyan como tales...El triste y apagado mugido de las vacas, que llega intermitentemente hasta mis oídos, es, también, algo postrero; mañana, ellos me cerrarán las ventanas de los sentidos; primero, será una, y luego otra, y luego otra más, hasta que no quede ninguna; o quizá lo que me destruyan sea la luz de adentro, esa que torna factible que las ventanas sean portadoras de la luz de afuera. Me apagarán el centro del alma y enseguida la niebla empezará a caer sobre las formas. Yo diré entonces que las cosas se irán nublando, pero no será así. Yo mismo me estaré hundiendo en las tinieblas... Las paredes que me rodean están hechas de tosco y endeble adobe, pero es inútil pretender escapar; intentarlo, no sería más que apresurar el desenlace. Afuera, escucho como los carceleros conversan sobre el fresco de la noche, o sobre una tal Juana, que parece que ahora se entiende con el coronel. Sus diálogos me llegan opacos, quedos, y envueltos en cierta atmósfera montada, de ensayo teatral... Hace un rato, una diminuta araña me caminaba por el cuello. En verdad, juzgo que nunca envidié tanto a un ser vivo. Ella seguirá recorriendo la habitación cuando yo, definitivamente, no sea. Y eso, ocurrirá mañana, con las primeras luces del alba, cuando el canto de los últimos gallos ya no llegue a mis oídos; cuando el húmedo olor del heno sólo penetre por la nariz de estos guardianes, que me han estado mirando como se mira a un distante “ése”; una vez que la Juana, aquerenciada con el coronel, se desperece desnuda en la cama de su hombre, con los pechos colgantes y los cabellos largos y renegridos cayendo con voluptuosidad sobre los torneados hombros blancos; cuando en Polonia nazcan chicos, y en Turquía mueran viejos y viejas en los asilos. Muertos, sí, como yo, pero no compañeros de ruta; porque, de modo definitivo, no hay tal ruta; porque ni siquiera en la muerte nos es dado sentirnos junto a alguien: porque cada cual ama por separado, trabaja por separado y se diluye por separado... Se oye cantar a los grillos... Ellos no han vivido... Su canto ha sido de modo invariable, en el decurso de los tiempos, el mismo. Yo, en cambio, estuve sumergido en la existencia. He transformado el ser que se me dio, he conformado un cosmos ordenado a partir del caos, he vibrado con el amor más puro, he creído y descreído en Dios... Y siento, ahora –en toda su fuerza-, cómo un torbellino imparable de recuerdos en libre secuencia se abate sobre mi cabeza, imparable y así me veo, primero, como niño pobre; luego, como dependiente de una imprenta, insatisfecho con el burdo trabajo de ocho horas. Entre otras cosas, se me encomendaba allí, para no estar ocioso, la limpieza del polvillo acumulado sobre el borde de unos cajoncitos que guardaban diminutos tipos de plomo, y como eran muchos y había que agacharse para los inferiores, yo aseaba sólo los más elevados y los últimos, que eran aquellos que, según mis cálculos de haraganería rebelde y poco aceptada, habrían de ser revisados por el altivo patrón... Más tarde fue la cartonería. Yo era por entonces estudiante en el Nacional Mariano Moreno. Alumno prominente. Abanderado desde el principio. Distinguido por todos los profesores, por su consagración al estudio, tan singular como su inteligencia. El trabajo que tenía que hacer era muy sencillo: aun cuando era un trabajo que juzgaba vejatorio, para las dotes que se me adjudicaban. Por las mañanas, en las aulas vetustas, despejaba con fluidez ecuaciones de segundo grado, o daba una brillante clase de psicología, o de filosofía: por la tarde, con las ropas sucias, me sentaba al pringoso pie de una negra máquina para incrustar ganchos e iba cerrando las cajas de ravioles de casas como “La yema de oro”, “La semolinera”, o “La pasta dorada”... Bajaba el pedal durante seis larguísimas horas, sin descanso, una y otra vez, con un rítmico gesto que ya no era mío. Buscaba crear eficientes automatismos para no verme obligado a corregir ulteriormente la puntada de alambre, o a pensar en ella; y fue así, clavando rutinarios ganchos, como me acerqué a la teoría platónica de las ideas, sin haber tenido antes, jamás, referencias, siquiera aproximadas, de la misma. Vi con énfasis emocional, a las almas alojadas en cuerpos inertes; vi a los cuerpos que cegaban a esas almas, y a las que les impedían divisar lo que ya antes habían entrevisto, descubrir lo que ya habían descubierto. Vi a los cuerpos, como fríos cadáveres que deambulaban ignorantes del saber que envolvían, por las calles trajinadas... Y estaba serio. En la cartonería siempre estaba serio; del todo ajeno a la concupiscencia que emanaba de las palabras de ese peón que a pocos pasos de distancia iba cerrando, con las tapas concluidas, las cajas que yo cosía, mientras llenaba de pesados y gruesos requiebros a esa obrera sonriente que, complacida en sus entrañas, nada hacía por silenciarlos; frases que alimentaban una fervorosa sensualidad, de modo reiterado y sin consecuencias aparentes... El dueño de la fábrica era Moisés Levín. Yo nunca fui antisemita, pero el aborrecimiento cordial que incubé por ese hombre no podrá ser anulado. Ni siquiera hoy. Acaso, ni siquiera mañana, cuando esté al borde de la fosa. Me trataba, por supuesto, como a uno de tantos obreros, con su estereotipado comportamiento de fatuo empresario. Me consideraba sin asignarme ninguna prerrogativa. Se movía, zangoloteándose grosera y velozmente, por entre las pilas de cartón y pedía hasta el cansancio “trabajo”, “trabajo”. Su hijo, hombre maduro, alto y elegante, era ingeniero y secundaba a su padre en el despacho administrativo. Resultaba más repugnante que el padre: porque el padre –era manifiesto- había trabajado alguna vez, y el hijo no; porque el padre se ensuciaba las blancas e impúdicas manos de dedos regordetes, en la grasa de la máquina, cuando había que repararla, y el hijo no; porque el padre concedía, a veces, un saludo al personal; y el hijo, jamás...Cuando fui a solicitar empleo, Moisés Levín me observó de arriba abajo, como justipreciando con mirada profunda de astuto catador, mis presuntas calidades. De inmediato, me probó en la máquina y verificando mi destreza innata para manejarla, concluyó categórico: “Usté va a empezar directamente por los ganchos. Usté, muchacho inteligente. Muchacho que aprende rápido... No es como esos cabecitas negras que andan por ahí” –y me señaló a unos buenos chicos que transportaban altas pilas de cajas, desplazándolas , afanosos, de un sitio a otro... Por aquella época, la gravitación tiránica del orgullo herido me había arrastrado a un cierto estado de perturbación mental; como no podía tolerar que el mundo de la Filosofía y de la Literatura de las mañanas se mezclase con el de los ganchos de las cajas de pastas, con el pegajoso y obsceno menearse de Levín, con las palabras voluptuosas que todas las tardes llegaban a los oídos de la obrera y de los míos, resolví, claro que sin darme mucha cuenta de lo que hacía, reducir las dos esferas de realidades a compartimientos sin comunicación alguna. A las doce del mediodía bajaba con tristeza las cortinas de uno de los universos y me disponía con resignación a penetrar en el otro. Pude, así, soportar varios meses lo que en mi interior no podía sintetizarse en una sola experiencia; porque el mundo de la mañana era el de la luz y el de la gloria, la realidad clara y digna; y el de la tarde era el de las torpes apariencias, de la mentira, de la falsedad. En suma: la caída... Las impresiones de este horario vespertino, después las olvidé por completo, y según yo apreciaba entonces, ello se debió a que nunca había permitido sentir que tenían en mis asuntos un peso y una consistencia propios. Las olvidé, como despaciosamente y con seguridad, se olvidan los ensueños desagradables, las pesadillas; todo aquello que alguna vez tuvo vida y que hubiéramos querido que no fuera...
Esta constelación de circunstancias fue quedando atrás. No sé qué habrá sido de Moisés Levín, el “ruso” –como le decían los cabecitas negras que él vilipendiaba, insensible, y que todos los mediodías iban a comer con apuro su magro sandwich a la sombra del mausoleo de Rivadavia. Acaso siga siendo feliz. Acaso haya muerto. Aunque esto último es improbable. O me parece a mí que lo sea, porque Levín reía mucho, desaforadamente, y porque siempre he visto en la risa una muralla de contención, una especie de mágico conjuro contra la muerte. Yo he reído muy poco, casi nada, y heme aquí, a pocas horas de mi partida... Levín me decía con el agresivo recelo que siente todo hombre que no puede comprender a otro:“Usté, muchacho joven. Tiene que reír. Los muchachos tienen que reír. Usté nunca ríe”... Acaso lo dijera con sinceridad, pero yo no lo veía así. Yo sentía que sus palabras, interesadas, traducían de modo velado el deseo de que su empleado aumentara, de un modo natural, la productividad cotidiana a través de la exaltación y del gozo...Todos estos recuerdos en que me detengo –sin saber bien por qué-, morirán conmigo. Los de la imprenta; los de los estudios interrumpidos en quinto año; los de la fábrica de cajas... Yo era para Levín uno más, entre tantos. Levín debía ser para mí, en cambio, el único. El patrón. Yo lo recuerdo a él, como suelo recordar también, con mayor frecuencia, a mi padre; pero es seguro que mi padre murió recordándome, y Levín se irá a la tumba –si es que aún no se fue- sin recordar a ninguno de los que trabajaron bajo su autoridad de empresario. Yo conocí bien a Levín y sé, por ello, que lo que digo es válido. Los obreros no llegaban nunca a ser personas completas y de modo definido; se quedaban, invariablemente, en un estadio intermedio...Yo he sido niño pobre, aprendiz en una imprenta, obrero en una cartonería, estudiante... Yo he tenido amigos, amigas y algunas amantes con las que me deslicé en las camas de discretos hoteles de Buenos Aires. Y ese grillo que canta afuera, no. Yo he tenido noticia de la muerte de dos papas; he leído con asombro que uno de ellos se ofrecía, en medio de su estupor agónico, en sacrificio a Dios, por la humanidad, el amor universal y la paz, y entonces he pensado en los que diariamente fallecían en los hospitales de todo el planeta sin creerse elegidos por la divinidad; y él, ese grillo, no... Yo tuve, además, una buena madre que creí inmortal, hasta que murió. Tuve en la infancia un hogar que siempre añoré; una escuelita en la que mis compañeros recitaban, trémulos, aburridas poesías en los días de fiesta y en los aniversarios patrios. Yo he tenido maestras que nos zamarreaban nerviosas, aunque también solían alcanzarnos a los más necesitados un par de modestas zapatillas de magra suela de goma, o una de esas tricotas de cuello cerrado que no abrigaban mucho, pero que eran mejor que nada; o que daban uno de esos guardapolvos inadecuados para nuestro cuerpo, que más bien parecían largos tubos de tela en los que diariamente debíamos embutirnos... Esta noche no podré dormir. Quizá, inquieto y confuso, me entregue a reflexionar acerca de que luego de mí, el universo que conformé, no seguirá andando. No. No seguirá andando “mi” mundo, que es el único que he conocido y al que he tenido acceso; aquel en que me moví; aquel que he nutrido por años y que, en momentos de abandono y relajación –los más naturales entre los hombres- tomé por el cosmos, a secas. Organicé el caos, como lo organizaron las miles y miles de almas que me precedieron y que acompañaron la evolución de este planeta singular. Ubiqué espacial y temporalmente las cosas; reviví, de un modo particular, con imágenes instransferibles, la epopeya de Alejandro Magno; di vida dentro de mí, a Beethoven, dulce y laboriosamente. Y ahora, todo concluye. Yo los apagaré, porque mañana han dispuesto aniquilarme... Desgarra pensar, por cierto, que ellos han decidido mi muerte sin dejar ninguna posibilidad de apelación. Saber –con certeza- que podría rebelarme, o gritar, o tratar de convencer a los carceleros de que los están utilizando con candor y de que ellos también, más tarde o más temprano, han de ser eliminados por los déspotas; pero saber que todo esto sería un discurso sin consecuencias, me desespera y me abate... Me queda todavía la posibilidad –no considerada- de arrepentirme y de arrastrarme pidiendo clemencia por haber ido a la biblioteca a solicitar la obra prohibida. O decirme a mí mismo que, en caso de haberme cuidado no habría caído en la trampa, no habría mordido el anzuelo hábilmente colocado. Esa trampa y ese anzuelo que se tiende a los incautos. Pero es tonto. Yo ya estaba en la mira o en la agenda, y más tarde o más temprano se habría encontrado la justificación jurídica para fundamentar mi detención, para juzgarme sumariamente y eliminarme. En mi caso, el libro fue un mero pretexto. La contingencia elegida bien pudo haber sido otra... Jamás hubiese sospechado que los organismos de represión funcionasen con tanta prontitud y eficacia. No pasaron siquiera diez minutos después de que me sentara en la sala de lectura, para tener ya a mi lado a esos tres robustos señores que mostrándome una chapa que los identificaba, me invitaron a acompañarlos.
Claro que supe enseguida de qué se trataba. Miré los tres tomos de la edición mejicana que había querido consultar y que estaban desparramados sobre la mesa; eché una furiosa mirada al empleado de la biblioteca, que seguía los sucesos a través de sus lentes, sentado en su escritorio, con una sonrisa burlona de pérfida satisfacción. Y salí... Ya en la calle, en una de esas extrañas casualidades que para siempre quedará sin develar, me encontré con Silvia y súbitamente me sentí disgustado. No me resultaba grato que me viera en esa situación, en manos de esos repugnantes sujetos. Sabía que ella era incapaz de medir la gravedad del estado en que me encontraba, porque su inveterado apoliticismo la torna ciega para todas estas cuestiones, y esto parcialmente me alegró. Me hubiese sido difícil soportar en sus ojos “la última mirada”. Esa que nos hace morir anticipadamente en el espíritu de los otros; y aunque la muerte, al parecer, no me aterra, sí me espanta ver los reflejos de mi cadáver en la pupila de los demás... Silvia quiso preguntar con inocencia qué ocurría y la apartaron; quiso prenderse de mis ropas por un momento, y le dieron sin miramientos un violento empellón. Me echaron, sin decir palabra, al interior de la camioneta rural y partieron a gran velocidad... Sospeché que por vez postrera las calles del barrio se me metían dentro; sus perspectivas, sus sombras y sus luces; la chatura conmovedora de sus casas. Al llegar a la autopista me vendaron los ojos.
Discutieron sobre si era conveniente golpearme. El que me acompañaba, atrás, se inclinó por la negativa, aduciendo que no se iba a quedar dormido como había ocurrido en otra ocasión...No atino a explicarme por qué no quisieron que mirara durante el trayecto, pues si he de morir mañana ningún peligro puedo acarrearles. Llegué a tener la sensación de que todo esto, todos los gestos y movimientos que urdían, el silencio completo en que me hicieron viajar, el apretado vendaje que pusieron sobre mi cabeza y sobre mis ojos, no era sino parte de un extraño, sibilino ritual, cuyo sentido y cuyo desciframiento último se me escapan sin remedio...
El vehículo corrió a gran velocidad. Dio vueltas y más vueltas, hasta que al fin pareció enfilar por una ruta directa para no torcer más la dirección. Supe que llegamos a Chascomús, con certidumbre, cuando la voz, típica e inconfundible, del policía provincial a quien yo conocía desde hace varios años –desde mis estadías veraniegas en el campo de mi amigo Alberto-, se trabó, en un diálogo quedo, con el conductor de la camioneta en que me transportaban.
-¿Cayó?
-Sí. Cayó.
-¿Costó trabajo?
-En absoluto.
-Como un pajarito, entonces.
-Exacto.
-Como si le echasen una toalla a un canario.
-Perfecto. Vos lo estás diciendo. Como si le echasen la toalla a un canario que ha huido de la jaula y que no sabe volar.
-Chau.
-Chau.
Y partimos, doblando hacia la izquierda, por el camino terroso y áspero que se hunde en profundos y extensos campos que terminan muy lejos, en las aguas salobres de la costa, a muchos, muchos kilómetros.