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Thursday, March 11, 2010 ..:: Décima Edición » MUJERES, Lo mismo ::.. Register  Login
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MUJERES                  Por: Claudia Barrionuevo

Acusados en el cielo rojo

Sarah Tobias fue violada repetidamente en un bar por un grupo de muchachos. A pesar de que las marcas en su cuerpo evidenciaban la violencia a la que había sido sometida, los violadores no fueron condenados. No porque negaran su participación en el acto sexual, sino porque sus abogados convencieron al jurado de que Sarah, pasada de tragos, los había provocado con su vestimenta y su actitud. Denigrada y humillada, la chica pasó de víctima a acusada.
Dieciséis años después de que Jodie Foster ganara un Oscar por su interpretación de Sarah Tobias, una joven costarricense sufrió —y aún sufre— un calvario similar al de la protagonista de “Acusados”.
María Laura fue violada en el parqueo de una “barra libre” por cuatro muchachos de “buena familia”. El juicio contra los supuestos agresores se inició hace un par de semanas. Al igual que los violadores de Sarah, el principal implicado en el asalto a María Laura no niega haber tenido contacto sexual con ella, pero asegura que fue consensuado. El informe médico dice lo contrario: las terribles señas de la violencia que sufrió la muchacha estaban en su cuerpo.
El dolor físico y emocional que María Laura vivió no terminó esa noche: se ha extendido durante un lustro. A igual que Sarah Tobias nuestra protagonista nacional ha sido denigrada y humillada. Es señalada como culpable de lo que le sucedió por muchos miembros del círculo social al que pertenecen ella y sus agresores. Algunos hombres y ¡mujeres! creen que ella provocó el espanto que le sucedió; su forma de vestir y la cantidad de alcohol que ingirió aquella noche son —supuestamente— los culpables de lo ocurrido.
En un esclarecedor artículo de Pablo Ureña —publicado la semana pasada en un diario nacional—, el abogado argumenta el error-horror que cometen los medios de comunicación en el uso del lenguaje cuando “justifican” un femicidio diciendo —por ejemplo— “la mató por celos”. En realidad el que mata a una mujer es un asesino y no tiene razón alguna para cometer el crimen. De igual manera un violador no debe ser justificado por nada ni por nadie.
En la película costarricense “El cielo rojo” —que el año pasado fue un éxito entre los más jóvenes— uno de los tres amigos del protagonista vive suspirando por Ana, una hermosa pelirroja que lo ignora. Durante una fiesta en la que ambos están presentes, Ana toma de más. Cuando se levanta del sillón para ir al baño trastabilla y es ayudada por otro muchacho, hijo de un diputado, que la lleva hasta su carro y allí la viola.
La realidad siempre supera a la ficción. Es posible que la anécdota de la película esté inspirada en lo que le sucedió a María Laura y sea una muestra de solidaridad con ella por el horror que ha tenido que vivir.
Dedico esta columna a María Laura. No dudo que tendrá la fuerza suficiente para superar su doble violación: la que supuestamente cometieron cuatro jóvenes y la que prolongaron todos los que la señalaron transformándola —sin piedad y con alevosía— de víctima en acusada.

claudia@chirripo.or.cr

Las relaciones sin contacto

Si bien no soy adicta a Internet, todos los días navego por el espacio cibernético.

Hace más de una década, cuando descubrí el mundo infinito al que me podía asomar gracias a mi computadora y –en aquel momento— una línea telefónica, confieso que pasé meses dedicando todo mi tiempo libre —y más— a pasear por todas las páginas web que llamaban mi atención
Pasada la “fiebre” —y preocupada por el tiempo perdido en esos recorridos virtuales— Internet dejó de ser un vicio para convertirse en una herramienta fundamental de investigación: ante cualquier duda o curiosidad ingreso a Google para realizar mis consultas.
Aunque solo el 25% de la población mundial tiene acceso al maravilloso mundo de Internet, Costa Rica es el país de América Central con más usuarios: 35% de sus habitantes.
Entre ellos la mayoría son adolescentes que —seguramente— afirmarían que no pueden vivir sin una computadora con conexión, porque de no tenerla perderían contacto con sus amigos. La cantidad de horas que los chicos dedican a las redes sociales es impactante. Da la impresión de que chatean más de lo que hablan personalmente o por teléfono.
En ese proceso de comunicación tan difundido no solo se pierde la correcta escritura de las palabras —la utilización de nuevas abreviaturas es abundante— sino que desaparecen por completo aspectos fundamentales de la comunicación como lo son todos los no verbales. El tono de la voz, la mirada, el tacto, la gestualidad dicen más que las palabras y permiten al receptor entender lo que estas no dicen… o dicen mintiendo.
Las redes sociales permiten e incentivan el exhibicionismo y el voyeurismo: se exponen aspectos de la vida privada —en algunos casos lo más privado— y se permite a muchos ser espectador de ellos. Si hasta hace poco los chicos bajaban de Internet música y películas ahora suben fotos y vídeos.
Muchos de los padres que regulamos los horarios para ver televisión y no permitimos un aparato en la habitación de nuestros hijos, hemos puesto pocas trabas al uso de la computadora. Claro que podemos argumentar que es de gran utilidad para las tareas escolares —y es cierto— pero ¿cuánto tiempo dedican los jóvenes a investigar sobre temas relacionados con los estudios? ¿Saben acaso cómo buscar y discernir? Está claro que en Internet hay demasiada información y no toda es veraz. Si no se puede creer en todo lo que dicen los periódicos, menos en la mayoría de lo que flota en Internet.
Pero poco navegan los adolescentes en comparación al mucho tiempo que les dedican a las relaciones sociales. Tanto que todas las madres deberían ingresar a ellas para enterarse de la vida de ese hijo que vive encerrado en la habitación contigua. ¡Yo he llegado a chatear con Valeria mi hija menor estando en la misma casa!
Es bien sabido que muchos, muchísimos adultos se relacionan por medio de Facebook. Yo sigo prefiriendo conversar con mis amigos personalmente utilizando todos los signos no verbales posibles. No quiero ser como una conocida que pasa todo el tiempo en las redes sociales a ver si acaso logra conseguir —aunque sea— un amigo.

Navidad en setiembre

Que muchas celebraciones se han convertido en motivo comercial es ya una vieja historia. Nos hemos acostumbrado que el Día de la Madre, padre o niño y otras más tradicionales como la Navidad movilicen las ventas de cualquier tipo de artículo. Sabemos que el bombardeo de anuncios en todos los medios de comunicación empieza en enero con el verano, continúan en febrero con el inicio de clases, promocionan artículos playeros y atunes en marzo y así sucesivamente.
No es novedoso.
Ahora la Navidad llega cada año más temprano. Si antes setiembre era —y es— el mes de las rebajas, octubre el de Halloween y no era hasta noviembre —con las últimas lluvias— que descubríamos los primeros artículos navideños, últimamente el cierre fiscal se une al inicio de las ventas navideñas. Y para los que tenemos en la agenda tantos pendientes anuales, que diciembre se nos venga encima resulta aterrador.
El mes pasado las tiendas sacaron todo su inventario navideño del año anterior y lo promocionaron con grandes descuentos. Si yo entré en pánico por el acelerado paso del tiempo, imagino a quienes tuvieron que enfrentarse ante el dilema de comprar o no comprar. ¿Cómo embarcarse adquiriendo decoraciones en —por ejemplo— morado si en las tendencias navideñas de 2009 iba a predominar el azul?
Desde hace un par de años una cadena centroamericana de tiendas para el hogar lanza cada año las “tendencias navideñas”. A finales de setiembre anunciaron las de 2009. Tuvieron el buen gusto de nombrar a cada una de ellas con palabras en español. En 2008 solo utilizaron vocablos en inglés. ¿Suena mejor o es más “fashion”? I don’t know. Party, christmas, holyday, nutcraker, kisses, enchanted y gold formaban parte de los títulos dados a cada una de las líneas navideñas de moda. Me imagino la vergüenza de las señoras que —desconociendo lo que es “cool”— se equivocaron en la decoración para la fiesta de la Natividad.
Tonterías y frivolidades aparte, esta invasión navideña fuera de temporada me sigue provocando un desasosiego, fundamentalmente por la rapidez con que el tiempo pasa.
Aunque creí que era un problema de percepción personal, he coincidido con varias personas de diferentes edades en que cada vez las horas, días, semanas y meses se han acelerado. Y aclaro lo de la diferencia generacional porque sé que a medida que uno se va haciendo más… grande, digamos —para no usar el término viejo— el tiempo deja de ser tan lánguido como lo era en la infancia y adolescencia, incluso en la primera juventud.
Obviamente el ritmo demencial al que estamos sometidos —mientras tratamos de cumplir con la gran cantidad de fechas de vencimiento— nos hace percibir el transcurso de cada segundo de una manera diferente a la de nuestros abuelos.
Quise investigar sobre el tiempo —no solo el implacable, el que pasó, sino también el que viene— y aprendí que “un segundo es la duración de 9.192.631.770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de cesio (133Cs), a una temperatura de 0 K”. O sea, no aprendí nada: nunca fui buena para las ciencias.
Tal vez la duración de cada segundo esté cambiando, a lo mejor esa medida temporal está siendo afectada por el aceleramiento de la vida cotidiana. O quizás —por qué no— los segundos se están adaptando a las nuevas tendencias temporales. Ojalá definidas en idioma español.

claudia@barrionuevoyasociados.com

 

El fútbol, factor humano

Ajena e ignorante de los vaivenes del fútbol nacional e internacional, no he podido evitar —durante la última semana— enterarme de los resultados buenos y malos de dos de nuestras selecciones nacionales.
Como siempre —para mí— el deporte es algo lejano. Y por más que el fútbol sea parte de la realidad cotidiana de nuestro país, yo no lo vivo. El principal deporte de masas de los costarricenses, pasa a mi lado sin que yo lo perciba. Salvo cuando la proyección internacional del juego, me enfrenta con las portadas de los periódicos.
Todos —hasta los no fanáticos como yo— nos alegramos por la proeza de los jóvenes de la sub veinte que lograron lo que ninguna selección nacional ha alcanzado: llegar a cuartos de final en un campeonato mundial.
Todos —hasta los no fanáticos como yo— lamentamos que la selección mayor no haya logrado clasificar para el próximo Mundial de fútbol en Sudáfrica.
Y a propósito de Sudáfrica, acabo de terminar de leer un libro que recomiendo a los interesados en la historia política contemporánea, a los fanáticos de los deportes y su relación con la sociedad, o simplemente a quienes disfruten la lectura de una buena historia. “El factor humano” se titula en español, esta crónica de la transición política sudafricana desde Botha a Mandela.
En un relato magistral, John Carlin, periodista inglés, narra la vida de Nelson Mandela desde el momento en que es encarcelado en 1964 hasta que —ya como presidente de su país— entrega a Francois Piennar, capitán de la selección nacional de rugby de Sudáfrica, el trofeo de la Copa del Mundo de 1995 que se celebró en ese país africano.
Si durante años, la población negra mayoritaria de Sudáfrica, boicoteó mundialmente a los Springboks —el equipo nacional de rugby—, Nelson Mandela, el máximo líder negro del continente africano, decidió utilizar el deporte más popular y significativo de los afrikaners, para unir a su país. Y lo logró.
El 24 de junio de 1995 contra todo pronóstico, los Sprinboks les ganaron a los favoritos y muchas veces campeones, los All Blacks de Nueva Zelanda. Un equipo formado fundamentalmente por afrikaners, unos pocos sudafricanos de origen inglés y un mestizo en un país que acababa de renacer, cantó por primera vez —además del himno tradicional de los blancos, Die Stem en afrikans— la canción más significativa para la población negra, el Nkosi Sikelele en lengua xhosa.
Los negros sudafricanos —aficionados al fútbol— siempre odiaron al rugby. Mucho le costó a Mandela convencer a la mayoría de los dirigentes del Congreso Nacional Africano para que apoyaran a los Springboks. Sin embargo lo logró y todos —negros y blancos— celebraron su triunfo.
La transición que vivió Sudáfrica desde el horror del apartheid hasta el hecho prácticamente increíble de tener un presidente negro fue sumamente difícil. Sin la voluntad política de muchos sectores de la sociedad sudafricana y sin el poderoso liderazgo de Nelson Mandela, el país hubiera terminado en una guerra civil más terrorífica que la de Bosnia.
Y entre todos los elementos que jugaron un papel fundamental para la unidad de Sudáfrica, los Springboks jugaron un papel fundamental. Su triunfo en la Copa del Mundo de rugby en 1995 se convirtió en la metáfora del fin del apartheid.

claudia@barrionuevoyasociados.com


Los caracoles son tontos

Los caracoles son unos moluscos gasterópodos que poseen una concha espiral. No tienen cerebro: apenas un par de ganglios cerebrales que les son útiles para desplazarse y comer; no para procesar información compleja.
Las águilas, en cambio —además de ser las mayores aves depredadoras— poseen un cerebro que —según últimos estudios— no es tan primitivo como se creía: tienen centros de procesamiento similar al de los mamíferos.
Algunas aves producen un gusano —el Leucochloridium paradoxum— que es expulsado en su excremento y luego consumido por los caracoles. Estos parásitos se ubican en el “no cerebro” de los caracoles, toman control de su mente, los “hipnotizan” obligándolos a subir por los árboles y así estar a merced de los pájaros que se los comen.
Ahora bien: las águilas no comen caracoles. Siendo tan agresivamente depredadoras se dedican a presas más grandes: desde peces y pájaros hasta monos y cerdos pequeños.
Este inesperado interés biológico nació en mí al recordar una frase célebre de nuestro Presidente cuando aún no lo era: en plena campaña de 2006, para rechazar un debate con Ottón Solís, el señor Arias afirmó: “Las águilas habitan en las cumbres y cometerían un gravísimo error si bajan al fango a pelear con los caracoles”.
Hace pocos días, en este mismo periódico, ante la pregunta “A nueve meses para que deje la Presidencia, ¿puede decir qué sacrificó al volver a gobernar?”, el Premio Nobel costarricense compartió con sus compatriotas esta reflexión: “Sacrifiqué una vida académica muy linda que me permitió viajar por las mejores universidades europeas, asiáticas y gringas dando clases, conferencias y me pagaban algún dinero. Eso me gustaba mucho porque estaba con gente inteligente todo el tiempo. Sacrifiqué eso porque Liberación iba a volver a perder, así de simple. Liberación con Rolando Araya, con Antonio Alvarez y José Miguel Corrales… Ottón les ganaba.”
¡Pobre, don Oscar! ¡Hay que considerarlo! Pongámonos en sus zapatos, imaginemos que tenemos una vida linda y la cambiamos por una fea; que nos ganábamos algún dinero y ahora no; que estábamos todo el tiempo con gente inteligente y ahora estamos rodeados de tontos. ¡No hay derecho!
Aunque algunos de los colaborador@s del señor Arias parecen ser un poco tont@s, la mayoría de los miembr@s de su gabinete son —a mi caracólico parecer— muy inteligentes. ¡Tan tonta yo! Ni ellos —funcionarios públicos de alto nivel— ni yo —simple ciudadana mortal— podemos compararnos con los brillantes académicos que rodeaban a nuestro mandatario antes de serlo.
Don Oscar aceptó ser candidato del Partido Liberación Nacional en las elecciones de 2006 para que este no perdiera nuevamente ante alguno de los candidatos que jamás le iban a ganar al “caracol” de Ottón Solís: Araya, Alvarez y Corrales.
Conciudadanos: debemos aceptar que somos simples caracoles básicos, descerebrados, incapaces de comprender la vocación de servicio de nuestras depredadoras águilas que sacrifican una vida de reconocimiento, dinero y altura intelectual por nosotros.
Aceptemos que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Por lo tanto nosotros nos merecemos a don Oscar. ¿Por qué? ¿Qué pecado cometimos? Ninguno. Somos simples caracoles hipnotizados por los gusanos que los pájaros producen, expulsan y nosotros consumimos. Estamos a merced de las águilas. Y somos tontos.


claudia@barrionuevoyasociados.com

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