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La inteligencia emocional
II PARTE
¿Un nuevo concepto para un tiempo nuevo?
El estudio de las emociones ha conducido a Daniel Goleman a establecer nuevos principios con relación a la polémica racionalidad-sentimiento.
Nos hemos preguntado siempre si es la razón la que dirige tanto la acción como el pensamiento o al revés.
Imaginamos al hombre, no al homínido que no ha llegado a cumplir los cinco millones de años, en un pasado plagado de violencia para lograr subsistir en no más allá de los últimos 200.000 años, algo que se dice fácil pero no es tan sencillo comprender.
Si el hombre vivió tanto -y no es mucho si consideramos la edad de otros animales- no debió demorar hasta alcanzar su actual status. Necesitó desarrollar su capacidad elemental de comunicación hace menos de 100.000 años, pero sólo hace 25.000 años dejó su huella en dibujos y diseños y hace 10.000 apenas, sus primeros escritos en Egipto.
Pero no hace 100 años que vuela, viaja en automóvil, se comunica a distancia, usa un ordenador, escucha radio, ve televisión, viaja por el espacio, entre satélites y logra extender la vida como nunca en la historia.
En todo ese tiempo hemos pretendido que es nuestro raciocinio el logro, pero a veces nos hemos preguntado si ello es cierto y nuestras dudas surgen de tanta chapucería y estupidez que criticamos permanentemente.
Por de pronto, ¿en qué medida la gente usa su capacidad cerebral? porque es indudable que todos tienen emociones, pero no muchos utilizan adecuadamente el poder de pensar.
Y es que al hombre no le fue dado el pensamiento, tuvo que hacerlo, elaborarlo pacientemente y siempre está a punto de perderlo, de dejar de ser sí mismo. El hombre no existe para pensar sino que piensa para subsistir.
Pero sus emociones no son esclavas de su pensamiento, sino al revés, dice Goleman.
Los impulsos emocionales hacen que la emoción se convierta en el centro de las habilidades como el autodominio, el celo, la persistencia y la automotivación.
Tanto la empatía, como el comprender los sentimientos de los demás, Goleman los considera de origen emocional.
Reitera a Aristóteles en tanto éste enseña en la “Ética a Nicómaco” que hay que administrar nuestra vida emocional con inteligencia y el problema básico consiste en educar las emociones de nuestros hijos, en la medida que nos preocupamos mucho por su intelecto y escasamente por sus emociones, que comúnmente dejamos libradas al azar.
Los momentos más difíciles de la vida la requieren, como los peligros, las pérdidas dolorosas, la persistencia hacia una meta pese a los fracasos previos, los vínculos de la amistad, la constitución de una familia.
Y si el hombre requirió tantos siglos para evolucionar en el pensamiento, hay que reconocer que mucho más le llevó evolucionar en sus sentimientos.
Emoción deriva del latín “motere” que significa mover y con el prefijo “e” también representa alejarse lo que sugiere que en toda emoción hay tendencia a actuar, como ocurre en lo fisiológico en que cada emoción prepara al organismo para una clase distinta de respuesta, como la ira,
el miedo, la felicidad, el amor, la sorpresa, el disgusto y la tristeza.
Tenemos, en consecuencia, dos mentes, una que piensa y otra que siente,
pero cuanto más fuerte es la emocional, más débil la racional.
Por eso no debe sorprender que en casos extremos el sentimiento impulsivo supere lo racional y la gente tenga que esperar años para arrepentirse de sus reacciones irracionales.
Las emociones tienen el poder de alterar el pensamiento y es sabido que en un estado de alteración emocional no podemos pensar normalmente, de ahí que la gente con mayor cociente de inteligencia no sea necesariamente un dechado de virtudes en el manejo de su vida sentimental: se puede ser una persona académicamente capacitada, pero el aprendizaje emocional es a menudo descuidado y deficitario.
Ambas son complementarias y esto casi nunca se ha tenido en cuenta.
Hay que comprender que con los conocimientos que manejamos actualmente es fundamental armonizar cabeza y corazón.
El cerebro emocional y el racional.
Cuando uno asiste a una reunión rememorativa de egresados, comprende que los resultados posteriores a la despedida del colegio o la universidad habían presentado enormes diferencias en el probable éxito de los que presentaban las mejores calificaciones quienes, por otra parte tampoco habían sido muy productivos en su vida familiar, en sus relaciones y en el amor.
Ocurre que la diferencia está dada por las primitivas habilidades para enfrentarse con el fracaso ocasional, las decepciones cotidianas y el llevarse bien con los demás. Es parte de lo que denominamos Inteligencia Emocional, lo que no significa que las personas con menos estudios o preparación académica estén más capacitadas para los sentimientos, pero al menos comprendemos que el aprendizaje emocional ha sido descuidado en la medida que la interacción de ambas inteligencias es necesaria, más allá de la creencia de un ideal de razón liberado de la tensión emocional, es decir, una armonía entre cabeza y corazón.
Una de las mayores preocupaciones sociales de nuestra época es la violencia, esto es los sentimientos sin control y el maltrato emocional.
Entre las incapacidades más salientes derivadas del descontrol de las emociones tenemos el egoísmo, la ruindad, la carencia de compasión y los impulsos sin freno.
Por el contrario, las capacidades son el autodominio, la persistencia y la automotivación.
Nuestras dos mentes (una que piensa y otra que siente) surgen del crecimiento del cerebro humano que primitivamente convirtiera al olfato en el principal sentido para la supervivencia.
El cerebro humano repite la evolución de millones de años de vertebrados y mamíferos en su kilo y medio de células y jugos nerviosos.
El sistema límbico (del latín, “limbus”, borde) bordea a la corteza cerebral que a su vez rodea la parte superior de la médula espinal y es el que nos domina en la ira, la furia, el amor y el temor.
En cambio, lo que es la amígdala (almendra en griego) para lo emocional (no confundir con las amígdalas faríngeas), es en este caso, una especie de centinela emocional.
Es por ello que los tests de inteligencia no son confiables, en tanto no consideren la integridad de lo que Howard Gardner de Harvard, expusiera en 1983 en “Frames of mind” (Estados de ánimo): “La inteligencia intrapersonal es la capacidad para comprrender a los demás: qué los motiva, cómo operan, cómo trabajar cooperativamente con ellos. Vendedores, políticos, maestros, médicos clínicos y líderes religiosos de éxito tiene probabilidades de ser individuos con elevado grado de inteligencia interpersonal. La inteligencia intrapersonal... es una capacidad de formar un modelo preciso y realista de uno mismo y ser capaz de usar ese modelo para operar eficazmente en la vida.”
En otra ocasión, Gardner agregó: “Es la clave para el acceso a los propios sentimientos y la capacidad de distinguirlos y recurrir a ellos para guiar la conducta.”
El pensamiento de Gardner está inspirado en un modelo de mente cognitivo-científica que pone de relieve: la comprensión de uno mismo y de los demás en relación con los motivos, con los hábitos de trabajo y con la utilización de esa perspicacia para dirigir la propia vida y llevarse bien con los semejantes.
De otro modo resulta imposible comprender el arte de llevarse bien con los demás y con uno mismo.
Ira, preocupación, malhumor, melancolía.
El autodominio , la templanza definen el dominio de los excesos emocionales.
De lo que se trata es del equilibrio, evitar que nos dominen las pasiones, ésa es la clave para el bienestar emocional.
Cambiamos permanentemente de humor, tenemos momentos de depresión y otros de entusiasmo; no es que evitemos lo desagradable para ser felices, sino que buscamos un equilibrio al dominar nuestros estados -de ánimo, una tarea agobiante.
La ira es productora de energía, la más seductora de las emociones negativas y a menudo gratificante, según algunos. Lo cierto es que produce extensas autojustificaciones y se omite un hecho clave en su origen, debido tanto a una amenaza física como a un ataque simbólico a nuestra dignidad, autoestima u orgullo
En casos extremos, la gente no puede pensar y la ira deja paso irracional a la violencia y a la grosería sin freno. Algunos lo consideran una catarsis pero por lo general, el remedio es peor que la enfermedad porque no se desvanece, no se calma y muchas veces genera sentimientos de culpa y si ello no ocurre es por pura necedad del sujeto.
Mediante la preocupación -el núcleo de la ansiedad- nos planteamos repetidamente cómo encarar aquello que es un riesgo para nosotros.
Nos planteamos dramas que no se producirán e imaginamos problemas que muchas veces no lo son.
Sin embargo, también son un modo de planificar la adaptación a los problemas y sólo son peligrosas si son crónicas, si se convierten en obsesivas o si sólo se mueven alrededor de los problemas y no en su solución.
Además, poco se hace por la gente cuando se le aconseja que deje de preocuparse y peor es si se trata de fobias, ya que en esos casos no se requieren consejos sino ayuda profesional.
Difícilmente las personas se aparten de las preocupaciones, pero en cambio, huyen de la tristeza y de la melancolía, no así de la depresión.
En la edad madura y en la vejez, la depresión se manifiesta haciéndonos frágiles, débiles y melancólicos y sin ganas de nada. En muchos casos, la sensación de inutilidad, de desaliento y desesperanza conducen a perder interés por lo más importante para nosotros.
Nunca es aconsejable preocuparnos por lo que nos deprime y mucho menos convertir al alcohol en una medicina, pero es importante comprender que la tristeza genera pensamientos depresivos, en esos casos, el llanto. Pero una vez más se ha descubierto que el caminar es un ejercicio sumamente positivo, aunque su abandono resulta, a veces, contraproducente. Es decir, debe dársele continuidad para que sea efectivo. Es curioso cómo contribuye al logro del pensamiento positivo y de qué modo oxigena la mente y acelera la claridad en el pensamiento.
Lo mismo cabe decir de la oración que resulta muy útil para las personas religiosas con el objeto de mejorar el estado de ánimo.
La ansiedad conduce al fracaso y el fracaso surge del pensamiento negativo, de la expectativa de que lo perseguimos no podrá alcanzarse. Son profecías que se autocumplen: tanto pensamos en ellas, que llegamos a hacerlas realidad.
Pero del mismo modo que con respecto a lo negativo sucede con lo positivo, de ahí que sea tan importante la esperanza, si está sostenida por la creencia en uno mismo y en su voluntad para alcanzar lo propuesto.
El optimismo es la actitud que elude la desesperanza y permite tener expectativas positivas para la próxima vez en la medida que todo inconveniente puede ser superado. Esto es particularmente cierto en la profesión de ventas en la que el vendedor debe pertrecharse no tanto de una coraza como de un espíritu capaz de enfrentarse con la negativa, que es lo lógico y normal en esa actividad.
¿Es innato este modo de ver las cosas? ¿O es algo que se aprende y se practica creando el hábito?
Hay pruebas de que no basta pensar y después lograr lo que uno intenta,
Lo que realmente cuenta es concentrarse en el objetivo y actuar. Todo lo pasivo es peligros y lo aburrido, lo es mucho más.
La empatía es un barómetro de sentimientos
Previamente es necesario la propia comprensión para alcanzar empatía. A partir de entonces se puede intentar la sintonía emocional que es la empatía, el modo de entender a los otros en su modo de sentir, la forma de interpretar las pistas no verbales, los gestos, los silencios.
Llamamos verdad emocional al modo, al tono como se dice algo y no en lo que se dice, ya que el lenguaje verbal es sumamente limitado.
La empatía es fundamental en lo social, dado que la gente se relaciona emocionalmente pero en forma sincera, dado que hay personas que actúan para gustar y llevarse bien, pero no dicen realmente lo que sienten. La empatía implica honestidad, no fingimiento.
El aprendizaje de niñas y varones, sigue por lo regular ciertas pautas: las niñas se especializan en interpretar las emociones y en comunicar sus sentimientos, en cambio los varones crecen aprendiendo a competir y tienden a minimizar las emociones e inclusive la comunicación de la relación propia de la pareja, llegando incluso a esquivar los conflictos.
Lo cierto es que los temas conflictivos de la pareja no suelen ser los verdaderos motivos de distanciamiento sino el tono, la emoción de cómo se discute. En tal caso, el tono hace a la canción, como en el canto.
Una de las formas preferidas de culpa (y no se olvide que la culpa hace a la manipulación) es la crítica no a un acto específico sino a un ataque global como es el caso de tildar de egoísta al varón para hacerlo sentir mal; el resultado es una conducta defensiva, lo que por cierto no ayuda a mejorar.
Si además, la actitud es desdeñosa, está logrado el objetivo, pero no resuelto el problema que debería consistir en resolver la situación.
Es fácil comprender que todos los ejemplos que pongamos nos demuestran una y otra vez la raíz emocional de las discusiones de pareja.
Lo lamentable es que cuando estos conflictos se repiten es imposible pensar o ser lúcidos. Las respuestas son siempre inconvenientes y las más de las veces perturban aún más el clima, alterado por simples nimiedades. En verdad, lo que la mujer busca, en la mayoría de los casos, es ser escuchada y si analizamos los ataques son fácilmente refutables de una y otra parte, pero no es suficiente para calmar los ánimos.
Al fin, repetimos buena parte del repertorio aprendido de nuestros padres, aunque nos cueste aceptarlo.
Empatía y crítica
La gente distingue entre crítica la constructiva y la destructiva, pero en el fondo, lo que se pretende es distinguir entre la crítica que uno hace y la que hacen los otros, respectivamente.
Es decir, si la hago yo es una crítica honesta y justa, es bien juzgar (recuérdese que crítica viene del griego Kritikos, “capaz de discernir o de juzgar”) y si la hacen los otros es para herir susceptibilidades y molestar.
Y es apenas lógico: ¿cómo se hace la crítica? ¿Desde el punto de vista del crítico? Eso no es empatía, dado que la crítica tiene una sola dirección.
Muchas de las críticas que escuchamos tienen por objeto avergonzarnos, mortificar y especialmente hacer recaer culpas en el criticado, desvalorizarlo emocionalmente y mermar el sentido de su propia importancia, a la vez que su orgullo.
Lo importante es anteponer siempre los sentimientos de la otra persona, ponerse en su lugar y seleccionar el momento para ser, a la vez sinceros y bondadosos.
Además, preguntarse: si yo fuera él, ¿cómo me sentiría si me dijeran lo que pienso yo decirle?
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