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MUJERES
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MUJERES
Claudia Barrionuevo
Y además quedan ángeles
Claudia Barrionuevo
No hace mucho escribí en esta misma columna agradeciendo a un gentil caballero anónimo que había pagado mi cuenta en un restaurante japonés en el que estaba almorzando con una amiga.
Hoy debo reconocer que además de que aún quedan caballeros todavía quedan ángeles.
Desde la infancia de mis hijas su papá les había prometido un viaje idílico cuando la mayor cumpliera 15 años. Por fin había llegado la fecha —con apenas unos meses de retraso— y ambas estaban fascinadas con el gran evento que les esperaba.
Durante semanas estuvimos pendientes de los preparativos y el viernes antes de Semana Santa les ayudé a hacer las maletas, preocupándome de que no olvidaran nada. Al mediodía se fueron hacia el aeropuerto en medio de besos y abrazos.
Sola en la casa me dispuse a escribir mi columna semanal (no esta, la anterior). A las dos y cuarto de la tarde me llamó el padre de mis hijas para decirme que la agencia de viajes no había sacado el permiso de salida y que urgía que yo me presentara en el aeropuerto con mi cédula de identidad.
Repito: viernes antes de Semana Santa. Dos y cuarto de la tarde desde Curridabat hasta Alajuela.
Agarré el carro y yo —timorata y prudente para manejar— me parecía al Tribilín de las fábulas (seguramente estoy hablando de una antigüedad). Recorrí la Circunvalación bajo el calor, con el audífono del “manos libres” en la oreja respondiendo a las llamadas angustiantes de mi hija mayor que quería saber por dónde venía. A la quinta llamada, mientras trataba sin éxito de bajar a la autopista frente al San José Palacio —la entrada estaba cerrada— el carro se murió. Lógico: yo hubiera hecho lo mismo. El pobre debe haber pensado: “esta señora está manejando como nunca lo hace, de forma temeraria, donde agarre la pista me destruye contra algún tráiler. Yo de aquí no me muevo”.
Muy cercana al ataque de histeria —o ya en medio de ella— puse las luces de estacionar, cerré el carro y salí de él, sin rumbo fijo, esperando encontrar un taxi que por supuesto no circulan vacíos en una autopista.
Y ahí llegó el ángel, el buen samaritano, el caballero capaz de ayudar a una dama en problemas, el ciudadano solidario.
Eduardo se llama el hombre en cuestión que paró a preguntarme qué me pasaba. Yo debo haberlo atarantado con mi fraseo histérico del cual solo le quedó claro: “carro varado, hijas, aeropuerto”.
A pesar de que iba hacia Heredia por cuestiones de trabajo, decidió llevarme hasta el aeropuerto y en el camino me contó que tenía cuatro hijas de las cuales estaba evidentemente enamorado y por lo tanto comprendía mi angustia.
Yo, atea confesa y pesimista militante, tengo que reconocer que aún quedan ángeles y que todavía existe la solidaridad.
Esta vez no fue un gentil caballero anónimo, sino Eduardo el que me ayudó a llegar al aeropuerto para que el sueño de mis hijas de realizar un viaje idílico con su padre fuera posible. Mil gracias. Me hizo recuperar mi fe en la humanidad.
Un juicio mediático
Creo que ya lo he dicho: soy una fanática de las series de televisión. Hija de la generación televisiva, he tenido temporadas de verdadera adicción a todo tipo de programas. No en balde me convertí en guionista de una comedia de situaciones. Las series me encantan. Y —sin lugar a dudas— las de abogados ejercen una fascinación mágica en mí.
Presa de la actualidad noticiosa —como muchos de ustedes— el seguimiento de una saga judicial me trastorna. Pruebas que aparecen, evidencias que desaparecen, imputados que simulan inocencia, fiscales expertos, abogados penalistas famosos… todos los elementos están dados para que uno siga paso a paso ciertos juicios mediáticos.
Y un juicio político ha llenado todos los espacios mediáticos las últimas semanas. Se trata —por supuesto— del caso que tiene como imputado al ex presidente Calderón Fournier.
El testigo clave ha sido don Walter Reiche. Desconocido para la mayoría —hasta que se destapó el caso CCSS-Fischel— el joven empresario parece ser una pieza clave con sus declaraciones. ¿Verdaderas o falsas? Eso lo determinarán los jueces.
Desde la inocencia del ciudadano común —que comparto— uno piensa que don Walter ya no tiene nada que perder. Nunca aspiró a un puesto público, ni a una carrera política. Su estadía en la cárcel no ha
sido nada agradable: ha estado en las peores celdas víctima —aparentemente— de un complot en su contra. Incluso ha sido amenazado de muerte.
Ante este panorama es difícil pensar que sus declaraciones no sean sinceras. Uno hasta cree en su arrepentimiento por —según sus declaraciones— haber pagado al ex presidente Calderón un porcentaje por la venta del equipo médico que la compañía finlandesa Instrumentarium entregó a la Caja Costarricense de Seguro Social. Equipo que —para colmo de males— nunca sirvió.
El ex presidente Calderón en escuetas declaraciones afirmó que él —habiendo estado preso igual que Reiche— comprendía lo que esa situación dramática podría haberlo afectado. En otras palabras, que don Walter padece de los nervios y no tiene una percepción correcta de lo que aconteció.
Mientras tanto el Partido Unidad Social Cristiana, por medio de su vocero, ex vicepresidente condenado al ostracismo por el anterior presidente Abel Pacheco y presidente del PUSC, don Luis Fishman, asegura que don Rafael Angel será el próximo candidato del partido apenas supere el “chaparrón” de estos días. Más que chaparrón, don Rafael Angel parece que va a sufrir todas las tormentas tropicales ocasionadas por el fenómeno de El Niño, las lluvias que provocará el deshielo del Polo Norte y los desastres que vendrán con el calentamiento global.
Ante toda esta debacle climatológica, doña Lorena Vásquez —confiamos que más por su conciencia que por oportunismo— ha renunciado a la jefatura de la fracción del PUSC.
Cerca de ella, uno de los actuales diputados de ese partido dijo hace algún tiempo que para hablar de los ex presidentes había que lavarse la boca. No aclaró si había que hacerlo antes o después. Posiblemente después. Y con carbolina. Por si acaso.
claudia@chirripo.or.cr
La palabra crisis
Claudia Barrionuevo
El lenguaje está en permanente evolución. Palabras y expresiones aparecen, desaparecen y —a veces— reaparecen. No solo el argot se modifica constantemente: las palabras “formales” también se hacen más o menos constantes según las circunstancias históricas.
Si pudiéramos utilizar un buscador de palabras en las conversaciones cotidianas —tal como podemos hacerlo en los documentos escritos en una computadora— estoy segura que la palabra “crisis” —a veces seguida del concepto “económica”— aparecería miles de veces.
Todos, independientemente de la educación formal y/o el origen social, hemos incorporado a nuestro léxico esa palabreja utilizándola constantemente.
La célebre frase de nuestra Ministra de Seguridad —“la percepción de inseguridad es más alta que la inseguridad misma—” puede aplicarse a la situación económica global.
No quiero decir que la crisis monetaria no sea real. Ni siquiera me atrevo a afirmar que nuestra percepción sobre esta sea mayor o menor que la realidad.
Lo que me aventuro a asegurar es que —como la economía siempre está ligada al aspecto sicológico de la percepción— si todos pensamos que vienen tiempos difíciles, seremos más cautos en nuestros gastos y esto puede afectar a muchas empresas.
La economía mundial ha sufrido un vuelco importante. No por razones inevitables, no por un accidente fuera del control humano. El terremoto del Poás fue inevitable, no es responsabilidad humana, es un accidente de la naturaleza.
En cambio la caída de la bolsa norteamericana tiene los nombres y apellidos de grandes irresponsables que solo pensaron en su riqueza personal.
El Gobierno de Estados Unidos los ayudará a salir adelante —con la excusa del desempleo y la pobreza que este genera— dándonos a entender que las ganancias son para unos pocos, pero las pérdidas son colectivas.
En Costa Rica estamos viviendo un reflejo de lo mismo.
Desde el inicio del año las empresas más grandes de nuestro país están realizando despidos masivos. Cientos de personas han sido obligadas a aumentar el índice de desempleo. Si bien estas compañías deben cumplir con todos los pagos por cesantía que la ley exige —y no dudo que lo hayan hecho— muchas o casi todas han aprovechado el hecho de que nadie puede censurarlas por su decisión —puesto que la crisis económica es real, además de una percepción— para deshacerse de una cantidad considerable de empleados. Muchos de ellos —más allá de su buen rendimiento laboral— podían resultar incómodos o molestos por las más diversas razones entre las cuales están las posiciones políticas contrarias a los que detentan el poder. La DIS —al parecer— tiene reportes de todos y cada uno de nosotros.
Mientras las medianas y pequeñas empresas no solo se han visto obligadas a disminuir sus gastos, sino que se enfrentarán a una baja considerable en sus ganancias, las grandes corporaciones nacionales e internacionales que operan en nuestro país disminuyen gastos pero van a mantener sus ganancias. O sea: no van a perder.
Los que pierden —siempre— son los pobres. Aquí o en cualquier lugar del mundo.
claudia@chirripo.or.cr
Los excesivos
Claudia Barrionuevo
A veces la rutina, las obligaciones cotidianas, el trabajo y la maternidad nos desconectan de las amigas por largo tiempo. Los encuentros —cuando suceden— nos obligan a interrumpirnos una a la otra para no olvidarnos de un hecho importante que aconteció en los últimos tiempos de incomunicación.
Tenía meses de no ver a Inés. La encontré un poco desanimada, ausente, triste al fin. Era lógico: acaba de pasar unos días de completa y total felicidad. ¿Absurdo? No en el caso de mi amiga. Su vida es una montaña rusa. Inés pasa de las emociones más fuertes, de la felicidad exultante, al hueco de la nada, al desánimo total. Ciclotimia, le diagnosticaron, pero yo no estoy tan segura de que en verdad sufra de algún desorden nervioso.
He conocido a muchos que podrían se considerados ciclotímicos. He conocido demasiados. Me he rodeado de ellos posiblemente porque soy una más. No creo que estemos enfermos, creo que vivimos con demasiada intensidad.
Hay muchas formas de vivir la vida. No dejo de admirar y hasta envidiar a aquellos que logran navegar plácidamente por la existencia. No rompen sus rutinas, son disciplinados, no cometen excesos, no se atormentan por sucesos que les son ajenos. Duermen siesta, hacen dieta, no pierden los estribos, no se mueren de ansiedad.
Claro, tampoco se beben la vida de un sorbo, no se enamoran hasta morir, no lloran por las injusticias del mundo, no son capaces de renunciar a la seguridad que les pueda brindar un trabajo, una pareja, un espacio aunque ninguno de estos les sea satisfactorio.
O sea: no todas son ventajas. O sí. Depende del punto de vista. Depende de cómo decida o pueda uno vivir.
Eso sí: cuando uno vive la vida intensamente, todo es excesivo: el gozo y el dolor.
Y la felicidad plena —que siempre es efímera como todos los placeres que valen la pena— provoca en su ausencia una resaca peor que la más terrible borrachera. El día después, el post parto y su baby blues, el vacío que nos queda cuando debemos regresar a la cotidianidad, puede resultar insoportable para las almas sensibles.
Así estaba Inés la última vez que la vi. Como casi siempre está María. Como tantas veces ha estado Ivonne. Todas amigas, todas excesivas. Pasan —pasamos— de la euforia al desánimo en menos de 24 horas, lo cual hace difícil la convivencia con nosotras. Y si bien muchas veces odiamos ser como somos y sufrir como sufrimos, cuando estamos arriba nos encanta tener esa capacidad de disfrutar lo que se nos presente.
“La existencia sin extremos me resulta inaceptable. Soy excesiva, y cuando todo explota, cuando la vida se exhibe es un trance exquisito”, canta la primera dama francesa, Carla Bruni, en su canción “La excesiva”. Cuesta creer que esa mujer de belleza serena cometa excesos. O tal vez no es impensable.
Somos muchos los excesivos. Se vive y se sobrevive. Seguro que más de uno de ustedes lo es y podría repetir todos los días el final de la canción de la Bruni: “Soy excesiva, excesivamente alegre, excesivamente triste, es ahí que existo”.
claudia@chirripo.or.cr
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