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RELATO DE POLO


Esta es la foto de Él. ¿De quién?, dirán ustedes y yo entiendo, ya que ahí no se ve a nadie. La foto no es muy buena pero tampoco es tan mala. Si algún defecto tiene es que es poco oportuna porque ciertamente Él no se ve en la misma. Pero ahí, donde ustedes ven la tierra extendida sobre la calle, en el centro de la foto, ahí debajo de eso es donde Él está o más exactamente, donde desde hace unos años Él vive.
 
Este es el final de una calle sin salida cerca del centro de Guadalupe. La casa de mi madre está al final de esa calle (desde donde tomé la foto) y si bien conozco el lugar desde hace casi veinticinco años no fue sino hasta hace seis, en que Él apareció. Al principio se veía una grieta en la calle que surgió al final del verano y conforme avanzó el año se fue haciendo más grande y profunda. Ya para la mitad del año, más que grieta era un hoyo de casi medio metro y suficiente para que quien entrara en su auto no pudiera salir así nomás de ahí.

Como mencioné la calle no tiene salida por lo que no hay mucho tráfico. Los autos que llegan al final de la calle son de las dos casas del fondo o bien, son quienes llegan a dar la vuelta para regresar. Los que vivían ahí sabían del problema por lo que lo esquivaban, pero los foráneos eran carne de cañón para caer en sus fauces. Como verán en la foto la calle al final termina en una pequeña pendiente, por lo cual quien ignoraba el problema, se le hacía invisible su presencia al acercarse en su auto. Esas pequeñas tragedias, con el conductor pensativo sin saber que hacer, llamando a celulares que no respondían y con la incertidumbre de no saber qué pedirle a quien le contestara, llenaban de actividad esa parte del barrio. Es así como poco a poco se acercaban quienes jugaban en la cancha que estaba al final, el vecino que lavaba el vehículo o quien oyó el golpe y no podía evadirse de la responsabilidad de ayudar, para ver como participaban en las maniobras para liberar al accidentado. Al principio era algo tenso y un proceso largo de prueba y error, pero con el tiempo todos le fueron encontrando la manera fácil de liberarlo. Ello a pesar de que con cada caída y la lluvia, cambiaba la profundidad y la fisonomía del accidente geográfico.

Al final de ese primer año en que Él se manifestó en la calle, se celebraban las primeras elecciones para Alcaldes, en forma independiente a las presidenciales. Una vecina formaba parte del Consejo Municipal y decidió mandar a la maquinaria de la Alcaldía para resolver el problema. Es así como luego de seis meses de convivir con el foso este, apareció finalmente el personal especializado y el equipo necesario para arreglarlo…y así fue.

Cinco meses después ya comenzando la época lluviosa del nuevo año, se observó con sorpresa que nuevamente aparecían señales de que algo andaba mal en la calle. Otra grieta cercana a la original y su crecimiento en las semanas siguientes. Por si no se percibía bien, un día cayó un carro y ese no pudo salir, cosa que volvió a motivar la actividad en torno a Él. Pasaron varios meses y el asunto se hacía más grande. Entonces mi madre decidió participar en el asunto.

Mi madre no es una persona reclamona o que le gusten los pleitos. No le gusta complicarse la vida, ni andar metiéndose en lo que no es con ella. Ella es así, pero tiene una extraña afinidad con las burocracias, sean públicas o privadas. Si la señora que limpia la casa no hizo algo bien eso no le quita el sueño. Si usted dijo que llegaba a comer y no lo hizo tampoco la desvela. Pero en lo que a burocracias se refiere, eso la atrae especialmente. Es así que si se trata de un mal cobro en un recibo de la luz, el atraso en la entrega de La Nación o un precio mal puesto en el súper, eso llama su interés. Creo que no es el gusto de pelear porque a ella evita los conflictos, pero tiene una teoría sobre las burocracias y no pierde oportunidad de probarla.

Ella cree firmemente que las burocracias son tontas y privan a sus integrantes del sentido común. Incluso cuando parece que está ante la excepción a la regla, ella hurga e insiste hasta que logra probar que lo que parecía una excepción, en realidad no lo era. “Debió haber sido periodista”, pensarán algunos y tal vez sí.

Un día llamó a la Municipalidad para mencionar el problema de la calle y le dijeron que mandarían un inspector. Por supuesto ella no lo creyó, pero esperó con el oculto deseo de que se probara que no iban a mandar a nadie. Volvió a llamar y dejó pasar de nuevo varias semanas. Un día que iba para el súper decidió pasar a la Muni para solicitar personalmente la solución. La enviaron con un inspector que desde su escritorio le dijo “precisamente señora, aquí lo tengo programado para ir mañana”. Quien sabe qué cara le hizo mi madre o qué le dijo, pero volvió contando la anécdota y con la secreta satisfacción de que su teoría seguiría siempre en pie.

Lo cierto es que al día siguiente apareció en la calle el inspector. Observó y apuntó en una libretita algo (me imagino que serían cosas como “hay un hueco” o “es grande y feo”). Una vecina le habló y le comentó de lo que había estado pasando. Él pareció al principio interesado, pero tampoco mucho. Parecía como que oía, pero tampoco quería verse involucrado en un problema que no era con él. A fin de cuentas, el inspeccionaba y los que arreglaban serían otros.

A la semana siguiente vino una aplanadorcita, una cuadrilla, un carrito con asfalto y el problema desapareció quedando la calle como nueva. Cuando terminaban el trabajo, el Jefe de cuadrilla le comentó a un vecino que le consultaba sobre el origen del fallo anterior lo siguiente; “no sé cuanto dure esto arreglado ya que ahí hay un problema que tiene que ver con Acueductos y Alcantarillados”. Ahí nos dimos cuenta que no se trataba de un hoyo mal tapado sino que había algo más, se trataba de Él. La incertidumbre se hizo grande, porque se caía en cuenta que quienes al parecer resolvieron el problema, no eran los adecuados y de una manera digna de cualquier profesional, estaban remitiendo al barrio a un especialista en el mal que aquejaba a la calle.

Serán como ocho días después en que apareció de nuevo el Inspector a inspeccionar y alguien se le acercó para comentarle la situación. El hombre dio la impresión que no había estado ahí antes e incluso quedó la duda si era el mismo dada su actitud. Al hablarle de lo de la gente de Acueductos se le preguntó si había que llamar y poner la queja, pero el inspector comentó que no se preocuparan porque en la Municipalidad coordinarían con este otro organismo. Por supuesto al oir la historia, mi madre sonrió para sus adentros ya que podría probar una extensión a su teoría que venía a ser como que los funcionarios en las burocracias tenían una memoria de unos tres minutos para necesidades específicas como estas y menos aún están en capacidad de ponerse de acuerdo unas con otras sobre este tipo de asuntos.

Muchos en el barrio, menos incrédulos que mi madre, esperaron en los días siguientes a que llegaran los que iban a romper para arreglar lo que los otros habían arreglado es decir, los que iban a lidiar realmente con Él. Pero ese día nunca llegó y para serles franco ese año pasó sin que se alterara nada en la calle, por lo que todos pensamos que Él había muerto o al menos, se había ido a otro lado. Alguien comentó que había llamado a la Municipalidad y a Acueductos pero claro, al hablar de algo que no se veía pues el trámite no tenía mucho futuro.

El año siguiente, no bien comenzaron las lluvias Él apareció de nuevo, confirmándole a todo el vecindario que seguía ahí y que no se iba a ir así nomás. En poco más de un mes se abrió camino y nuevamente las entrañas de la calle quedaron a la vista de todos y nuevamente generó una ola de actividad a su alrededor, que conforme pasaron los meses se hizo parte de la rutina del barrio. Algo de bueno tenía, ya que permitía que todos sintiéramos cada tanto que hacíamos nuestra buena acción con el prójimo. Bastaba oir el golpe de un auto, para que varios se asomaran a consolar al atribulado conductor o conductora. Los accidentados se asustaban mucho al ver a su auto atrapado por Él, pero los residentes lo tranquilizaban rápidamente explicándole que todos salían y que era más sencillo de lo que parecía. Había toda una experticia de rescate que se adaptaba a la forma en que caía el auto, al tamaño o capacidades de tracción del vehículo y adicionalmente, a los cambios en la fisonomía de Él que conforme llovía y atrapaba autos, iba variando en su forma y tamaño.

Pasaron dos años y Él se mantuvo con nosotros. Y como cambiaba, también cambiaban los sonidos que nos alertaban de un accidentado. En algunas épocas era un golpe seco y violento. En otras era más bien como que el auto se arrastraba sobre piedras y quedaba después patinando. Otras veces, era un sonido como de latas retorcidas. Pero siempre al ver los efectos coincidíamos en que no era tan grave. La técnica de salvamento podía consistir en sacarlo en reversa y empujado, en levantarlo entre todos mientras metía prmera, en sentarse varios en la cajuela para darle tracción y en el peor de los casos, un vecino traía su camioneta grande y lo sacaba con cadenas. El asunto siempre se resolvía y en todo ese tiempo nunca se dejó un auto durmiendo y abandonado sobre Él.

Una vez al año un vecino que tiene un camioncito, traía escombros y lo rellenaba. Lo curioso es que al mes siguiente, parecía que las piedras habían sido tragadas. Igualmente cansados de ver llantas atrapadas, de vez en cuando se incrustaban palos con plásticos a manera de señales, pero también desaparecían. Sobre estos últimos, algunos vecinos creían que los muchachos del barrio se llevaban las señales por molestar, pero otros pensábamos que al igual que el relleno que se le ponía anualmente, Él se tragaba todas las cosas sin que quedara rastro de ellas.

Yo creo que Él ni siquiera era el hoyo mismo. Más bien Él devoraba la tierra y el asfalto y en algún momento llegaba a la superficie a ver la luz, mientras seguía alimentándose del fondo. Al menos daba tranquilidad el hecho de que se le ocurriera aparecer en la calle y no en algún jardín. Incluso pienso que al rato ni siquiera era de aquí sino que habrá venido de otro lugar. Tal vez vivía bajo una avenida importante, pero al ser tan visible era continuamente reparado y remitido a la oscuridad nuevamente. Al final ancló en nuestra calle, donde a juzgar por los resultados, se dio cuenta que tendría una existencia mucho más tranquila y un aire siempre fresco.

Hace dos años se acercaban unas nuevas elecciones para Alcalde y el titular de nuestra municipalidad decidió enviar un inspector y al día siguiente una cuadrilla con todo el equipo necesario. En esos dos años, alguien debe haberse quejado, pero para cuando vinieron no creo que hubiera ninguna queja pendiente ya que nadie se acredito el mérito de haberlos llamado con éxito. Más bien parecía que andaban buscando cosas que arreglar y encontraron la calle del barrio y en consecuencia, se encontraron con él o al menos, con los vestigios de su voracidad por el asfalto. Ahí nos dimos cuenta de lo ventajosas que eran las elecciones para Alcalde independientes de las presidenciales. En las segundas el problema de esta calle era insignificante pero al parecer, en la nueva modalidad electoral la presencia de Él y sus estragos podía llamar la atención y lo arreglaban incluso sin una queja reciente.

El arreglo se hizo en dos días, se limpió todo, se quitaron los residuos del trabajo y la calle quedó como nueva. La cosa era como para sentirse tranquilo pero algunos aguafiestas le recordaban a los demás que quienes habían reparado no eran los especialistas que se había mencionado que debían arreglar el problema. En todo caso pasamos la temporada lluviosa y todo indicaba que Él se había ido a otro lado.

A la mitad del año pasado, a menos de doce meses de la gran reparación, Él nos mostró que seguía con nosotros. Esta vez nadie se quejó y más bien una onda de resignación cubrió a los vecinos. Iniciando esta temporada lluviosa, el hombre del camioncito lo rellenó de escombros para paliar un poco el problema, pero el asunto no duró mucho, Él seguía ahí y parecía tener más apetito que otros años.

Lo especial de este año es que comenzó a brotar agua de Él. Primero se creyó que era agua llovida, pero una mañana soleada se notó que el agua venía de abajo. Hubo preocupación ya que tal vez, Él en su capacidad devoradora había llegado a una cloaca, pero no, el agua no olía mal y parecía fresca. Al parecer Él se había topado con la tubería del agua y le había dado un buen bocado. Nuevamente el barrio se activó con las quejas, ahora justificadas tal vez ante la gente de Acueductos y Alcantarillados.

Habrá pasado un mes y medio y para alegría de todos un día apareció un inspector de los hombres de gris y azul. Al igual que su colega municipal, anotó, observó y contestó de manera distante las preguntas aunque asegurando que la solución estaba en camino. Días después apareció una cuadrilla, quienes cavaron esta vez bastante profundo y ahí nos dimos cuenta de que lo que veíamos de Él era sólo una pequeña parte de sus andanzas. Los muchachos se ayudaron con un back-hoe, una vagoneta con tierra y hasta utilizaron un sapo mecánico para compactar bien la reparación. El único detalle era que se fueron sin asfaltar nada, pero alegaron que eso le tocaba a la Municipalidad. Por supuesto mi madre contaba esto a los demás con ironía, y de alguna manera nos recordaba que en estos asuntos institucionales “toda gloria es pasajera”.

Al mes, Él volvió a aparecer y no sólo eso sino que nuevamente sangraba agua sólo que ahora con más fuerza. Al parecer Él no era importante para la Institución pero la pérdida de agua si lo era por lo que ante las quejas, por segunda vez apareció la cuadrilla. En la calle hay quienes decían que algunos eran los mismos de la otra vez, pero al hablar con ellos parecía como si nunca hubieran estado aquí. Me imagino que no se querían sentir inculpados en un problema que no sabían bien como no se había resuelto. En algo los culpo y es que nunca le hicieron caso a los que les describíamos el problema de fondo. Ellos lidiaban con una fuga pero no estaban lidiando con el verdadero problema es decir, con Él.

Yo pienso que había otras emergencias porque en esta nueva visita la dinámica del arreglo cambió. Ya no vino mucha maquinaria en incluso la cuadrilla se fue, dejando atrás a dos de sus miembros, un balde, un pico y una pala. Fue una suerte que no hubieran asfaltado ya que a punta de golpes estos hombres penetraron poco más de dos metros y medio bajo tierra hasta llegar a la fuga. Al final de la tarde ya no se veían y algunos nos asustamos, pensando que tal vez Él se los había tragado como tantas otras cosas. Nos alegramos al verlos aparecer la mañana siguiente con sus compañeros de cuadrilla, según parecía se habían rendido temporalmente. Ese día sellaron, cubrieron y taparon el hoyo. Esta vez no compactaron mucho y dejaron todos los escombros extraídos en una montaña al final de la calle, lo cual daba la impresión de que volverían por el material o bien, tenían la sospecha bien fundada de que Él los haría regresar pronto.

Como la montaña de escombros tapada los caños, una vecina decidida luego de dos semanas de esperar, comenzó a llamar a Acueductos y a insistir en que vinieran a limpiar la calle. Tanto insistió que al mes aparecieron otros señores con un tractorcito, juntaron las piedras y las montaron en un camión. Mi madre se los topó y con cierta malicia les sugirió que no se llevaran todo, sino que aprovecharan parte del material para esparcirlo sobre la reparación anterior, que al igual que la otra vez había quedado sin asfaltar dado que de eso se encargaría la Municipalidad. Los señores le indicaron que ellos en realidad sólo venían a recoger material y que serían otros los que se encargarían de terminar de reparar la calle.

Al día de hoy la calle quedó como lo ven en la foto (esta es un día antes de que recogieran el último material) y todos aquí estamos seguros de que Él sigue ahí, así como no esperamos que nadie venga a terminar de arreglar nada. Una posibilidad son las próximas elecciones para la alcaldía pero tampoco le tenemos mucha fe. Esto por cuanto las dos administraciones que actuaron antes de los comicios no fueron reelegidas, por lo que seguro en el Concejo se dieron cuenta que vive muy poca gente en esta calle sin salida y que con estos votos no se gana ninguna elección.

En alguna forma todos esperan que Él aparezca de nuevo ya que apenas estamos en julio, la calle no está asfaltada y nada hace prever que Él se haya ido a otro lado. Si a fin de año el foso se hace muy profundo nos queda el consuelo de que si se rompe la tubería (o la rompemos si es del caso), vendrán los de Acueductos a reparar, aunque eso no es gran consuelo porque si bien los creíamos los especialistas ellos lo son en tubos, pero no se meten con Él. Lo que sí es seguro es que Él debe seguir ahí.

Aunque Él ya debería ser un residente reconocido por todos los vecinos, hay una relación extraña y no tan amistosa a esta altura. Antes de la primera fuga y luego de rescatar un auto estando yo con dos vecinos frente al hoyo, uno comentó:

- “Nunca nos vamos a deshacer de este hueco”.
- “Esto no es un hueco” - contestó otro y agregó – “un hueco se arregla y ya, lo que hay aquí es otra cosa. Es como un cáncer que se come nuestra calle”.

Ahí yo acoté “Yo no diría que la calle es nuestra. Si fuera nuestra no tendríamos que esperar a que alguien la arregle. Me imagino que es de la Muni”.

El comentario que a mí me pareció ocurrente, al parecer a los otros no les hizo mucha gracia y siento que me vieron como un gran pesado. Para reparar mi imagen, pensé rápido y agregué; “Bueno en realidad para los que vivimos aquí esta calle es nuestra. Incluso Él también es nuestro, sería algo así como nuestro cáncer.”

A mí me pareció un comentario simpático. Lástima que a ellos este tampoco les hizo ninguna gracia.

Creo que mi error fue no entender los límites de la paternidad sobre la calle o sobre cualquier otra cosa. Podemos sentirnos con la autoridad moral para adoptar la calle en que vivimos, pero ello no significa que querramos adoptar también sus enfermedades.

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