UNA INSTITUCIÖN ANTIOQUEÑA
Leopoldo Barrionuevo
En pocos años más, el Salón Versalles, en el corazón de Medellín, llegará al cincuentenario de su fundación, la que tuvo lugar el 15 de agosto de 1961 de la mano de su creador, Leonardo Nieto, inspirado en los cafés literarios de Buenos Aires, tal como entre otros, el Café Tortoni de la Avenida de Mayo.
Un día de febrero de 1965, mi sobrino Jorge Eduardo Musso descubrió no sólo el café sino también a Leonardo; yo acababa de ser contratado por Diriventas frente al Parque de Bolívar y a escasos cien metros del Versalles para crear y dirigir la primera Escuela de Ventas que tuvo Colombia y añoraba Buenos Aires y mi querido Bajo de Flores. A poco se iniciaron las clases y los recreos se hacían en el Versalles, de modo tal que varios antioqueños actuales se formaron en las peñas que nacieron al conjuro de sus mesas de café.
El Versalles se fue convirtiendo en refugio de los escasos argentinos que recalaban por entonces en Medellín, en especial de los futbolistas que formaban parte de la elite del Nacional y del Independiente, por entonces y entre otros Ramaccioti, J.J.Rodriguez, José Mattera, Oscar López, Oscar Romero, Omar Orestes Corbatta. Años después fueron sus habitués Osvaldo Zubeldía, Bilardo y mchos otros.
Apenas llegó al quinto año el Versalles era un templo gardeliano donde era difícil conseguir mesa pero no lo era tanto el hacer amistades femeninas atraídas por la presencia de los ídolos del fútbol de entonces y por si fuera poco, las ofertas de comida argentina nos permitían recordar el hogar lejano con: empandas, alfajores, dulce de leche, medialunas (croissants), milanesas, pizza al uso nostro y una amplia variedad de carnes a la parrilla que eran la delicia de todos.
Comenzamos a realizar, al menos una vez al mes, un asado al que asistían los jugadores disponibles en el jardín de la casa y previamente jugábamos en los potreros de El Poblado un picado de seis contra seis porque se agregaban unos pocos ex jugadores ya retirados, mientras un grupo de más de cien vecinos asistían con deleite a ver a sus ídolos y pedirles su autógrafo. A la vez conformé un equipo de alumnos de la escuela para jugar desafíos en los que resultaban imbatibles en la medida que los profesionales que no jugaban en esos días formaban parte del equipo.
Iba mucho al fútbol con Leonardo quien vivía en el barrio del Estadio, así que almorzábamos en el Vrsalles e íbamos caminando al partido.
El tiempo se me iba yendo de ciudad en ciudad, de vuelo en vuelo en un país que por entonces era poco transitado por carreteras, de al modo que viajábamos en DC3s, DC4s, Locked Constellation, Super Constellation y desde 1961 Boing 707 y 720, a veces con demoras inverosímiles, fastidiosas e innecesarias, eso si uno tenía la fortuna de aparecer en la lista de pasajeros, con puestos de sobreventa que daban prioridad a los personajes más relevantes si el vuelo estaba lleno. Verdaderos tumultos se formaban en los counters de aeropuertos cuando se le decía que no figuraba e la lista si el candidato era costeño, dado que Avianca era dirigida a la vez por costeños y cachacos. Los paisas a su vez, habían creado SAM, Sociedad Aeronáutica de Medellín que posteriormente sería absorbida por Avianca y que la gente remedaba como Suba, Amárrese y Mátese.
El regionalismo era mayor en Colombia que en cualquier otro país, como lo vería después y fueron los primeros dos años de aprendizaje incesante lo que vine a descubrir y lo que me facilitó las cosas: pese a ser un país con un gran orgullo de unidad, el ser un país de ciudades lo convertía en una suma de países o mercados y había al menos 9 que no se parecían mucho en idiosincrasia, hábitos de consumo, hablado e incluso en etnias: Cundinamarca-Boyacá, Antioquia, Caldas (se decían parientes de colonización pero tampoco se parecían), Pereira (a una hora de Manizales pero nada que ver), la Costa Atlántica (con la diferencia marcada entre Barranquilla y Cartagena), Santanderes (Sur era Bucaramanga y no se parece a Santander Norte, más venezolana, que es Cúcuta), el Cauca con Cali y el valle y el sur que se abría en Popayán y la muy ecuatoriana de Pasto.
Cada ciudad es importante, más hoy con 45 millones de habitantes, y en un país más grande como México hay 4 ó 5 mercados encabezados por el DF con más de 30 millones. En Colombia descubrí que Marketing era el entorno y que no podía aplicarse caprichosamente por igual a todas las regiones sino que había que conocerlas, definirlas y adaptarse a ellas.
El hecho más saliente de nuestros dos años en Medellín fue la ocasional visita de Jorge Luis Borges, invitado por la Universidad de Antioquia, en 1966. Ya había nacido Polo y mi madre estaba de visita cuando se produjo la inesperada llamada de Leonardo Nieto: Polo, tenés que ayudarme, me llamó el embajador desde Bogotá para pedirme que con los pocos argentinos que hay en Medellín lo agasajemos y hagamos su estadía agradable.
Lo que se podía reunir entonces eran futbolistas y cantores, no éramos más. Desde ya estaba Aída Nieto maestra y catedrática y algunos pocos para reclutar en el Versalles, así que programamos la estancia que fue memorable por lo folclórica, dividiéndonos en dos grupos comandados el uno por los Nieto, el otro por los Barrionuevo.
La Embajada había advertido lo quisquilloso que era el visitante y tanto Aída como yo estábamos preocupados para no meter las patas. Como estaba por perder la retina, su madre, Doña Leonor Acevedo nos pidió, a través de la Embajada que tuviéramos cuidado con la ducha porque se había enterado que en Medellín no había bañeras en los hoteles principales y podía caerse y perder la vista.
Yo me ocupé de los futbolistas y cantores y uno puede imaginarse los temas de conversación tratados, Borges dijo que quería escuchar una milonga y Carlitos Valdés la cantó, pero no la que quería Borges que acababa de grabar sus milongas con Astor Piazzolla cantadas por Edmundo Rivero, sino la actual no la pampeana. Esto originó un conflicto por la queja de Valdés que entendía que Borges no sabía nada del asunto y qué tanto podía referirse a duelos a cuchillo si (textual): “A quién va a engrupir este salame si la vieja no lo dejaba salir a la calle en Palermo pa’ que no se ensuciara, por eso no le gusta el fútbol y guapos, guapos no junó nunca a ninguno.”
Mamá le había cocinado tortas fritas y empanadas y yo le decía que por qué lo atendía tan bien, “Porque quiere mucho a su mamá”, me respondió.
Los muchachos, fuera del ex abrupto de Carlitos Valdés, se sintieron inhibidos al principio, pero a medida que avanzaba el asado y se abrían las botellas de tinto (no el café colombiano) lo fueron pasando mejor y dialogaron de fútbol, con Georgie aunque no era un tema que precisamente lo apasionara.
Aclaré lo del café porque la primera mañana que llegué a la Escuela, la señora que hacía los oficios me ofreció un tinto. ¿Tan temprano, pregunté? Hasta que descubrí que el tinto era un café negro y que en muchos casos se servía esencia de café frío, muy cargado al que se agregaba agua caliente o agua de panela, lo que en venezolano se llama papelón.
¿Y cómo olvidar una de las actividades del tango que hasta entonces no había contado con mi adhesión: el culto de Carlos Gardel. Investigué todo lugar y entrevisté a cuanto sobreviviente del accidente del 24 de junio de 1935. Habían pasado 30 años y aún se podía rescatar los lugares del pequeño edificio que había pasado a ser un hangar de SAM?
Gardel había sido el zorzal criollo, un pájaro pampeano cantor que en mi niñez se llamaba tordo.
Desde entonces pasaron 72 años y la pucha, van quedando pocos que lo hayan disfrutado en vida, pero el Hombre sigue empecinado en perdurar en la memoria y los corazones de gente que en todo el continente casi religiosamente se reúne en peñas y asociaciones para ejercer de sacerdotes de un rito que no busca explicaciones sino tan sólo fe y una admiración que les permite disfrutar de películas gastadas y tediosas, melodramas insufribles hasta el instante en que Carlos encuentra una excusa para iluminar la sala oscura con su canto y su eterna sonrisa.
Explicar esto significaría romper el encanto, ya que lo que se disfruta y se goza no se explica, es una magia que deja de serlo cuando se instala en ella la lógica.
Leonardo hizo más: creó la Casa Gardeliana en el Barrio de Manrique el 14 de febrero de 1973, la cual recientemente fue declarada Patrimonio Histórico de Medellín, por donde pasaron entre otro: Hugo del Carril, Osvaldo Pugliese, Agustín Irusta, Roberto Rufino, Alberto Echagüe y entre tantos homenajes, en 1975, la empresa internacional Leopoldo Barrionuevo y Asociados rindió un homenaje a Carlos Gardel en su estatua al pie de la Casa Gardeliana en Manrique, Medellín, lo cual se registra aquí.
Por el Versalles pasaron grandes escritores como Horacio Ferrer, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y un habitué como Manuel Mejía Vallejo quien escribió su novela “Aire de tango” en el mezanine donde está la oficina de Leonardo.
Nieto nació en Devia, provincia de Buenos Aires hace 80 años y si bien jamás perdió su acento porteño, ha vivido más de la mitad de su vida en Medellín, ciudad a la que donó la Casa Gardeliana, en cuanto al Versalles, lo comparte con su personal más antigua a quienes ha habilitado y así ha estado fuera de todo problema laboral y social, y en especial de rotación de trabajadores. Las creencias de Leonardo han ocupado toda su vida y siempre fue un privilegio estar a su lado.
Leopoldo Barrionuevo
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