Román: Un chileno trotamundos
El fútbol fue su vocación y le acompañó toda la vida. Cuando se lo conoce, uno no puede imaginar que Román Soto Vergara se haya dedicado a otra cosa durante toda su vida, así como no podemos pensarlo sirviendo a otra bandera que a la de Chile.
Román es una figura de las que no se repiten, una abanderado de su profesión y un kinesiólogo reconocido que agradece el tratamiento que recibe en el Hospital Geriátrico “Blanco Cervantes de Costa Rica, único hospital de la Especialidad en Centroamérica..
Fuera de la cojera que también le dio el fútbol, Román camina dificultosamente, pero sigue pensando con rapidez a sus jóvenes 85 años. Es divertido compartir la conversación con él y rememorar tiempos mejores, mientras vemos juntos el fútbol y adivinamos cada jugada y cada cambio que se produce en el campo de juego mientras lamentamos que la televisión siga al balón y la cámara sea manejada sin el cuidado de mostrar el fútbol estratégico, sólo la pelota, la amada, esquiva y tantas veces maltratada que apenas requiere cariño, caricias y buen trato.
Sabe ver el fútbol y muchos lo llaman para conocer su opinión; está orgulloso de que Riquelme lleve su nombre y se enoja con los relatores y comentaristas de otra galaxia que agotan tiempo conversando acerca de nimiedades para disimular su ignorancia sobre el tema.
Román nació el 26 de noviembre de 1922 en el puerto de Iquique, al norte de la árida tierra de Chile, cerca de la frontera con Perú o dicho de otro modo, cerca de lo que puede ser la salida al mar de Bolivia, pero su progenitor era del sur, de Chiloé y su mamá de Iquique.
El padre estudió contabilidad y obtuvo el puesto de Jefe General de Aduana en Iquique, luego de iniciarse en Valparaíso, Fueron años inolvidables los de la niñez, difíciles por la época de los treinta y también lo fueron de iniciación en el fútbol que fue cuando jugó en el Puerto el club Magallanes de Santiago una auténtica academia del fútbol que le permitió destacarse como marcador de punta y ser invitado a continuar la gira que llegaría hasta Ecuador. Como era menor de edad, su padre lo autorizó, incluso a regresar a Santiago siempre y cuando no abandonara sus estudios, lo que le permitió inscribirse en la Universidad de Chile y graduarse en educación física y posteriormente de kinesiólogo, por cuenta del Magallanes.
Eran tiempos sin cambios de jugadores, sin tarjetas y con juego duro. Entrenaban todos los días con sol, lluvia y granizo y sin agua caliente en los vestuarios y permaneció en el Club casi 15 años; Román considera que el vestuario es la verdad del fútbol y que entre esas paredes se tejen ilusiones, se incuban amarguras, se sueña o se sufre y es la verdadera escuela del ambiente que rodea al fútbol que se juega en la cancha.
Román conoció y disfrutó el Buenos Aires de la época de Perón y Evita porque solía pasar un mes de vacaciones por año, invitado por el Teniente coronel Tomás A. Ducó, presidente del club Huracán con cuyo hijo mantenía una estrecha amistad. Hoy el monumental estadio de Huracán lleva su nombre pues a su influjo se levantó ese “Palacio” como lo llaman sus hinchas. Esto le facilitó el contacto con grandes estrellas y connotados directores técnicos, como es el caso de Guillermo Stábile quien estuvo al frente de la selección argentina muchos años y quien fuera centro delantero de Huracán y goleador de la primera copa del mundo que se jugó en 1930 en Montevideo. También hizo amistad con Renato Cesarini, legendario director técnico de River, más tarde, en Colombia, con Osvaldo Zubeldía y en Chile con el excepcional José Manuel Moreno quien por entonces jugaba para la Universidad Católica y a quien a menudo prestaba sus servicios de kinesiólogo.
Y para quienes lo vieron –salvando distancia y tiempo- Moreno tuvo la altura de un Maradona o un Pelé (lo cual comparte el autor de esta nota).Román reivindica la importancia de la tertulia del café-bar una cátedra donde se escucha y se aprende de los que saben, Román supo escuchar y aprendió de los que sabían más que él en una época en que el respeto era norma en todos los niveles.
Leyó cuanto libro se publicaba sobre fútbol y en especial los de Dante Panzeri, pero aclara que el fútbol no se juega en los pizarrones ni en las estrategias de laboratorio, la habilidad de los jugadores hace a la belleza de este deporte Considera que los que juegan son los jugadores y no la estrategia, por ello señala que debe conocer a fondo las fortalezas y las debilidades de cada uno de sus hombres y explotar las primeras, mucho más que corregir los defectos, en la medida que se edifica sobre fortalezas, lamentablemente los técnicos italianos en general han hecho mucho daño al fútbol con el invento del cattenaccio, un modo de obtener resultados defendiéndose, destruyendo la creatividad y buscando los puntos a través del contragolpe.
En el fútbol predominará siempre la calidad por sobre los resultados y la calidad es no sólo el tratamiento de la pelota por el jugador, sino también su personalidad y su carácter: serenidad, tranquilidad, habilidad, oportunismo, efectividad en su manejo y la clara idea de que el fútbol es colectivo.
Se inició como entrenador en Concepción, en una liga comercial, después dirigió en segunda división y más tarde asistió a Fernando Riera en la selección chilena..Continuó su carrera en el exterior en Ecuador con el equipo España en Quito y después con el afamado Liga Deportiva Universitaria, quienes bajo su dirección ganó el campeonato ecuatoriano de 1961. Al año siguiente dirigía el Emelec de Guayaquil con el cual volvió a ser campeón.
Luego fue comentarista deportivo por radio y televisión y por dos años obtuvo el premio al mejor comentarista de Guayaquil. Francisco Villegas del Cali lo sacó de la comodidad del relato y lo llevó al Bucaramanga de Colombia y de ahí, Alfonso Senior, presidente de Millonarios y vice de la FIFA lo llevó a Bogotá para desarrollar las divisiones inferiores y juveniles. Regresó a Chile y en 1966 retornó a Colombia como comentarista de Todelar, la cadena de radio.
Román quería retornar a Chile pero Nora, su esposa lo convenció que en el exterior lo valorizaban más (Nadie es profeta en su tierra) y le insistió para que se comunicara con la gente de Caracas que lo llamaba constantemente. Por entonces había conocido en Colombia a dirigentes saprisistas y a comentaristas de Monumental para quienes habían trasmitido. Esta vez fue con pasaje comprado pero decidió visitar Costa Rica.
Una vez en Costa Rica su destino fue Puntarenas a donde se viajaba por carretera pasando por Alajuela para demorar 4 horas (Puntarenas está a 108 Km) o bien por el tren folklórico que en Orotina y otras estaciones era invadido por vendedoras de toda clase de comida exquisita y casera: allí comprendió que estaba su destino y asentamiento familiar, su esposa lo ayudó en la decisión de estarse quieto de este trotamundos incorregible.
Román no siguió a Caracas y ancló en Puntarenas, firmó por dos años y debió movilizarse en angustiantes avionetas, corría 1967 y después de la llegada de Doña Nora y los dos muchachos Luis Román y Miguel Angel, y al tiempo ella sentenció: “hasta aquí llegamos, este país y su gente me gustan”. Claro, debieron acostumbrarse a la falta de agua caliente en el cálido Puerto del Pacífico, sin embargo el calor de la gente y los brillantes antecedentes de Román lo llevaron a firmar por dos años de victoriosas campañas.
Luego estuvo dos años en Panamá cuando Omar Torrijos empujó el deporte, sin embargo, la familia se quedó en Costa Rica. Don Ramón Coll, por entonces representante de la FIFA lo apalabró para dirigir el fútbol en República Dominicana y el mismo Ramón Coll lo impulsó a firmar con el Alianza de El Salvador donde se quedó un año y retornó a Costa Rica para incorporarse al equipo Uruguay y posteriormente a Golfito que estaba patrocinado por la Compañía Bananera. Recuerda con especial cariño su paso por Heredia.
Román añora a los grandes comentaristas de fútbol que tuvo Costa Rica y nombra con orgullo y nostalgia a Juanito Martín y a esa gloria que fue Jorge Pastor Durán, su íntimo amigo. Sufre la carencia de comentarios sobre lo que se está viendo por TV y no soporta las largas conversaciones y chascarrillos que se cruzan, al igual que las largas descripciones de los pantalones que los equipos usaban hace sesenta años o los detalles estadísticos leídos del historial de cada jugador; no comprende cómo se puede desviar al fútbol para caer en oraciones que no comparte la mayoría del público y se descorazona cuando el comentario de los primeros momentos se convierte en el elogio o la crítica cuando el partido transcurre.
Leopoldo Barrionuevo



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