Apuntes sobre Gardel
“Mientras exista un disco de Gardel, todos los cantores van muertos”
Aníbal Troilo
Gardel sigue teniendo vigencia en el amanecer del nuevo siglo. Albricias para los sociólogos, siempre capaces de predecir lo que ya sucedió, porque intentarán explicar el milagro, como si los milagros pudieran explicarse.
Esto es algo que no le quita el sueño a la gente humilde, sencilla o sufrida que se limitará a disfrutar de sus grabaciones o films toda vez que de ello tenga necesidad o deseo sin pretender una interpretación freudiana de los simples hechos.
En toda latitud y en ciertas fechas del año los fieles del culto gardeliano y algunos sacerdotes fabularán desconociendo muchos de esos hechos y la sencilla historia retaceada de anécdotas por lo general creadas por la inspiración popular y pese al tiempo y su transcurrir, Gardel continuará permaneciendo, estando. Y en cada nuevo aniversario algún profeta de barrio, sin haber vivido lo suficiente, predecirá la desaparición del mito gardeliano. Y pese a los augures, cada día cantará mejor.
Y los que lo pensamos tan sólo de a ratos, cuando como lo querían los griegos, sentimos dolor por lo perdido (es decir, nostalgia en español), nos seguiremos preguntando ¿qué o quién reinventa su estancia, quién lo redescubre? ¿Cómo su espíritu se instala entre nosotros y nos conmueve de a ratos sólo para que alcancemos a percibirlo y por qué sentimos que nos pertenece y que en alguna medida fuimos o somos en él o él es parte de nuestros sueños, deseos o frustraciones?
Gardel no es más amado que otros ídolos, santos o milagreros populares, pero persiste sin odios ni pasiones, apenas producto de la veneración. Algo que no sólo se da en el Río de la Plata, ya que se extiende por todo el continente con gente que casi religiosamente se reúne en peñas y asociaciones para ejercer de sacerdotes de un rito que no busca explicaciones sino tan sólo fe y una admiración que les permite disfrutar de películas gastadas y tediosas, melodramas insufribles hasta el instante en que Carlos encuentra una excusa para iluminar la sala oscura con su canto y su eterna sonrisa. Explicar esto significaría romper el encanto, ya que lo que se disfruta y se goza no se explica, es una magia que deja de serlo cuando se instala en ella la lógica, por eso tanta gente en todas partes se resiste a una revisión histórica que no les interesa y eluden invariablemente.
Pese a todo ello, la gente quiere saber más del hombre Gardel.
Porque hay un Gardel en grises de imaginación, de entrecerrar los ojos para mirar por dentro, un Gardel ruidoso de grabación acústica, un Gardel de púa y membrana de viejo gramófono; un Gardel en blanco y negro como son mis sueños, un Gardel herido por la luz intermitente de la lámpara mágica de los hermanos Lumiere.
Hay un Gardel con escasa tecnología, sin micrófonos ultrasensibles ni amplificación computarizada, un Gardel ontológico que no sólo está, sino que es tantos gardeles como los que cada uno de nosotros alberga en sus corazones.
Hay un Gardel de susurros, que conmueve, que estremece y hay un Gardel plácido que va creciendo en nuestro interior cuando olvidamos a los cantantes contempóraneos fruto de la tecnología y la promoción con las cuales se amplifican mediocridades de vuelo a lo gallina.
Hay un Gardel profundo, auténtico, persistente, duradero que llega a nosotros cuando lo requerimos como a un viejo y fiel amigo que acude al primer llamado de nuestra melancolía, una compañía ocasional pero infaltable a quien vamos comprendiendo y apreciando a medida que la vida va lentamente desapareciendo de nuestro horizonte.
Hay también un Gardel histórico a la vez que anecdótico; un Gardel cronológico establecido por Miguel Angel Morena; un Gardel inicial producto del lirismo de Francisco García Jiménez; otro amparando el talento de Razzano relatado por él mismo; un Gardel salvado por Defino, un Gardel discográfico y otro filmográfico; un Gardel triunfador, otro amistoso; un Gardel burrero, otro misterioso y hasta un Gardel romántico, hay uno para cada percepción.
Gardel es un remanso, alguien a quien se escucha ocasionalmente, cuando acude como un viejo amigo al llamado de nuestra melancolía. Es como una compañía ocasional en la que apenas reparamos, pero se convierte en consistente e infaltable a medida que la vida abandona lentamente nuestro horizonte. Es un Gardel surgiendo del disco, un Gardel sin urgencias para acompañarnos en nuestra esencial soledad, una soledad con rumores de añoranzas de lo que se fue, de cosas y seres queridos que ya no están, de sueños que realimentan la tierra para recomenzar la vida, una soledad, en fin en la cual nos reencontramos en el epicentro de nuestra mismidad, indivisibles, únicos, diferentes...
Alguna vez me dije que para escribir no había que hacerlo publicando libros superfluos y sobre Gardel se ha escrito tanto que unos se copiaron a otros difundiendo lo que se ha dado en denominar “La historia oficial”, que muchos han aceptado intentando convertir a Carlos en un ídolo o lo que es peor, en un santo que concede favores y no en un hombre como usted y como yo.
Un nuevo libro puede parecer redundante, en especial después de Razzano y Defino que parecieron definitorios en el inicio del mito, sin embargo, autores como Collier y Ostuni dan nuevos y serios enfoques hacia una nueva perspectiva. Por otra parte, la búsqueda de Nelson Bayardo y de Eduardo Payssé González ofrecen interesantes aristas, aunque sólo parecen buscar lo que concuerde con sus premisas no necesariamente objetivas.
Algunos se enojan porque se les destruye la leyenda pero tal vez no han comprendido que Gardel hombre crece imbatible y gracias a todos sus defectos, cada vez está más cerca de nosotros y uno se admira del enorme esfuerzo que le representó superarse con casi todo en contra, salvo el milagro de su voz, que perfeccionó hasta lo indecible, esto es, hasta atravesar indemne el filo del siglo, nada menos que 65 años después de su muerte.
Me decía hace 15 años Fernando Tristán, cuando se cumplió el cincuentenario del accidente de Medellín, que Gardel iba a llegar al fin de siglo y que nadie lograría superarlo por lo que había que considerarlo “El cantor del siglo”. Retomo su frase para titular esta obra y justificarme por escribirla.
Aclaro el por qué de la misma: siento que faltaba dirigirse a la gente con la que vivo desde hace 35 años en Colombia, Centroamérica y el Caribe, gardelianos que no siempre disfrutan a Carlos por cuanto les faltan algunas pautas, como señala Collier:
“Es innegable, además, que un autor no argentino (más grave aún, no porteño) que se atreve a escribir sobre el tema no llegará a captar bien todos los matices del ambiente polifacético de Buenos Aires”
Sin embargo, tampoco es fácil para un escritor rioplatense percibir a sus lectores del Caribe al relatar una historia y tal vez les falta aquello que el malevo Muñoz le criticaba a Gardel cuando éste intuía acertadamente que se debía a más públicos que a los del Río de la Plata.
Ingresemos al espacio de Gardel y del tango con nuevos escritos, tal vez polémicos porque cuestionan la historia oficial y buscan salir de los trillados caminos que hacen de Gardel un mito
Más allá del misterio...
En Gardel todo es misterio, siembra de dudas, declaraciones equívocas, borrado de pistas, confusión que contribuyó a fortalecer el mito hasta sacralizarlo a punto tal que muchos lo hayan elevado a objeto de sus rezos y veneraciones.
Gardel está presente en los colectivos de Buenos Aires y en el fileteado de camiones, así como en las camisetas con tema de la ciudad que compran los turistas con el emblema de su eterna sonrisa, su gacho gris y su lengue blanco de seda, para definir al ídolo popular más importante del Río de la Plata.
Gardel es un ícono sagrado que rivaliza con Ceferino Namuncurá, las vírgenes de Luján y del Valle e incluso con la difunta Correa. Diariamente hay un desfile de gentes que en el Cementerio de la Chacarita le encienden una y otra vez cigarrillos entre los dedos de su estatua de bronce.
Y a medida que pasan los años (y en el 2000 se están cumpliendo 65 años de su muerte) la admiración por lo que representa se afirma a la vez que madura y calma, mientras las razones para venerarlo se hacen más variadas, a la vez que más difíciles de explicar, en la medida que la mayoría de sus contemporáneos han muerto y los jóvenes no lo conocieron..
Gardel nos representa a los rioplatenses como nadie pudo hacerlo y mal que le pese a algunos, en su imagen nos refundimos, tornamos a nuestras raíces, participamos en el reencuentro de nuestra esencia ciudadana sin poder explicarnos por qué, aunque lo intentemos.
Gardel es inmigrante, hijo de padre desconocido, habitante pobre, niño de la calle en contacto barrial con el delito menor y sin embargo, es también un triunfador, el primero de los pocos que lograron el éxito en París, Broadway y Latinoamérica toda.
Es el que soñamos ser y no pudimos, el de la peinada impecable, el traje de corte inglés, la sonrisa reluciente y la mano tendida a quien lo necesitara. Es el para siempre joven que cancheramente comparte su éxito con todos los que no tuvieron suerte, los humildes y los fracasados que no llegaron a bacanes y a estar rodeados de las rubias de New York. Es, por añadidura, el que cada día canta mejor.
El mito de Gardel
La leyenda es una mentira que al final se hace historia, decía Jean Cocteau. Se es mito cuando se proyectan en alguna figura las tendencias de una comunidad en un momento histórico. Imagino que cuando pasa el momento y cambian las circunstancias, el mito desaparece.
Al menos, eso ha ocurrido y así la historia nos demuestra que los mitos se desvanecen cuando han cumplido con su misión.
Todos tratamos de explicarnos la permanencia gardeliana, incluso porque no fue un mito en vida y ni contó con todo el aprecio de la gente de su ciudad en el mejor momento de su carrera, lo que lo llevó a confesarle a Julio De Caro en París al despedirse en el Empire en 1931: “ No te vayás, Julio. Mirá, Buenos Aires es una gran ciudad. Yo siempre añoro tanto esas calles, los amigos, las carreras... pero en verdad, cuando me encuentro en ella me dan ganas de volverme, de irme lejos... El público nos quiere mucho, pero se hace muy cuesta arriba quedarse en Buenos Aires para ganarse el pan. No te vayás, quedate aquí y volvé a Buenos Aires de cuando en cuando, como hago yo.”
Gardel había comprendido que su mundo era infinito y había que conquistarlo rápido antes que surgiera otro hispano capaz de cantarle en español a través del cine a toda Latinoamérica. Y quemando etapas acelera el proceso de triunfar en el cine, así deba recurrir a sus encantos para obtener con sus favores el apoyo de Madame Wakefield. De ser preciso (y lo fue) llegaría al milagro de reducir las redondeces de su figura en escaso tiempo.
Carlos forjó el mito con sus misterios, si los mismos se desentrañan desaparecerá la magia y el encanto, ahora que han desaparecido casi todos los que lo conocieron.
Es el triunfador, el de más pinta, el mejor hijo y amigo, el más generoso, el más bueno, el más leal. Siempre el más. Carlos es la concreción de los sueños , los anhelos y las fantasías populares.
¿El tango es de origen negro?
Los albores son oscuros, lo poco que se conserva nos habla de 1791, oportunidad en que el Virrey Arredondo arremete contra el encierro del tambo, como se denominaba al baile negro y su recinto y lo clausura en nombre de la moral y las buenas costumbres. Allí se bailaba el fandango, baile sensual de figuras antecedentes de los futuros cortes y quebradas del tango.
Pero los señorones Españoles continuaron con sus escapadas hacia la Calle del Pecado, callejuela que bordeaba la Plaza de Toros, donde hoy se encuentra el edificio del Ministerio de Obras Públicas y Transportes. Iban disfrazados y concurrían a gozar en la Casa o Sitio del Tango o Tango de los Negros en la parroquia de la Concepción, la letra b de tambo había sido reemplazada por la n de tango y con la libertad de vientres de 1811 o liberación de los esclavos, el ritmo se aceleró y se expandió en especial con el advenimiento del Dictador Rosas, quien protegió a los negros.
Pero no podemos decir que se trate del tango, a lo sumo del candombe por cuanto carecía de melodía y era solo compás acompañado por gritos destemplados y agudos.
De ahí que parezca erróneo considerar que el primer tango nació en Montevideo con el nombre de “El Shicoba”, en 1867 considerado un candombe o candomblé; el nombre equivalía a escobero, el personaje que abría las comparsas en Carnaval. Más bien parece lógico pensar que fue la habanera, original de Canarias como danzón y que recala en Cuba para recibir el nombre de habanera, primer baile de pareja abrazada, la que incorpora su melodía al candombe.
Borges considera que la milonga es de evidente origen negro y montevideano y modifica al candombe, al igual que la habanera de línea melódica y sentimental. En los bailes agregaban quebradas a la cadencia cansina de la habanera (cañengue o canyengue).
La Argentina de fin de siglo XIX
Definir la situación de Argentina en el mundo por los años en que llegara como inmigrante Doña Berthe Gardes con su hijo, nos ayudará a comprender el atractivo que por entonces ejercía el país como destino provisorio para “los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino”, como rezaba la Constitución de 1853.
El llamado gobierno conservador inspirado por un estadista del fuste del general Julio Argentino Roca, le permitió alcanzar la presidencia de la República durante dos períodos completos (1880-1886 y 1898-1904), logro que solamente equiparó Carlos Saúl Menen a fines del siglo XX pero con dos años menos, al modificarse la duración del período presidencial de seis a cuatro años.
De Roca puede señalarse el mérito de haber contribuido a edificar la Argentina moderna y un país que en escasos años alcanzó un excepcional desarrollo agropecuario y a partir del 1900 pasó a ser el más desarrollado de Latinoamérica por entonces; un país que contaba con una de las redes ferroviarias más extensas del mundo y un sistema educacional envidiable, además de una clase media dominante y una estabilidad sólo interrumpida por las revoluciones de 1890, 1893 y 1905, las cuales no afectaron el orden institucional pero fueron el preámbulo de la Ley Sáenz Peña que produciría el advenimiento de los radicales al poder con Hipólito Yrigoyen (1916-1922 y 1928-1930) y Marcelo Torcuato de Alvear (1922-1928).
Yrigoyen fue el primer presidente electo por el voto universal, cuando Argentina era una potencia económica mundial y si bien los conservadores soslayaron la cuestión social, facilitaron el acceso electoral de la clase media al poder aun sabiendo que no les convenía a sus intereses. Digamos que se trató de una oligarquía esclarecida con una concepción muy clara del país soñado, el cual en muy pocos años pasó a ser el primer exportador de cereales del mundo y el segundo exportador de carne congelada, después de Estados Unidos.
El país se había convertido en la tierra prometida.
Abajo con flecha. Charles Gardes
Arriba con flecha: Severino Namoncurá (proclamado recientemente beato de la Argentina en 1901 en el Colegio Pío IX, hoy Don Bosco donde cursaron juntos segundo grado de artesanos)
Una infancia con escasos rastros
A poco de radicarse en Buenos Aires en la calle Uruguay 162, Doña Berthe trabajó de planchadora en el taller de su paisana Anäis Beaux; ella y su marido, Fortunato Muñiz fueron familia para Carlos quien los llamaba “mis queridos viejitos” y quien los llevó a vivir con su madre en la casa de Jean Jaurés cuando ya estaban retirados, además de haberlos llevado a Toulouse.
De niño fue prestado a una vecina con varios hijos, Rosa de Franchini, algo que era común entonces para aliviar a las madres que trabajaban, pero en edad escolar fue alumno pupilo al cursar los primeros grados en 1897 en la Escuela de Talcahuano 678, en 1899 en el Colegio Regina destinado a niños pobres, en 1901 en el Colegio Pío IX y en el San Estanislao en 1904, concluyendo así sus estudios primarios.
De esa época es el certificado de estudios indudablemente falso que Doña Berthe dio a conocer a los medios, en el mismo Gardel figura con diez en las trece asignaturas incluyendo Ortografía, algo inaudito para un muchachito díscolo, bromista, rabonero, inconstante y ansioso de aventuras.
Por esos años Gardel desaparece de la escena y sus rastros se borran o son borrados pero todo hace pensar que sus primeras incursiones en el canto, su cercanía con los Traverso y con hampones y rufianes, su alejamiento del hogar entre 1904 y 1910 fueron paralelos a un comportamiento que pudo haber bordeado la delincuencia, pero del que no hay pruebas contundentes. En todo caso, siempre se comentó que su prontuario policial no era precisamente una hoja en blanco, algo que corregirá años después, al obtener la ciudadanía argentina..
Se ha pretendido que Gardel estuviera relacionado con diversos actos delictivos en Buenos Aires en 1905 como campana de un atraco a la estación Once del Ferrocarril Oeste; en Montevideo en 1906 y en una tarjeta que ratifica un retorno del presidio de Ushuaia en 1907 en el vapor Chaco. Nada de ello tuvo pruebas.
TANGO
Los pasos iniciales
Los antecedentes del tango aparecen sobre finales del siglo XVIII, cuando el vocablo “tambo” definía al sitio de los negros esclavos donde se los aglutinaba antes de venderlos como esclavos; por extensión, posteriormente se derivó hacia el nombre de “tango” al lugar donde los negros realizaban sus bailes de contorsiones pero en modo alguno en pareja.
La habanera era el antiguo danzón o contradanza de las islas Canarias, que los marinos llevarían a Cuba donde recibió el bautizo relacionado con su capital, La Habana.
Lo original de la habanera, que era lenta, cadenciosa y sensual, consistió en ser el primer baile de pareja abrazada que se conoció y llegó al Río de la Plata, a los puertos de Buenos Aires y Montevideo, entre 1850 y 1860, coincidiendo con la caída de Rosas y la etapa de la reorganización liberal que dio origen a la nueva nación.
La música popular había sido en los años de Rosas, el baile de los negros o candomblé, pero la caída del Restaurador dejó huérfanos de apoyo gubernamental a los negros y mezcló las corrientes que se completaron con el tanguillo andaluz y la milonga o mulenga pampeana.
El gaucho se inclinó por la milonga que era más que una danza, un canto de contrapunto, no obstante lo cual hacia 1872 era como hasta la fecha, el lugar donde se bailaba al ritmo de la habanera, tal como aparece en el “Martín Fierro”, publicado por entonces en el cual, José Hernández hace que su protagonista contando que va de baile, exprese:”a ver la milonga fui”.
Ahora que florecen los salones de baile en Argentina y hay una resurrección de la danza y su misterio sigue llamándose milonga por igual al canto pampean, a la mezcla de tango acelerado y con marca, Milonga significa lío, problema, enredo. Pero además de casa de baile, se denomina milonga o milonguita a la mujer de las casas de baile barriales y a las mujeres que las frecuentaban y mientras la habanera reinó en los salones de baile frecuentados por los ambientes sociales más prestigiosos, la milonga era llamada “la habanera de los pobres”.
Pero aunque hermana de la habanera, la milonga tiene una mayor relación con la música del tango actual en su compás binario de 2/4, propio de la música colonial.
El tanguillo andaluz no es danza sino canto flamenco sobre un tablado, sin embargo, alrededor de 1860, en Buenos Aires alcanzó influencia y lo que después sería tango era algo parecido al andaluz, aunque no por mucho tiempo, sin embargo su pariente, el cuplé por poco tiempo tendría un auge particular sobre principios de siglo.
Lo híbrido del tango implica una diversidad de corrientes entre las cuales sobresalen el candombe de los negros, la habanera cubana, el tango andaluz y la milonga pampeana.
Las corrientes prestaron al parto gran diversidad producto de la apertura de la inmigración en la Constitución Nacional de 1853 que atrajo primordialmente italianos y gallegos a punto tal que la mitad de la población argentina era extranjera hacia 1880, pero en 1914 Buenos Aires contaba con 1.575.000 habitantes, de los cuales no más del 40 % eran criollos.
Como la gran mayoría eran jóvenes y los casados llegaban muchos sin familia, el prostíbulo se constituyó en el lugar de entretenimiento del pobrerío y en el caldero del tango. Los músicos improvisados animaban, con tríos y duetos esperando el turno de las pupilas, compuestos por guitarra, flauta, rara vez un violín e incluso un peine con papel a modo de flauta.
De un sitio al otro se iban repitiendo las letras, que siempre eran procaces y cantadas a coor por los asistentes y a las que les iban agregando estrofas improvisadas que fueron los primeros tangos y delatan inevitablemente su origen: Dame la lata, Bartolo, La concha de la lora, El fierrazo, Dejala morir adentro, Date vuelta, Dos sin sacar, El tercero, Hacele el rulo a la vieja, Concha sucia, Empujala que no dentra, el 69, Con qué topa que no dentra.
El tango fue, después del entretenimiento que los contertulios del lenocinio, música proveniene de diferentes fuentes, como lo es todo lo humano, pero de inmediato o antes fue baile, primero de negros y después del suburbio que iba rodeando al primitivo centro que no iba más allá de Cangallo por el norte, Callao por el oeste e Independencia por el sur; por eso se gestó en arrabales como los Corrales Viejos donde hoy está el estadio de Huracán, en la Boca, el Bajo, Barracas, Palermo, San Telmo, San Cristóbal, todos barrios de extramuros y pampeanos por entonces y me refiero al período entre 1870 y 1890
Las Academias albergaron al primitivo tango bailable y trasmitido de boca a oreja porque muy pocos de sus musiqueros tocaban de “oreja”. Claro está, Academia, era un término eufemístico: se trataba de cantinas atendidas por camareras con las cuales se podía bailar y algo más, pero sólo en Buenos Aires, en Montevideo su objetivo primordial era el baile..
En Paseo de Julio, el Bajo, estaban una al lado de la otra, en un ambiente turbio, donde escasas muchachas provincianas atendían a malevos, inmigrantes, carreros de Los Corrales.
Ya el tango era baile, hacia 1910 pasaría a ser también música con conjuntos reducidos, ya venía siendo letra con Angel Villoldo hacia el 1900. En 1915 ya había orquestas de varios músicos: cuarteto, quinteto, sexteto y orquesta típica de 8 a 14 integrantes. En 1917 Carlos Gardel crearía el tango cantado
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