MUJERES
Mujeres en el poder
Claudia Barrionuevo
No ha sido fácil para las mujeres alcanzar puestos de poder. Hasta para obtener el derecho al voto hubo que luchar durante el siglo recién pasado. Algunas de las señoras que han llegado a la presidencia en Latinoamérica lo lograron debido a sus vínculos matrimoniales con políticos famosos: Mireya Moscoso, Violeta Barrios, la actual presidenta argentina, Cristina Fernández.
En países como Pakistán, donde el género femenino tiene aún menos oportunidades de surgir en el campo público, era lógico que Benazir Bhutto llegara al poder siendo la hija de su padre.
Sin embargo grandes líderes mundiales no tenían vínculos familiares con figuras públicas: Golda Meir, Margaret Thatcher y Angela Merkel, actual canciller alemana.
Hay mujeres en Costa Rica que están preparadas para ser líderes, y sin lugar a dudas para dirigir el país. Ahora bien, ¿estarían dispuestos los costarricenses a darle el voto a una mujer? Muchas encuestas nos lo dirán en los próximos meses. Aunque ya sabemos que entre lo que la gente responde en los cuestionarios y lo que la gente hace a la hora de enfrentarse al recinto electoral hay un gran trecho.
Por supuesto que yo votaría por una mujer pero no por el hecho de que sea compañera de género. La solidaridad femenina no puede ser el elemento principal para tomar una decisión tan seria como elegir a quien dirija los destinos del país. Así resultó ser en las recientes elecciones primarias de los demócratas en Estados Unidos: la población negra no necesariamente apoyó a Barak Obama y las mujeres tampoco se volcaron en mayoría hacia Hillary Clinton.
Ahora, listos para escoger al próximo presidente de Estados Unidos, una nueva mujer entró al ruedo. Pero la joven y bella Sarah Palin nos hace enrojecer de vergüenza con sus inoportunos y risibles comentarios. Tan disparatadas han resultado las declaraciones de la gobernadora de Alaska, que la talentosa guionista, productora y actriz, Tina Fey regresó al programa que la catapultó a la fama —Saturday Night Live— para personificar a la candidata. La sutil actuación de la comediante y los sensacionales guiones han provocado que la fórmula MaCain-Palin esté perdiendo cada vez más adeptos.
Fey le hizo decir a su Palin frases apenas modificadas de las dichas por la gobernadora como: “Desde mi casa se puede ver Rusia” o “El calentamiento global se debe a que Dios nos abraza muy fuerte”.
Es sabido que la famosa candidata —cuya cara inunda las páginas de Internet en arreglos fotográficos sobre atractivos cuerpos femeninos con escasa ropa— ha manifestado su incredulidad en cuanto a los peligros y causas del calentamiento global, llegando a manifestar con vehemencia que los osos polares no están en peligro de extinción y deben dejar de ser protegidos.
Más allá de que a la señora le gusta cazar animales y fotografiarse al lado de sus cadáveres, la verdadera razón por la cual la Palin quiere levantar la protección de los osos blancos de Alaska es la de permitir la construcción de un gasoducto, que según ella responde a “la voluntad de Dios”.
Ser mujer no basta para alcanzar los votos femeninos. Hay que demostrar inteligencia y capacidad. Sarah Palin no lo está logrando.
claudia@chirripo.or.cr
Nuestro lenguaje
Claudia Barrionuevo
Todos los teatreros criticamos en exceso a los teatros populares —llamados también de Cuesta de Moras o comerciales—. Poco ha sido el análisis sobre el éxito de este fenómeno. Sin lugar a dudas, más allá del divertimento y la risa fácil que proveen al público estas producciones, la asistencia masiva a dichos espectáculos reside en la posibilidad de identificación con las situaciones y el lenguaje nacional cotidiano. Ningún misterio. Desde tiempos inmemoriales el éxito del teatro ha dependido de que el espectador vea su realidad reflejada en la escena. Shakespeare y Molière exponían los sentimientos humanos más primarios. A veces en personajes populares, otras —las más en el gran vate inglés— en figuras del poder.
En Costa Rica, el poeta y cuentista Aquileo Echeverría alcanzó su éxito —y/o identificación con el público— gracias al manejo del lenguaje popular de su época.
Este “secreto” —el de hablar en un lenguaje que el público reconozca— permite siempre la identificación de la audiencia con el producto artístico.
En Costa Rica los productos artísticos son múltiples. El tiempo libre no alcanza para asistir a todas las exposiciones de artes plásticas, a la gran cantidad de conciertos de música popular o clásica, a la diversidad de espectáculos de danza o a la multiplicidad de obras teatrales.
El caso del cine es distinto. Han sido pocas las películas nacionales proyectadas en salas comerciales durante los últimos diez años. Sin embargo —a diferencia de los eventos de música, danza o teatro— ir al cine es mucho más fácil: los horarios y los espacios de exhibición son múltiples. Por lo menos la primera semana.
Y tal vez no todos vamos a ver danza o teatro o seamos amantes de la música en vivo, pero todos vamos al cine ¿O no?
Si es tan fácil ir al cine, ¿cómo no apoyar la producción cinematográfica nacional?
Yo he hecho la tarea: he visto todos los largometrajes costarricenses.
Así como he llevado a mis hijas a exposiciones, óperas, conciertos y espectáculos de danza y teatro nacionales e internacionales, me he preocupado de que asistan al cine cuando se proyecta una película producida por nuestros coterráneos.
La última experiencia en este aspecto fue sumamente enriquecedora. Fui con Manuela y Valeria a ver “Cielo rojo”.
Primer descubrimiento: luego de una larga fila común en la taquilla de las salas del San Pedro, les aseguré a mis pequeñas que la sala estaría vacía, considerando que se trataba de una película nacional. Me equivoqué. Cuando —minutos antes de la proyección— llegamos con nuestras palomitas, refrescos y chocolates, nos asombramos por la gran cantidad de público asistente.
Segundo descubrimiento: mi hija mayor, quinceañera, supuso que la peli sería aburrida. Al terminar la proyección —luego de reírse todo el tiempo— salió muy satisfecha al haberse visto reflejada en las circunstancias y el lenguaje del relato.
Voy a dejar de lado cualquier crítica que podría exponer como fanática del sétimo arte: el hecho de que una película permita la identificación del ser nacional (de alguno, el que sea: los adolescentes en el caso de “El cielo rojo”) valida la propuesta artística planteada.
claudia@chirripo.or.cr
¿Bolsa o casino?
Claudia Barrionuevo
Creo firmemente que el Estado somos todos: todos debemos trabajar por el bien común y el Estado tiene la obligación de regular ese bienestar. Por eso, ministerios como el de Salud o Educación son piezas claves —o deberían serlo— de cualquier gobierno del mundo. La salud de uno es la de todos y la educación también. Obviamente la economía no se queda atrás en cuanto a la responsabilidad estatal: el bienestar económico tiene que ser accesible a cualquier ciudadano y el Estado debe velar por eso.
Hace 14 años el gobierno de José María Figueres decretó el cierre del Banco Anglo. El Banco Central había intervenido dicha institución al descubrir que se habían realizado inversiones anómalas en títulos de deuda venezolana. Las pérdidas por estas inversiones iniciaron en ¢8.500 millones y posteriormente ascendieron al doble.
Hubo quienes consideraron innecesario el cierre del banco. El presidente Figueres defendió su decisión argumentando que era más caro mantenerlo abierto. En todo caso la intervención estatal al Banco Anglo —ya fuera para cerrarlo o no— era indispensable.
Un año después, en 1995, se aprobó la apertura bancaria, rompiendo el monopolio de la banca estatal que había regido por años. Pese a los temores de muchos —yo me incluyo— de que la apertura debilitaría a los bancos nacionales, esto no sucedió y —a pesar del cierre del Banco Anglo- otros bancos estatales aún siguen siendo fundamentales en nuestra economía.
En este nuevo siglo muchos intentan convencernos de que la solución a todos nuestros problemas es el libre comercio y la privatización de toda empresa estatal. Parecen no aprender de la experiencia mundial que ha demostrado que la corrupción, la ambición desmedida y la falta de conciencia han dominado estos procesos.
No conozco nada de las bolsas mundiales y nunca he ido a un casino. Pero he visto mucho cine y en las películas de Hollywood sobre ambos temas las coincidencias son muchas.
Por lo menos a nivel emocional: tanto en Wall Street como en Las Vegas la ambición, la excitación, los nervios, las mafias, las pérdidas que provocan depresiones angustiantes y las ganancias que llevan a un aumento excesivo de adrenalina entre los participantes, son comunes.
Conocí a un hombre que “jugaba” en la bolsa —como quien juega en el casino— y perdió $1 millón. No se suicidó pero su salud decayó seriamente hasta que murió.
Famosos son los casos de suicidio de la gran caída de la bolsa en los años 20 y muy conocida es la historia de la “gran depresión” en Estados Unidos que tuvo repercusiones económicas muy serias.
Hoy —debido a los juegos monetarios de los grandes inversionistas mundiales y la irresponsabilidad de las hipotecas norteamericanas— Estados Unidos está al borde del colapso económico.
También es importante en este juego de apuestas, la proximidad de las elecciones, donde —por primera vez en la historia— un negro podría ser el próximo presidente de esa nación.
No deja de resultar curioso que el país que más ha defendido la privatización de absolutamente todo, intervenga estatalmente la economía privada inyectando más de $700 mil millones. ¿Entonces? ¿La economía debe ser privada o estatal? Parece que depende de a quienes les convenga. Y siempre mandan los que más tienen y —por lo tanto— más tienen que perder.
claudia@chirripo.or.cr

Ensayar para la vida
Claudia Barrionuevo
Llegamos a la vida absolutamente dependientes de nuestros progenitores ——de la madre en realidad— y allí iniciamos un largo camino de aprendizajes diversos.
Desde lo que parece básico —pero debe ser complicadísimo— como caminar y hablar, hasta adquirir cierta experiencia —siempre escasa— en el arte de tomar decisiones o sea trazar el camino de la vida, pasando por reconocer las reglas básicas de convivencia y aceptarlas lo cual resulta imposible para algunos.
Pero como bien dice García Márquez, “la sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve para nada”. Verdad absoluta.
A medida que uno cumple años —para no utilizar el desagradable término de envejecer— mira hacia atrás y piensa en todo lo que no repetiría, recuerda cada escogencia errónea (por supuesto desde la sabiduría del ahora no a partir de la pasión del entonces), fantasea con otras decisiones. Con otra vida.
Los hijos siempre lo obligan a uno a recapacitar, a imaginar —en todo caso— otro destino después de su nacimiento. No quiere uno viajar en el túnel del tiempo y borrarlos. Sabe que no puede soñar con haberlos tenido en otro momento de la vida, porque esa combinación única de genes solo se da una vez.
Todos pensamos en algún momento de nuestra vida “¿Qué hubiera pasado sí...?” y ese condicional nos hace fantasear con una vida paralela, en otra dimensión donde somos más plenos, más nosotros mismos. Más felices. Todo relativo, por supuesto.
Cada vez que nos vemos enfrentados a tomar una decisión que cambie nuestro destino nos paralizamos. Desearíamos tener una bola de cristal, una experta en leer las cartas del tarot, alguien que en verdad sepa leer el I Ching, un maestro en el arte de entender las runas o —para hablar en términos tecnológicos— una pantalla de plasma que nos muestre el futuro y así estar seguros de tomar el camino más indicado, tal vez no para ser felices pero sin lugar a dudas para ser menos infelices.
O bueno, ya que la vida tiene tantos límites, y la fantasía y los sueños no, si por lo menos pudiéramos ensayar. Ilusión de teatrera. Ensayar una y otra vez cada momento de la vida hasta que nos saliera bien. No perfecto, porque es imposible en la vida y en el teatro, pero lo más parecido al momento ideal. Que con director de escena —o de vida en este caso— o sin él, pudiéramos intentar varias veces cada situación, cada instante, cada circunstancia hasta que quedara lo más parecido a nuestras esperanzas.
Que siempre nuestra vida tuviera la escenografía, la música, el vestuario, la iluminación, la situación y los diálogos ideales. Y que —claro— como en algunas obras teatrales cada momento tuviera un final feliz.
Pero bueno: soñar no cuesta nada. Realizar una producción teatral, mucho. Y para algunos como para mí en eso consiste la vida-vida (la de verdad) en poner en escena un texto teatral que —al menos para uno— sea lo más parecido a la perfección. Lo más parecido a la felicidad.
claudia@chirripo.or.cr
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