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 Rafael Muci-Mendoza Minimize

Publicado en el Diario TalCual de Caracas, del
lunes 8 de septiembre de 2008, Sección Aquí Opinan p.:21

Pandora y su caja …

Rafael Muci-Mendoza


Cuenta el mito griego, que Pandora fue la primera mujer creada en el cielo por orden de Zeus dotándola de virtudes, pero además, con el fin de castigar a Prometeo por haber robado el fuego sagrado y entregarlo a los hombres. Hasta entonces la humanidad había vivido en la armonía. Pero, cuando movida por la curiosidad, ésta quebró el sello y abrió el ánfora que contenía todos los males, liberó un sinfín de desgracias: pobreza, crimen, vejez, vicio, plagas, tristeza, crimen, locura, envidia, ira, venganza para el alma, y pare usted de contar… Por fortuna, la fisgona cerró la jarra justo antes de que la esperanza lograra escaparse; se fue pues corriendo hacia los hombres para decirles que no todo estaba perdido. Desde entonces, aunque los males nos acechen, la antorcha de la esperanza permanece encendida entre nosotros.

En medio de la fementida revolución bolivariana, la medicina nostra y la epidemiología en particular, vive su circunstancia más umbrosa y triste. Retrocedimos en pocos meses al Siglo XIX donde la herbolaria rudimental revive en la medicina sistémica, y los cubanos desluciendo su poco arte, recetan drogas en desuso o sin fecha de vencimiento; la vacunación y la cadena de frío para hacerla efectiva, pareciera no haberse inventado; se busca un culpable cuando el responsable del estropicio está a la vista, un ministro-militar que rezumando crasa ignorancia, clausura o maquilla toda información epidemiológica y priva a médicos y pacientes de la prevención, el eslabón más importante de la lucha contra las enfermedades; miente y miente como su presidente, y la barcaza de la salubridad hace agua por doquier. Mientras Guyana hace lo que debe hacer, investigar y vacunar para proteger a su población, aquí se politizan endemias y epidemias acallándoselas con omnipotencia, transformado en reos a los denunciantes y enviando tras ellos una jauría de fiscales del ministerio público.

Los indígenas en su ingenuidad, son estafados una vez más. Tomados como engañosa bandera, les proclaman el Día de la Resistencia Indígena, que más bien quiere significar todo cuanto tienen que hacer en el día a día, para no desaparecer en medio de la tuberculosis, el hambre y la malnutrición, la segregación, la indiferencia y el sempiterno olvido oficial. 

 
rafael@muci.com


Publicado en   
Opinión, p.:1-12
sábado 13 de septiembre, 2008
Rafael Muci-Mendoza
 
¿Orgullo devaluado?
Orgullosos nos llamamos médicos del Hospital Vargas, dedicándole vidas enteras
Para los médicos de mi generación -ya cercanos al medio siglo- formar parte del personal de un hospital público era el desiderátum. Eran, como han sido hasta hoy, espacios abiertos al contacto con los grandes maestros -nuestros profesores- señeros de modos de aprender para hacer, sitios forjadores de la experiencia que produce el trabajo infatigable y supervisado, oportunidad para la hetero y autocrítica, y más importante aún, lugares idóneos para cancelar la deuda de gratitud contraída con pacientes pobres o de muy bajos recursos, quienes ofrecen sin reservas sus cuerpos para el aprendizaje. Un agregado: la última ofrenda de sus cuerpos yertos en la autopsia, para ver por nosotros mismos nuestros errores o aciertos.

Orgullosos, nos llamamos médicos del Hospital Vargas y algunos, hasta hemos dedicado por entero nuestras vidas profesionales a él. La preferencia ideológica fue problema de cada quien, y nunca interfirió en nuestro comportamiento o búsqueda de la perfección, en la precaria medida en que cada médico pueda alcanzarla.

Hoy día, sus salas tristes y mustias colmadas de patologías de la miseria, amasadas con amargura, lloran la involución patria en irredento desconsuelo. Pero nuestro orgullo sigue vigente, pues el Vargas rezuma enseñanzas desde sus paredes centenarias. ¿Quién que vivió sus pasillos y sus enfermos no lo recuerda con afecto, veneración y devoción?

El socialismo espurio que ensucia con su maldad y favorece tendencias médicas ajenas a nuestra idiosincrasia, nos hace más fieles al espíritu vargasiano, parte de nuestro ser entero. Lo que acongoja y desconsuela es ver los atropellos y la injusticia que el poder perpetra sobre los hombres y mujeres indefensos ante el vacío de sanción por parte de nuestra sociedad.

RAFAEL@MUCI.COM

Publicado en el Diario El Universal de Carcas, Página de Opinión 1:11, del
sábado 6 de septiembre de 2008

Pasó la muerte…
Rafael Muci-Mendoza

Cuenta la leyenda warao que cuando los animales hablaban, el cacique previno: Esta noche la muerte pasará. No durmáis. A su llamado nadie debe responder. Al filo de la media noche todo estaba en el más profundo silencio. Se oyó una voz. Nadie respondió… excepto uno que estaba dormido. Despertó sobresaltado y contestó a la voz. Era, en efecto, la llamada de la muerte y su inexorable sentencia. Desde entonces, los indios comenzaron a morir...

¿Qué importa –entonces- que un indio muera? De muerte y privación está llena su historia. Menos importará la causa. Más interesará acallar al dedo que señala y acusa.

Confundir, negar e ignorar. No fueron vampiros rabiosos. Nunca se sabrá si hubo una autopsia, si será falseada, si habrá una verdad en medio de ese torbellino de mentiras en que se ha trocado el ministerio de salud, pues Chávez y su comportamiento corruptor, ha abierto mil vías a la tentación de prostituirse. Tal vez se merecen su hado –pensarán-, porque a esta milenaria etnia de los ríos, del “lugar donde remamos”, se les antojó tomar agua sucia del río que los acuna y les da sustento...

Mirando las decidoras fotos de los diarios se percibe el temprano avejentamiento que la maternidad y la miseria habitual imprime sobre el cuerpo de nuestras indias, azotadas de modo tan brutal por la vida. La experiencia de calcular sus edades antes de preguntárselo, resultará en que son 10 ó 15 años más jóvenes de lo que en realidad aparentan. No importa pues la autenticidad profunda que da el dolor para que sus quejas sean banalizadas, pues en nuestro país la injusticia social se trocó en malsana habitud; pero por todas las cosas agrias y malas que nos han dado y hemos aceptado arrellanados, no pueden quitarnos el deseo de algún día no verlos más…

rafael@muci.com

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