
Tango
El negro Mora: el tango romanza
Por Leopoldo Barrionuevo
Supe del Negro Mora en Panamá gracias a un hombre de la noche canalera: Lucho López hacia 1977, justamente cuando yo escribía artículos semanales para el periódico “Excelsior” de Costa Rica, en tempos que lo dirigía ese brillante escritor, periodista y hoy colega en “La República”, Beto Cañas. Esos artículos fueron compilados por Albon de Medellín, editores de mis obras por entonces, en el año de 1978, con el título de “Cien años de tango, hoy un clásico de difícil obtención.
Fue un lujo conocer a ese enorme maestro que arrastraba sus últimos años en Panamá como profesor de música, dando clases de piano e interpretando el órgano en los cabarets Camelot y La Mina y algunos hoteles de Panamá y Colón, además de transmitir un programa de tangos los días lunes por Radio Mía. Como muchos argentinos, yo no tenía idea clara de la magnitud del talento y trascendencia de ese excepcional armonizador y melodista de una modestia inigualable y una ternura que conmovía a medida que uno iba cultivando su amistad.
Dos hechos lo mantenían en la lucha: la amistad con un gran señor con quien me carteara hasta que su salud declinó y me escribió para suspender nuestra correspondencia: Luis Adolfo Sierra y Astor Piazzolla a quien admiraba y agradecía el homenaje que le tributara en su álbum “Concierto para Quinteto” dedicado al tango romanza y sus artífices Enrique Delfino, Juan Carlos Cobián, Francisco De Caro y Joaquín Mauricio Mora; tuvo la gentileza de presentarme a Astor en Buenos Aires en su último viaje para el cual había esperado 35 años durante los cuales viajó incansablemente.
Nació en el barrio de Palermo el 22 de setiembre de 1907, hijo de un trabajador de los studs del turf y de una señora uruguaya de Paysandú que Mora siempre recordaba con amor y por ello mantuvo un cariño especial para el pueblo oriental. Con el tiempo, Joaquín Mauricio Mora adquiere una talla que sólo alcanzaron unos pocos privilegiados, aunque las nuevas generaciones ignoren la magnitud de su trascendencia en la línea del tango romántico y cantable, inaugurada por otro de los escasamente recordados: Enrique Delfino.
Joaquín Mauricio estudió solfeo y piano en Conservatorio y se perfeccionó con el maestro Luzzati para debutar después en la orquesta de Graciano De Leone. Arturo Luzzatti era entonces Director de la Orquesta del teatro Colón de Buenos Aires.
Mora fue un autodidacta del el bandoneón en una ocasión en que su amigo fueyero José Fiotti con quien compusiera su primer tango, “Viejo barrio”, olvidó el instrumento en casa de Mora y éste se dedicó a travesearlo, a poco era un notable intérprete y en tal carácter debuta en la orquesta de Antonio Bonavena.en 1928.
Mora recordaba también cuando actuó hacia 1929 en un café de Flores con el “Chon” Pereyra, autor de El Africano y Alcides Palavecino. Consideraba al Chon uno de los pianistas excepcionales y extravagantes del tango, que tenía la virtud de hipnotizarlo con su teclado y toda vez que el negro Mora intentaba dejarlo por el escaso trabajo, Pereyra lo embrujaba con el piano y Mora retornaba… Lo salvó el violinista Vicente Fiorentino para llevarlo a hacer pareja de bandoneones con su inolvidable hermano Francisco, una de las mayores figuras del canto, tiempo después e insuperable como ser humano. En el piano se desempeñaba Plácido Simoni Alfaro.
En 1930 Alberto Cima se presenta en un café de Parque Patricios: Mora y Cima eran los bandoneones, Luis Cuervo el violinista y Luis Minelli el piano.
Ese mismo año y como bandoneonista también acompañó a Azucena Maizani en su gira a España junto con el pianista Oreste Cúffaro y el violinista Roberto Zerrillo y actuaron en España, Francia y Portugal; en León compuso su tango “Yo soy aquel muchacho”. Para Mora, Azucena era una imponderable cancionista que Joaquín declara la hubiera acompañado aun cuando la Ñata Gaucha no le hubiera pagado nada, tanta era su admiración por esa mujer que –según Mora- cantaba letras, respetando la gramática, los signos de puntuación, lo escrito mientras ellos –los músicos- hacían milagros para acompañar a la mejor intérprete que tuvo el tango, pese a que la primer reina de la radio fue –para Mora – Libertad Lamarque. Cuando Libertad debuta en el Teatro Monumental dedica su primer tango de la noche a la gran maestra que estaba allí presente: era Azucena y le dedicó Margarita Gauthier.
Era una época de crisis mundial y si bien duraron en España tres años, debieron manejarse en medio de convulsiones que conducirían a la Guerra Civil 1936-1939 por lo que regresaron y a fines de 1933 Mora actuaba en radio Splendid en la Orquesta de Vicente Russo. y en 1935 refuerza para Carnavales la Orquesta de Miguel Caló en los bailes del Teatro Ópera, retornando al piano.
Dirigió después la orquesta de discos de Columbia y en el 34 integró, en Carnavales, la orquesta de Miguel Caló; también acompañó a Hugo del Carril en los inicios de su carrera y en el 37 secundó a Alberto Podestá.
Ya en 1933 había compuesto Divina para Alfonso Ortiz Tirado, siendo su tango inolvidable Margarita Gauthier, que importalizó Fiorentino con Troilo, del mismo modo que lo hizo el polaco Goyeneche con su tango Como aquella princesa. Desde el citado acontecimiento, Joaquín Mora forma su orquesta, actuando muy fugazmente y decidiendo formar un trío con dos cantores, al estilo de Irusta-Fugazot-Demare, convocando a esos efectos a Antonio Rodríguez Lesende y Héctor Morel (Héctor Cardinale). Morel-Lesende-Mora ha quedado en el recuerdo de los nostalgiosos como una expresión de originalidad y exquisita calidad.
Paralelamente, entre 1936 y 1937, se dedicó al acompañamiento de cantores y cancionistas. En forma especial se destaca su presencia junto a Cayetano Puglisi y Ciriaco Ortiz en las presentaciones de Hugo Del Carril en Radio El Mundo y con dos cantores, Héctor Achával y Mario Podestá encabezó otro trío, con presencia ante micrófonos de la desaparecida Radio Ultra.
Y fue también por entonces que Alfonso Ortiz Tirado estrenara "Divina", página romántica preferida desde siempre por todos los solistas de piano y bandoneón del tango y también de los cantores.
Entendemos que se hace necesaria la mención de obras de Joaquín Mauricio Mora para dar una imagen, cuanto menos aproximada de la dimensión de un gran compositor: "Si volviera Jesús", con versos de Dante A. Linyera (1935); "Esclavo", "Cofrecito" (vals) y "En las sombras", los dos primeros con José María Contursi (1936); "Como aquella princesa" (1937), "Frío" (1938) y "Más allá" (1939) todos con José María Contursi.


EL ETERNO VIAJERO
Mora partió de Buenos Aires en 1943 y no regresó más. Inició una gira con Ana María González, discípula del maestro Agustín Lara, del mismo modo que doce años antes había emprendido el camino de España.
Desde que se alejó de Buenos Aires residió muchos años en Colombia, específicamente en Medellín, hasta que recaló en Panamá en 1959, donde falleció en 1979, tras un breve paso por Buenos Aires
En uno de los últimos reportajes que le hicieran a Troilo, antes de morir, recordó su barra de Los 36 Billares con una emocionada alusión a Mora.
Los Recuerdos de Joaquín Mora
Hoy te evoco emocionado, mi divina Margarita
hoy te añoro en mis recuerdos
sos mi dulce ensoñación.
Es tu Armando el que te llama
mi sedosa muñequita
el que llora, el que reza
embargado de emoción…
Margarita Gauthier, fragmento del tango de Joaquín Mora y Julio Jorge Nelson.
En Panamá hicimos un “racconto” con Joaquín Mora acerca de su vida artística, estaba sentado al órgano e interpretando su inolvidable Margarita Gauthier y al día siguiente pasamos una tarde cambiando ideas y rememorando los innumerables recuerdos de este viajero empedernido.
Así nos comenzó hablando del tango en los cines y de la figura de Anselmo Aieta, quien –al decir de Mora – debió haber nacido 10 años después, en virtud de la enorme popularidad que contó en momentos de escasa promoción. La gente lo seguía de local en local, desbordando la calle Corrientes angosta.
Por entonces, los músicos jóvenes eran hijos de Juan Carlos Cobián, en especial Julio De Caro quien aportó un vuelo total al tango que predominó hasta 1920, creando algo completamente nuevo, fascinante , que obligó a todos a seguirlo orquestalmente, o bien, componiendo.
Como creó un nuevo camino, tuvo detractores porque fue un gigantesco innovador y como todo innovador, junto con el primer aplauso recibió la primera pedrada, tal como por los 70 ocurría con Astor Piazzolla, un bandoneonista que Mora admira como extraordinario músico en cualquier parte del mundo y que interpreta el instrumento con una técnica depuradísima que no ha alcanzado nadie. Por el contrario, el gordo Troilo era un corazón tocando el fueye, como lo era Gardel cantando; gente que se entregaba plenamente a lo que hacía y cuya técnica era excepcional pero también el sentimiento.
1935: Nace “Margarita”
Mora escribe su tango famoso, el segundo, después de Yo soy aquel muchacho, éxito de Charlo y se lo lleva a Balerio, editor amigo de los compositores. Sin embargo, Romero lo devuelve por falta de venta hasta que –encontrándose en Chile con Catunga Contursi- Mora se entera casualmente del éxito que su tango alcanzaba en Buenos Aires. Ya se lo había pronosticado Balerio: “No hagas caso, esta gente no entiende nada, al fin y al cabo voz escribís y yo edito para la posteridad. Lo que nosotros hagamos no va a morir nunca”.
Refiere el Dr. Luis A. Sierra que en una madrugada de 1934, en en el apartamento de José Pascual, Mora sacó de su bolsillo un pequeño papelito conteniendo los versos que Julio Jorge Nelson le entregara en el café "Los 36 billares", de la calle Corrientes, los leyó y así nació su opera magna, “Margarita Gauthier".
Libertad Lamarque no le perdonó que no se lo diera a estrenar cuando cantaba para Chocolate Godet; fue finalmente, quien internacionalizó al tango Margarita Gauthier, a partir de la gran creación que realizó en Radio Belgrano en su reaparición actuando para Lysoform.
Mora se dedicó después al folklore negro en África, lo que más tarde le permitiría crear en Cuba una Rapsodía Negra, en la época en que conoció a un joven y desconocido autor que acababa de producir una intrascendente obra que, con el tiempo, daría la vuelta al
mundo: se trataba de Luna Lunera y el compositor era Tony Fergo, un hombre polifacético que a los 85 años continúa deleitándonos inolvidable publicista que reside en Panamá y nos ha colaborado en “Marketing Interamericanos” con humorismo de primera categoría.
Mora bromea cuando nos dice que su color viene del sepia y recuerda la tradición mulata del tango con aquel pianista, inolvidable autor de El Entrerriano: Rosendo Mendizábal, bordonero, inquieto, travieso como lo es Salgán, quien interpreta un tango chispeante y si deja de serlo para entristecerse, es por el temperamento porteño.
Los que evolucionaron
Si otros se quedaron, Fresedo siguió siempre adelante hacia convertirse en una orquesta clásica que tocaba tangos con matices y dinámica de indiscutible buen gusto. Así fue Cobián como compositor, a punto tal de escribir como nadie y convertirse en uno de los pocos que producen para siempre, para la eternidad, algo similar a La Cumparsita.
Al respecto, cuenta Mora que una vez le llevaron a Blanca Podestá un tango con letra de Cadícamo el cual fue rechazado por el esposo de Blanca. Tiempo después Ciriaco lo convierte en éxito y el esposo de la Podestá le reclama a Cadícamo diciéndole que ése era el tipo de tango que deseaba para su mujer, a lo que Cadícamo le respondió: “Se lo llevé hace un tiempo pero usted lo rechazó”. Se trataba de Nostalgia, con música de Cobián.
Los maravillosos Fresedo y Di Sarli. Aieta, Maffia y Láurenz
Mora reconoce que Fresedo lo enajenaba cuando apenas tenía 9 años y estudiaba en el Conservatorio. Por entonces pasó por el Abdullah Club y fue expulsado por menor de edad hasta que, en otra oportunidad, se escondió en el guardarropas – con la complicidad de la encargada – y disfrutó al escuchar a su ídolo, aunque no pudiera verlo.
Pero Mora también destaca a Di Sarli como Troilo, Salgán y otros que reconocen en su extrema simplicidad lo más valioso, dado lo poco complicado de las instrumentaciones, pero considerando la excepcional sonoridad de su estilo que debían descifrar sus músicos. La orquesta era él y todas sus agrupaciones eran – musicalmente – indénticas. Mora señala que don Carlos de Bahía Blanca hubiera hecho música con tres triángulos. Personalidad única, sus músicos terminaban por enamorarse de su estilo.
El oído de Anselmo Aieta era tan fabuloso, que ni siquiera leía música, pero le bastaba escuchar una vez una obra nueva para inventar las más impecables armonías. Algo similar le ocurrió cuando acompañó a Canaro, en el Teatro Colón, con las variaciones de La Cumparsita, que ni siquiera ensayó. Bastó que le silbaran la armonía desde el camerino hasta el escenario. Mora señala que no hay Guardia Nueva ni Guardia Vieja: sólo hay buenos y malos músicos.
Aieta era un fuera de serie, como lo fueron ambos Pedros. Maffía era un poeta del fueye, mientas Laurenz, interpretaba un tango recio, sonoro, brillantísimo, de gran ejecutoria. Parecía imposible que Maffia pudiera aguantar la pujanza de Laurenz, pero conformaron un dúo maravilloso, si bien para Mora el dúo más completo lo integraron Aníbal Troilo y Jorge Fernández-
El fenómeno Gardel
Mora no desea hablar sobre el gran ídolo. Considera que ya todo ha sido dicho e. incluso, más de la cuenta. No sólo cuenta con un anecdotario que en muchos casos es pura fabulación sino también con infamias destinadas a quitarle brillo a una figura que ya es un mito y parece que hay que estar agregándole historias cuya gloria no la necesita. Ante nuestro requerimiento, se muestra opuesto a nuestro modo de sentir a Gardel con la preferencia que le manifiesto del Gardel de mis amores, cuyo canto llega a la excelencia entre 1927 y 1930, por el contrario, para él lo mejor en Carlos llega después de 1930, cuando se aploma su voz, cuando se asienta.
Expresa que, con la voz, ocurre eso a partir de los 40 años y esa es la razón por la que no hay tenores ni sopranos célebres de 25 ó 30 años; con Gardel sucede lo mismo al haber carecido de profesor de canto que siguieran con él a través de los años.
Mora se queda con la imagen de un Gardel que sólo vio una vez en Buenos Aires y prácticamente no lo reconoció, pero años después pudo platicar con él en Barcelona, entonces, Gardel lo deslumbró.
Antes, en Buenos Aires, iba a cobrar derechos de autor a Balerio su editor musical y verdadero amigo de los autores, cuando al subir las escaleras lo ve bajando a Carlos Gardel, impecablemente vestido, con pañuelo de seda rodeando al cuello y calzado con un sombrero Orión y Mora contaba que él imaginó un aura que rodeaba la figura del ídolo, quien con una sonrisa que nadie podía imitar, se levantó el ala del sombrero para saludarlo y Joaquín se quedó sin habla. Me decía en Panamá que Gardel era un artista inteligente, humilde, que llegó desde lo más bajo sin oportunidad de cultivarse, pero se ubicó bien en todos los ambientes debido a su gran don de adaptación y asimilación. A esa edad era un caballero, un señor que podía figurar en cualquier parte sin desmedro de nada y como personaje humano, un fuera de serie, increíblemente bondadoso y con un poder de atracción sobre el resto de la gente, que hacía que todos lo quisieran.
Cuando Gardel llegó a Barcelona, Francisco Spaventa, un porteño avivado “se las rebuscaba” cantando tangos con una aceptable aceptación, pero bastó que Carlos debutara y todo cambió: Spaventa desapareció, en cambio un hermano suyo, Carlos Spaventa, se fue para Estados Unidos y ahí sí conoció a Gardel quien lo incorporó para actuar y cantar en dos de sus films: “Cuesta abajo” donde interpreta En los campos en flor y Olvido y “El tango en Broadway” cantando Mañanitas de sol.
Mora contaba que en el hotel en el que se hospedaba Gardel cantaba toda la tarde, como si no hubiera nacido sino para cantar y desde su llegada acabó el servicio porque el personal del hotel no hacía otra cosa que escucharlo a través de la puerta.
Era un ídolo, alguien tan admirado que Don Joaquín señala que a él le parecía un sacrilegio dirigirle la palabra. Muchas de sus creaciones no podrán ser superadas jamás.
El futuro del tango
Para Mora, igual que para Enrique Luque Carulla (hablamos de diálogos que tuvieron lugar en 1977), el tango necesita universalizarse. Así, Don Joaquín fue un pionero en combatir las letras localistas, que sólo podían comprenderse en Buenos Aires, en la seguridad de que ese era el camino para que el tango hablara en el lenguaje de todos los pueblos hispanoparlantes. Ese fue el gran legado de Gardel y Le Pera, con poesías que se entendían en cualquier rincón del continente americano.Por entonces lo siguieron Lucio Demare, Catunga Contursi y Homero Manzi. Lo mismo ocurre con el tango como danza: las parejas que lo bailan en el extranjero hacen un tango tan poco real en las presentaciones escénicas que nadie se anima a imitarlos; en ese caso, ni siquiera tiene un sabor local, es inventado, sofisticado, atentatorio a su difusión y en muchos casos, acrobático, lo que hace que la gente no se anime a bailarlo..
El maestro Mora pensaba entonces viajar a Japón y -viajero empedernido – añora Colombia y Costa Rica. De Medellín recuerda a Leonardo Nieto, Carlos Valdés y muchos otros que prefiere no nombrar para no resultar injusto con las omisiones; de Costa Rica recuerda su actuación en compañía del memorable Cuadro Buenos Aires con quienes se entendió a la perfección: Meléndez, Murillo, brfenes yChacón.
Ese año de 1977 el Negro Mora comenzó a intentar el regreso: sentía que en Panamá era un extranjero que añoraba Colombia, pero también era consciente que su salud estaba quebrantada y que era hora de retornar a Buenos Aires, después de 35 años. Viajé por entonces a Buenos Aires para encontrarme con Joaquín en el hotel que le había destinado SADAIC en la calle Callao, era 1978 y el Negro Mora quería permanecer en Buenos Aires. Lo atendieron muy bien, SADAIC pagó sus exámenes y su estadía, pero alguno que otro estaba molesto por su inoportuna reaparición; todo había cambiado y Mora se convertía en un estorbo, además, casi todos sus amigos habían muerto y su barra no existía. Era como si Gardel le cantara: “Estoy cansado de tanto andar”.
En suma: Mora se fue cuando el panorama de los 40 estaba dominado por las grandes orquestas, tenía 36 años. Dos años antes había sido arreglador de la Orquesta de Hebe Bedrune, rosarina. En 1943 partió y se radicó en Medellín, se casó con colombiana y tuvo 3 hijos y permaneció allí durante 16 años, dirigiéndose con los suyos a Panamá donde vivió casi 20 años pobre, siempre luchando en lugares inadecuados y con su carga familiar que lo ancló a un país que sentía hostil, pero que en realidad era un país pequeño, sin amor extendido por el tango en un entorno que no apreciaba su arte. No tenía amigos, los músicos con los que pudo organizar algún conjunto eran “orejeros” y salseros, por añadidura.
Perón había llegado a Panamá, específicamente a Colón al hotel Washington en 1955 y en un night club conoció a Isabel Martínez para Navidad. Al año siguiente se fue para Venezuela, así que el negro Mora nunca lo conoció (se fue de Argentina en 1943, cuando Perón era un coronel poco menos que desconocido y llegó a Panamá en 1959) después que Perón se fue para Venezuela.
Panamá no fue un entorno adecuado, no lo hizo feliz y no le fue posible vivir sino de la enseñanza de la música, pero sin crear y desarrollar su gran talento
Pese a todo esto, el Negro Mora se sentía feliz y agradecido con la vida. Amaba a Medellín pero aún era temprano para vivir de la música de tango en medio del trópico. Cultivó la amistad, la humildad y un cariño que lo desbordaba y que merecía mejor suerte. Se fue sin regresar y fue olvidado, regresó en un mal momento de dictadura militar y además, regresó herido de muerte y sin medios.
Habían pasado muchos años sin menciones, se había convertido en una figura de los años treinta, justo cuando surgían las grandes orquestas del cuarenta, por otra parte, era muy temprano para vivir del tango en un país tropical en el cual moriría Torrijos en un sospechoso accidente y Noriega quiso crear un imperio que acabó en una invasión. Mora murió unos pocos años antes, dejándonos un testimonio de música, arte, amistad, humildad, honradez y hombría de bien.
Dio todo sin pedir nada a cambio. Era un soñador, un viajero de un mundo de extravíos y un bohemio de la noche y de la vida. Nos dejó tanto que no se lo pudimos devolver.
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