MI BARRIO ERA ASI IV PARTE

UN HOGAR FELIZ
Cuando llegué al mundo, mi hermana Dedée ya estaba instalada en la casa. No sólo había sido la primera, además me llevaba más de seis años de edad y ejercía el mayorazgo con una suerte de mezcla de dulzura y bondad acompañada de un carácter fuerte, femenino y dominante, por lo que pasé a ser su hermanito, a la vez que su protegido.
Ella tenía el amor de mi padre por la primera hija y esto nunca me molestó, pero sí a mi madre y de algún modo compitieron siempre por la atención de mi viejo que adoraba a mamá de quien yo era el preferido.
Mi padre tenía entonces treinta años y mamá veintiocho y de un modo u otro noviaban desde que tenían once y nueve años, respectivamente. Les faltaron unos pocos meses para cumplir los setenta años de casados cuando papá falleció.
Sólo desde que comencé este proyecto comencé a tener claros recuerdos de mi infancia y de mi barrio; muchas casas lucían en la sala gobelinos de escenas de Francia del siglo XVIII.
Las mujeres del barrio vestían percal para entrecasa, una tela común por entonces que dio origen a un bello tango.
Mi padre era un tipo imponente, bien plantado y muy elegante, como se observa en las fotos de la época, si bien pareciera que su evolución se inició poco después de la recuperación posterior a la caída del 1930, año en el que comenzaron los males argentinos.
Hasta entonces, el cajetilla de la familia había sido el tío Manuel Pardo, el marido de Lola, un príncipe en Coronel Pringles, donde al amparo de los radicales, levantaba juego. Con el 6 de setiembre se fue el predominio radical y llegaron los conservadores y su escuela del fraude electoral tras el golpe de Uriburu e incluso la destrucción de la democracia argentina que hasta 1983, en 53 años, no logró reunir más de 15 años de ejercicio, el mismo lapso que ya transcurrió a partir de entonces con Alfonsín y Menem.
En el ámbito de mi hogar me sentí invariablemente amparado y protegido, además de contar con el cariño que en el caso de mi madre resultaba abrumador hasta el momento que mi padre, cuando yo tenía siete años, cortó mi representación. Ocurrió que cuando hacía frío por las mañanas o llovía yo, solía quejarme o hacerme el resfriado y mi madre optaba por no enviarme a la escuela, a punto tal que yo a veces rezaba antes de acostarme para que amaneciera con mal tiempo y esto no me fallaba, en razón de lo que mi fe en Dios se hizo más firme con cada acierto y cuando fallaba me lo reprochaba por no cumplir con los preceptos debidamente.
Una mañana, como todas, mamá me despedía con melosas palabras en diminutivo: mi amorcito, corazón, vidita, etcétera hasta que el viejo se calentó y con voz estentórea proclamó que si me seguían tratando así sería un maricón por lo que a partir de entonces, el que me despertaría sería él y lo hizo y con sólo apoyar su dedo índice sobre el pulgar, yo saltaba de la cama.
Fue mi despedida de la infancia, tenía que crecer de otro modo ya que acostumbraba a lloriquear y moquear tan bonito cuando quería obtener algo, que observaba la vela que caía desde mi nariz y que reabsorbía con rapidez y gesto de sufrimiento acompañado de un gemido aspirador, por temor a que no fuera vista.
Nos levantábamos temprano, de acuerdo con el horario de mi padre, que ya por ese tiempo contaba con un Ford 37 y nos llevaba a mi hermana y a mí hasta Caballito donde estudiábamos y seguía para su trabajo. Esto se repetía a la salida, por lo que siempre llegábamos de primeros y nos íbamos de últimos, pero a poco nos fuimos independizando, viajábamos en tranvía, ese medio tan apreciado por los que tuvimos la fortuna de conocerlo, estudiar en él y atravesar sin apuro los barrios amados.

COMO APRENDI A LEER ?
Los Triay me leían a cambio de cantarles a Gardel. Yo aprendí con la Radio Prieto y tenía 3 años cuando Gardel murió pero entre los 4 y 5 me convertí en cantor. Ellos me leían El Tony, Tit bits, hasta que dejé todo por Pif Paf que apareció en 1939 cuando yo leía y costaba 5 centavos.
Los 30 fueron los años de las historietas. En 1936 apareció el Indio Patoruzú con su sobrino Isidro y su hermanito Upa, que se incorporó después.
Además, los personales surgían por doquier: El Llanero Solitario, El enmascarado, el hombre murciélago, Super (Batman), El Super hombre (Superman), Mandrake, El mago, El fantasma Benito, Tachuela, El otro yo del Dr. Merengue, Fulgencio, Esculapio, y Severino, Don Yacumin, El gaucho Rendija.
Todo surge en esos escasos años del 35 al 37 y había tanto para disfrutar como nunca más lo hubo. Todas las revistas y periódicos tenían historietas o cómicas.
Por ese solo motivo valía la pena aprender a leer. Pero no sólo hIstorietas: el humor escrito era espectacular, geniales periodistas y escritores españoles republicanos llegaron al exilio en Buenos Aires se afincaron por siempre. Y los nativos compitieron
dignamente para crear espectaculares escritos.
Permanecimos en Renán hasta 1940, yo tenía 8 años y cumplí 9 en Carabobo. Pero el Primero Superior lo hice en la Escuela de Primera Junta.
Claro, hay que imaginar una radio casi tan grande como un televisor de hoy, escaso tránsito de vehículos, inexistencia de la TV y todo lo que hoy existe y el periódico más decenas de revistas de todo tipo que llegaban a todo los rincones del país.
Las muchachas leían Radiolandia, Sintonía y querían emular a las heroínas de las actrices que suponía vivían en un mundo de fantasía como el que se daba en Hollywood, lo cual no era cierto.
Así debió soñarlo Evita en Junín, en razón de lo que se atrevió a viajar a Buenos Aires a principios de 1935 cuando tenía apenas 15 años, para ser actriz.
LA CIGARRA Y LA HORMIGA

Mi madrina Matilde me obsequió mi primer libro, por entonces tenía cinco años y con él aprendí a leer, lo que se convirtió en la magia que aún sostiene mis sueños en un mundo de maravillas. Se trataba de las fábulas de Samaniego, entre las que se destaca “La cigarra y la hormiga”, un relato en el cual la cigarra disfrutaba durante el verano, mientras la hormiga juntaba y juntaba para los malos tiempos. Al llegar el frío invierno (algún pedante de la escuela hubiera dicho “el cierzo helado”) la cigarra le pedía a la hormiga que le diera alguna provisión para aplacar su hambre y ésta le preguntaba qué había hecho en el buen tiempo y la cigarra le respondía que había cantado sin descanso. La hormiga respondía que ahora que ella comía, la cigarra debía bailar y minga que le daba una migaja..
A mí me gustaba La lechera, La zorra y las uvas, La mujer, el raposo y el gallo (yo por entonces decía “rasposo”, que es miserable en lunfardo). Problemas regionales del idioma en virtud de lo que no supe bien qué era un grajo, una oca, una corneja y un milano, hasta que decubrí de grande en Costa Rica, que el milano era un chocolate de El gallito de Guadalupe. Mi maestra de primero tampoco pudo develarme esos misterios. Sin embargo debo confesar que a mí la hormiga me caía pesada por egoísta, impía, carente de solidaridad y lo peor, por carecer de sentido estético y no disfrutar del canto y el baile de la cigarra. Pues bien, la vida me dio la razón porque Samaniego que era muy moralista pero del siglo XVIII, ahora no pensaría lo mismo cuando el marketing insiste en proclamar: disfrute ahora, pague después al 50 % anual, una ganga por cierto. No ahorre porque con la prima rate al 4 % conviene más gastar. Y si no que lo digan las pensiones, el mejor
negocio de los bancos en los años noventa: están colapsando por malas inversiones y porque no importa cómo viva, la gente está empeñada en no morirse. Eso sí, si usted no trabaja después de la jubilación, mal pagado y perdida la dignidad, le pasa al revés de la hormiga: laboró 35 ó más años como un esclavo y lo que le pagan ahora no le alcanza ni para morir, habida cuenta que se lo va comiendo la inflación.
Pero la reingeniería es peor: usted apenas llega a los 40 años de edad y otros más jóvenes y más baratos lo reemplazarán y ¿dónde ha visto usted un anuncio en el que se requiera gente de esa edad? Mi viejo fue como la hormiga: trabajó más de 55 años, se retiró con una pensión equivalente a casi dos mil dólares y murió con menos de 200. Entre los políticos y los militares le habían sustraído la diferencia.
SOÑAR NO CUESTA NADA
En casa nunca faltó nada esencial, sólo algunos pequeños lujos que fueron suplidos con cariño y sólo me refiero a los años de la infancia y en absoluta ignorancia de que otras cosas eran posibles: cuando una noche solo en la playa de Cartagena grabé con honestidad para mis padres esa carencia, se asombraron porque nunca creyeron que fuera importante y no lo era, allí les manifesté cuánto había recibido yo a cambio y mis primos, sólo las galletitas. Hoy que puedo con las galletitas, sólo me queda la glicemia.
Yo miraba los confites de Bonafide, los chocolates de El Cafetal y las galletitas de lata con vidrio circular en el medio como si fueran los ojos de buey de un buque, a través de los cuales se comprobaba el contenido y se vendían por manotazo, envuelta la mano en un trozo de papel (aún no existía el plástico), pero en casa de mis primos Coco y Porota, las latas eran reales, ya que mi tío Ricardo trabajaba para Bagley y no tenía restricciones, pero en casa sí: había que pagar la casa. Será por eso que regalo golosinas a mis nietas, a mis hijos, a los hijos de mis representantes mientras son pequeños, omitiendo dentistas y otras menudencias, puesto que siempre procedí como un niño ante los escaparates, hasta que la diabetes me atrapó para pasarme la factura...Siempre me costó ahorrar, cuidar el dinero. Será que vi a los míos trabajar muy duro para alcanzar algo que más tarde la vida les quitó, como el sueño de la jubilación y lo poco que lograron con ingentes sacrificios y que la vida les negó en base de impuestos, devaluaciones y politiquería de la peor especie.
Por eso nunca me preocupé si no había suficiente ya que era cuestión de sentirse bien con lo que se tenía y esperar alguna oportunidad o bien, la lotería, al fin y al cabo todos nos moríamos cuando nos llegaba la hora y sin poder llevarnos nada en el “jonca e’ pino”.
Uno se encomienda a Dios cuando agotó todas las instancias para el logro, ya que éste no llega solo: por lo general viene disfrazado de fracaso para probar nuestra persistencia y continuidad.
Es la cantidad de fracasos la que produce hambre de éxitos, aunque si uno es fuerte puede caer en la decepción, la depresión y otras derrotas, aunque sean momentáneas.
Por el contrario, cuando se viven los momentos de gloria, en vez de festejar, es conveniente determinar cómo continuar, sostener, mantener y superar el logro, de lo contrario, se pierde.
Hay una oportunidad para todo y lo que se posterga, se abandona. Si uno no hace lo que tiene que hacer en el momento oportuno, la ocasión pasa y no vuelve.
Es como lo planteaba Raúl González Tuñón en “La calle de los sueños perdidos”:
“Un hombre ha perdido un sueño y no lo puede encontrar.
Muchos seres perdieron un sueño, ¿Cuántos siguen el rastro del sueño perdido?
Un sueño puede perderse de día o de noche. A la hora indecisa de la Madrugada, en la calle, en la casa, en un vagón del ferrocarril, en un barco. En cualquier lugar puede perderse un sueño como se pierde una llave.
¿Ha encontrado usted alguna vez una llave en la calle?
¿Ha encontrado un sueño perdido?
(¿De qué vale una llave, un sueño, si no es su llave, su sueño?)
El mundo está lleno de sueños perdidos.
El honrado chófer devolvió la valija olvidada en su coche de alquiler. El honrado transeúnte devolvió la cartera repleta de billetes.
Nadie, que yo sepa, ha devuelto un sueño.
Nadie.
Y los sueños se pierden, de la noche a la mañana, como cualquier objeto. Se pierden y se encuentran. (¿Dónde? ¿Dónde?)
Un hombre ha perdido un sueño. (Se gratificará a quien lo devuelva). Lo perdió en una ausencia, o en una espera.
No sabría decir dónde.”

EL CINE CONTINENTAL
En Carabobo al 900 estaba el cine de mi infancia al que colaba para seguir la serie de Fantomas Fatomas, el Zorro, o el Llanero Solitario o Charlie Chan, la versión china de Sherlock Holmes toda vez que el boletero iba a buscarse un café, pero al comenzar la serie hasta el boletero se iba para ver desde la puerta la continuación, ése era el momento adecuado para colarse y recuerdo, que boleteros y porteros ellos iban pegados a la entrada derecha que era la que estaba cerca de la boletería, mientras que la de la izquierda, cerca de los baños, tenía la ventaja de que uno se podía colar por el baño de caballeros y enseguida, sentarse en la última fila para no ser visualizados en el tránsito a las plateas preferidas. Por suerte, los cortes eran frecuentes y era el momento de pararse tranquilos y caminar hacia las primeras filas, nunca ocupadas
Héctor Gagliardi convoca así esa imagen: “A la derecha un letrero/cantaba: BOLETERÍA./ Tras la reja se veía/ la mitad del boletero./ Cortinao de terciopelo/ donde el arte de colar/ era saberse esquivar/ el zurdazo del portero.”
Anteriormente había sido el Cine Varela pero aún no tenía edad suficiente para correr el riesgo de entrar “de garrón” y al Continental colé hasta que el boletero, canchero me dijo: “pibe, yo sé que te metés todas las tardes de gorra, pero ¿por qué no repartís programas por las casas y yo te dejo entrar gratarola?” Es lo que llamábamos volanteada, la que al rato se iba achicando cuando “se nos perdían algunos programas en los tachos de la basura..
Rememora Gagliardi: “ Por eso la muchachada/que entonaba pedigüeña:/ ¿no me da la contraseña,/ que no tengo pa’ la entrada?/ me mandó que las coladas/ te las pagara esta vez/ porque bío, ya lo ves/ ¡nos hemos quedao sin nada!.
Yo volanteé una tres veces por semana. En la pantalla del cine seguimos la Guerra Civil Española, el ataque infame a Guernica y Lugo, las ostentosas apariciones de Mussolini y Hitler en las tandas del noticiero de “Sucesos Argentinos”. Los tanos se ponían de pie, hacían el saludo fascista y los nazis, menos numerosos, aplaudían pero las escupidas, los insultos, el grito:”andá a pelear al frente, pelotudo”, los mantenían fuera de la agresión física..
Los tanos se cabreaban y en la próxima escena que aparecía Mussolini saludando entre nuestros abucheos cantaban Giovinezza, En las apariciones de Franco unos cuantos gallegos cantaban “Cara al sol” pero un número mayor les respondía con “La Internacional”
Recuerdo que yo tenía una novia que era de origen italiano, de Turín y la mamá hablaba exclusivamente en italiano, para entonces no teníamos más de 10 años y la señora cuando iba al cine y pasaban el noticiero, se ponía de pie, hacía el saludo con brazo firme y callaba a todos con una voz estentórea mientras yo miraba a otro lado. No supe qué fue de ellas.
Pero eran tiempos de juegos y uno de los pibes del barrio que vivía en Monte y Bonorino fue mi compinche hasta que crecimos y la política nos separó. Miguel Unamuno quien fue siempre fiel al peronismo en el que alcanzó a diputado, embajador en Ecuador, Director del Archivo General de la Nación y como tanguero, miembro de la Academia Argentina el Lunfardo; en Ecuador escribió una apología de Carlos Gardel en “Al troesma en la mitad del mundo”.
LOS TANGOS DE MI INFANCIA
Los tangos de mi infancia fueron los mejores de todas las épocas porque representaron la Generación del 40. Nunca como entonces existió tal profusión de músicos, letristas, cantores, orquestadores. Fue la Radio la que contribuyó su difusión y fueron los bailes los que los convirtieron en inolvidables. En mi caso tuve la suerte de comenzar a escucharlo aproximadamente dos años después de que el Gordo Troilo creó su orquesta y la estrenó en el Marabú el 1º de julio de 1937. Ya triunfaban Juan D’Arienzo y Francisco Canaro.
En la casa de Carabobo también vivía con nosotros una muchacha de San Luis que ayudaba a mamá en las tareas domésticas, pero que compartía con Dedée y conmigo el gusto por el tango que por entonces se trasmitía por casi todas las emisoras. Alicia compraba El alma que canta y no nos perdíamos estreno de tango alguno porque la revista traía las letras de los más populares y las diferentes emisoras competían en estrenar las últimas novedades.
Rápidamente, Alicia Fernández se hizo porteña, como pasa a todos los provincianos (vergüenza me da pero los llamábamos “cabecitas negras”, con desprecio) que constituyeron para Perón su base electoral. El día que Alica llegó la pasó mal porque no reconoció el baño y buscaba la letrina por la casa o por el barrio.
Retornando al tango, la gran ventaja de las grabaciones era que al hacerse en 78 mm. y una pieza por faz, no había que esperar meses para producir un LP de 12 o más tangos mínimo, así Francisco Canaro estrenaba más de 100 tangos por año y los clubes desde poderosos parlantes nos hacían oír las novedades a partir de los jueves, invitando al baile.
A los bailes concurrían verdaderas multitudes y en Carnavales se disputaban el favor del público que además de bailar iba a presenciar los cantores, que se convirtieron en estrellas. El mundo estaba en guerra y el jazz era una mercancía que las grandes bandas difundían en el frente. Apenas Estados Unidos ingresó en la conflagración. No había competencia, tampoco materia prima y se rehusaban las matrices, lo que hizo que numerosos clásicos se perdieran. Las duplas de orquesta-cantor eran numerosas y cada una contaba con una hinchada, pero el estilo de cada orquesta definía un modo de bailar y ello también enriqueció el baile. Estos eran los genios de principios de los 40 que fueron simultáneos y que agotaron nuestros bolsillos a un peso la entrada al baile, pero en Carnavales River, Racing, Independiente, Centro Lucense, Obras, Gimnasia y Esgrima, San Lorenzo, Huracán y otros, atraían netre 50.000 y 300.000 bailarines por noche. Nunca se dio nada igual.
Yo seguía a a Castillo y a Troilo apenas se me alargaron los días (me puse los pantalones largos) y además, Domingo Federico, Salgán y Osvaldo Fresedo
Me pregunto si podía sentirme atraído por otra música popular que no fuera el tango.
En el canto, en las distintas épocas, prefería Goyeneche, Sosa, Castillo y Rivero creo que porque tenían un registro similar al mío y podía cantar en su tono; me encantaba el tango de Sosa “Pa que sepan cómo soy” lo mismo que escuchar a Morán en “San José de Flores”, Rivero en “La Viajera perdida” , a Goyeneche, mucho después “Naranjo en flor” y de Luis Cardei “Como dos extraños”
Fueron tangos hermosos los de entonces y porque además renovaban la temática con la poesía y por ejemplo en “Trenzas”, Homero Expósito hacía una metáfora con el color del cabello y entonces decía “trenzas del color del mate amargo que todos los cantores convirtieron en “trenzas del sabor del mate amargo” lo que le hacía ironizar al Polaco Goyeneche que decía que aquellos cantores chupaban pelo.
LAS COSAS QUE SE FUERON
“Muchachos, todo lo ha llevado el almanaque/ todo, todo ya se fue”, del tango El cantor de Buenos Aires de Cobián con letra de Cadícamo.
Fue en la infancia y tal vez en el tránsito de barrio cuando comenzaron a ralear los vendedores ambulantes de reparaciones, alimentos y enseres domésticos a domicilio.
Para algunos, como lo ví en Caracas y ahora en San José, esto existe aún pero no es comparable: se hace en camionetas y timbreando en los departamentos para colocar sus
frutas y verduras. Los de ayer voceaban con voz estentórea, algunos en carro de caballos y otros de a pie, generalmente lo gritaban en italiano, como pescatoreee.
Veamos: era característico el que reparaba sillas, sillones y tapetes de mimbre que pasaba en un carro levantando banquetas para arreglar en madera y que devolvía ya en funcionamiento en su próxima vuelta de gira que por lo general le llevaba una semana. Lo llamábamos sillero, algunos le decían esterillero porque trabajaban el mimbre o la esterilla que por entonces traían las sillas de comedor de diario.
Pero había alguien más que reparaba trastos rotos y era el Cachivachero a cargo de baldes, palanganas, escupideras lo que conformaba su anuncio y concluía con el alargue de la penúltima sílaba: escupidera. Llegaba también en carro de cballos, recuérdese que aún no existía el plástico.
El lechero llegaba en sulky y en vez de asientos incluía huecos donde asentar los tarros que eran de acero inoxidable, la leche echaba humito de recién ordeñada y uno la pedía con nata o sin nata. Se usaba un tarrito para medirla y uno ponía el recipiente o envase.
Il pescatore era italiano y traía a pie canastas de pescado fresco cubiertas de hielo. Hábil en el manejo del cuchillo, escamaba la vereda al limpiar los peces.
El zapatero venía puerta a puerta con su caja de reemplazos de suela y tacos, se ponía los clavitos en la boca y rápidamente efectuaba la reparación.
El afilador venía con su carrito de una rueda que se afirmaba y él pedaleaba para mover la piedra de amolar sacando filo a los cuchillos de cocina. Se anunciaba con una especie de armónica que se oía de todas partes.
El deshollinador que aún persiste en Bogotá en virtud de la gran cantidad de casas con chimenea, se movía en bicicleta y lo caracterizaba el uso de una galera y todos los enseres que cargaba para destapar el hollín.
El plumerero también en carro de caballos, llevaba para vender toda clase de escobas, escobillones, limpiadores de baño y cepillos.
El organito fue un mítico instrumento de origen italiano que llevó la música a los barrios y a la vuelta del molinillo dejaba oír polcas, mazurcas, valses y tangos, en la medida que lo introdujo en la etapa prohibida. Cátulo Castillo le dedicó un tango que expresaba: “En las notas de esta musiquita/ hay no sé qué rara sensación/ y el barrio parece/ inundarse todo de emoción.” Llevaba sobre él una cotorrita de la suerte que sacaba predicciones con el pico a quienes daban una moneda.
El primus era un pequeño calentador a kerosene para café, mate o pequeñas sopas. En “El bulín de la calle Ayacucho” dice Celedonio Flores: “El primus no me fallaba/ con su carga de aguardiente/ y habiendo agua caliente/ el mate era allí señor.”
La serenata, que es tan común en Costa Rica, fue desapareciendo de Buenos Aires cuando la ciudad crecía y los balcones desaparecían. No me imagino una serenata desde la calle para un departamento de un décimo piso.
El sombrero a lo Maxera o Borsalino y el rancho de paja para el verano, sin los cuales un caballero se veía como desnudo a punto tal que en los estadios no se veía a nadie sin cubrirse, era ideal para ceder el paso a las damas y saludar con una leve inclinación de cabeza y media sacada de sombrero o levantamiento del ala.
Los juegos de los chicos que se veían en todas partes: el balero, las bolitas o canecas, el yo-yo, la rayuela, la escondida, las figuritas ocultas, el hoyo pelota, policías y ladrones, el rango y mida, la gallina ciega, el ta-te-ti, la mancha, la billarda…
El telegrama no desapareció, pero está en los estertores reemplazado por el correo electrónico, pero ya no está por ejemplo la garita del vigilante, ahora en tránsito está dirigido por semáforos. También la gomina fue reemplazada por fijadores para gentes despeinadas.
Y con los carnavales desaparecieron los corsos o desfile de máscaras y sus murgas, sus comparsas y sus pomos de agua de Florida, el papel picado y las serpentinas, los disfraces y antifaces, las Colombinas y los Pierrots y aquellos bailes inolvidables y multitudinarios.
El Parque Japonés, el Balneario de Costanera Sur, Los Carritos, y la fainá apoyada la gran sartén de latón sobre el trípode desarmable donde se apoyaba y vendía la masa de pizza de harina de garbanzos a 5 centavos la porción.
Si te engripabas te ponían ventosas con el riesgo de quemarte las espaldas y periódicamente, cada mes o mes y medio, una cucharada del odiado aceite de ricino al que denominábamos aceite de castor para limpiar las tripas.
Los pantalones largos llegaban al cumplir los 14 años aunque dependiendo de la pelambre de las piernas podían adelantarse pero eran esperados con ansiedad y contando los días ya que era el límite entre infancia y adolescencia. Hoy no existe esa costumbre y los largos llegan a cualquier edad, con el agregado de las mujeres y las niñas, pronto se perderán las faldas, lo que denominábamos polleras.
Y los Reyes magos que esperábamos esperanzados en la noche del 5 de enero después de la cartita que enviábamos detallando los juguetes que deseábamos y que no iban a llegar a menos que fueran baratos. Les dejábamos agua y zacate, pasto o césped por la noche y nos costaba pegar los ojos soñando con los zapatos que quedaban fuera del cuarto.
Qué otras cosas pasaron y se fueron?
El puloil que lavaba platos y copas, los candelabros que realmente no adornaban nada, los gobelinos con escenas de la Francia pre y post revolucionaria, las tarjetas postales que ahora llegan gratis por Internet, los conventillos convertidos ahora en villas miseria, las pesadas cocinas de hierro fundido, la estufa de carbón, el farol sol de noche, los discos de pasta 78 mm, las veletas, el tranvía y su salvavidas, el inhalador, las radios, el smocking de los mozos (saloneros), el mostrador de estaño, las ferias barriales, el papel secante, la pluma cucharita, el vaso de leche, el gofio, el azul de la ropa, la heladera de hielo, las púas Laubschr para discos de pasta, el ama de leche, los biógrafos, el Tropezón…
Iba a referirme al Flit, matamosquitos famoso en todo Latinoamérica reemplazado por otros, pero debo reconocer que en Venezuela aún se echa Flit…
Hoy todo lo que se publica es aceptado a ciegas por un nuevo estrato de intelectualoides que consideran que el auténtico cambio consiste en modificar los vocablos y disfrazar mucho de lo viejo por neologismos, anglicismos o barbarismos. Drucker decía en 1962 que el marketing se había puesto de moda y que estaban cambiando los nombres de los gerentes y agregaba: “en consecuencia, a un enterrador se lo ha pasado a denominar sepulturero con lo cual lo único que ocurrió es que aumentaron los costos del entierro”.
Lo mismo se hizo cuando por cuarenta años se quiso instituir el término balompié en reemplazo del popular foot-ball, algo que la afición rechazó invariablemente y si se hubiera aceptado, las cosas no hubieran mejorado para el deporte, que hoy es fútbol, futból o simplemente fóbal.
Y ya que hablamos de fútbol, cuenta el flaco Menotti que en una oportunidad estaba en compañía del maestro Adolfo Pedernera y el músico Virgilio Expósito y le preguntó a Don Adolfo si sería posible que en el fútbol actual hubiera podido jugar el genial Charro Moreno, a lo que Pedernera contestó: “Todo lo que veo ya lo ví y lo que veía antes ya no lo veo más. Lo que alguna vez soñé que cambiaría, ya no lo sueño más. Se juega bien o se juega mal. Si jugás bien, todo es posible, no así si jugás mal.”
Mirando al sur
Nací en un barrio donde el lujo fue un albur,
por eso tengo el corazón mirando al sur.
Mi viejo fue una abeja en la colmena,
Las manos limpias, el alma buena…
Y en esa infancia, la templanza me forjó,
después la vida mil caminos me tendió,
y supe del magnate y el tahúr,
por eso tengo el corazón mirando al sur.
Mi barrio fue una planta de jazmín,
la sombra de mi vieja en el jardín,
la dulce fiesta deas cosas más sencillas
y la paz en la gramilla de cara al sol.
Mi barrio fue mi gente que no está,
las cosas que ya nunca volverán,
si desde el día en que me fui
con la emoción y con la cruz
¡yo sé que tengo el corazón mirando al sur!