MUJERES
Artículo extraído de nacion.com en la sección VIVA, del día lunes 7 de julio del 2008
CERTAMEN DEL TEATRO NACIONAL
Claudia Barrionuevo ganó el Concurso de Dramaturgia Inédita
- En escena: La obra Atrapados en un febrero bisiesto será estrenada el próximo mes de octubre en el Teatro Vargas Calvo
La obra Atrapados en un febrero bisiesto de Claudia Barrionuevo arrasó en la última edición del Concurso de Dramaturgia Inédita, que organiza el Teatro Nacional.
Después de analizar 15 obras, la creación de la directora, guionista y dramaturga fue elegida de forma unánime por el jurado. Este año, la selección del ganador estuvo a cargo de María Lourdes Cortés (especialista en cine y literatura), José Pablo Umaña, (actor y director) e Ingo Niehaus (cineasta).
E n su fallo los jueces determinaron que la obra, presentada por la autora bajo el seudónimo de Sombra , es “una pieza bien construida, con caracteres definidos, buen diálogo y una situación de actualidad universal. (La obra) Atrapa la atención del espectador y los acontecimientos que se van desarrollando uno tras otro”.
En su decisión, el jurado indicó: “se nota que el autor conoce el oficio de dramaturgo”.
“Además de cumplir con las bases del concurso, para mí lo más importante era que la obra fuera accesible al público”, comentó María Lourdes Cortés.
La especialista agregó: “Me parece que es un trabajo muy interesante porque trata de cuatro personajes diferentes con una situación en común. Es una puesta en escena que puede llamar la atención de todo público”.
José Pablo Umaña dijo que a diferencia de sus competidores, Atrapados en un febrero bisiesto , posee muchas fortalezas: “En otras propuestas se presenta una mala concepción de los personajes, desde el punto de vista dramático; una falta de conflicto interno y externo y la estructura que escogieron algunos no permite entender la obra”.
- Positivo. Luego de abrir el sobre que revelaba el nombre del autor, el jurado se mostró satisfecho.
“Me sorprendió agradablemente. Sé que ella tiene varios años de estar presente en la dramaturgia costarricense, me alegro mucho, evidentemente se le nota el oficio”, aseguró Ingo Niehaus.
En tanto, María Lourdes Cortés mostró una gran alegría: “Ella maneja un humor muy fino, pienso que esta será una forma de acercar al público a un teatro de calidad donde se puede entretener”.
José Pablo Umaña indicó: “Me encanta Claudia. Durante muchos años ha estado vinculada al medio teatral del país. En lo personal me parece muy apropiado”.
Ahora que se sabe que la obra de Barrionuevo es la ganadora, la directora comenzará los ensayos de su espectáculo en un mes.
Atrapados en un febrero bisiesto empezará su temporada en el mes de octubre y se presentará en el Teatro Vargas Calvo
Minientrevista: “Estoy contenta por lo que viene”
Por Yendry Miranda
Claudia Barrionuevo - Dramaturga
¿Qué opinión le merece este reconocimiento?
Estoy muy contenta, sobre todo por lo que significa el premio porque a mí lo que más me gusta hacer es dirigir y en este caso el concurso de dramaturgia consiste en que le dan a uno la posibilidad de montar en la Vargas Calvo, que es además mi sala de teatro favorita. Estoy muy contenta por todo lo que viene.
¿De qué tratará su obra?
Se llama Atrapados en un febrero bisiesto y muestra la vida de cuatro personajes que están atrapados de diferente manera. Creo que todos en algún momento de la vida nos sentimos atrapados por las circunstancias.
“Los personajes son tres mujeres y un hombre que están atrapados por diferentes situaciones en su vida y encima están atrapados en el apartamento de uno de ellos. Este encuentro permite que se dé una reflexión”.
El fallo del jurado destaca su experiencia dentro de la dramaturgia ¿qué piensa de esto?
Creo que a estas alturas de mi oficio puedo estar de acuerdo con el jurado. Pienso que conozco este oficio, porque lo aprendí de la mejor manera: primero siendo directora, que fue mi primera ocupación. Así cuando comencé a escribir ya tenía conocimiento del desempeño escénico. “Cuando escribo lo hago para ponerlo en escena, porque tengo muy claro el diseño del espacio y las posibilidades de desarrollo de cada uno de los personajes”.
¿Cómo observa el panorama de la dramaturgia en el país?
En este momento muy bueno. Hasta hace poco se hablaba de una crisis en el teatro y, últimamente, he tendido la oportunidad de ver espectáculos de muy alta calidad. Me parece que estamos en un buen momento de la creación teatral y me gusta formar parte de ese movimiento ahora.
¿Considera que sea posible que surjan nuevas generaciones de dramaturgos en Costa Rica?
Estoy absolutamente segura. Si por muchos años existieron los tres grandes dramaturgos (Alberto Cañas, Samuel Rovinski y Daniel Gallegos), desde hace 20 años hay un montón de gente que ha escrito cosas que son importantes y que han abierto camino y seguramente vamos a tener todavía más escritores. Pienso que hay mucha gente haciendo cosas interesantes en dramaturgia actualmente.
ARTICULOS:
El mejor premio
Claudia Barrionuevo
Soy articulista del periódico LA REPUBLICA desde 2004, cuando Kaki Herrera —que lamentablemente ya no está entre nosotros— me invitó a ser colaboradora. He ido aprendiendo este oficio, escribiendo y leyendo y he llegado a escribir 187 columnas de opinión. Me gusta. Es un reto semanal que me permite hacer catarsis.
Soy guionista de televisión desde 1999. No llevo la cuenta de cuántos guiones he escrito. He aprendido el oficio, escribiendo y escuchando las críticas del equipo de producción. Una vez al mes —a veces más seguido— debo escribir un guion para la serie “La Pensión”.
Pero primero y antes que nada quiero ser dramaturga. Para este oficio que he aprendido leyendo, escribiendo y escuchando críticas no hay jefe de redacción reclamando el artículo el viernes, no existe productora que exija guion el martes, no hay disciplina más que la propia. Nadie me exige que escriba, nadie me paga para que lo haga, nadie me da un espacio para que presente el resultado.
“Escribir es un ocio muy trabajoso”, escribió Goethe. Y tenía razón.
Hace un mes y medio terminé de escribir mi último texto teatral: “Atrapados en un febrero bisiesto”. Cuatro personajes —Angel de 30 años, Lola de 16, Soledad de 48 y Prudencia de 67— por sus circunstancias personales se ven atrapados en el apartamento de Soledad durante un febrero bisiesto. Durante la obra —que consta de 11 escenas— los espectadores se enterarán de las razones que han obligado a estos personajes a convivir durante un mes en un pequeño apartamento urbano.
Viciosa más que asidua a los juegos matemáticos (soy una experta en kakuros, sudokus, Master Mind y Spider) me divertí jugando con la posibilidad de combinaciones entre cuatro elementos y así estructuré el texto teatral.
“Atrapados en un febrero bisiesto” ganó el Concurso de dramaturgia inédita para teatro de cámara del Teatro Nacional.
Hace cuatro años, en mi décimo artículo para este periódico, decía que uno no debe alegrarse mucho cuando obtiene un premio, ni lamentarse demasiado cuando no se lo dan. Sigo pensando que no hay premios: hay jurados. Jurados a los que les puede gustar o no lo que uno hace.
Hoy puedo disfrutar este reconocimiento por varias razones. Primero porque el texto se defendió con el seudónimo de Sombra —mi gata favorita— sin que se supiera que el texto era mío. Segundo porque respeto al jurado que me lo concedió. Y tercero —y más importante que cualquier otra consideración— el premio consiste en montar mi obra en mi sala favorita —la Vargas Calvo—. Su ubicación geográfica, sus dimensiones y el equipo de trabajo que la conforman son ideales para mi estilo de escritura y dirección.
Dirigir un texto teatral que escribí con ese preciso objetivo le da oxígeno a mi vida y me permite —nuevamente— comunicarme con un montón de gente que sé que se sentirá identificada con una sensación muy humana: la de sentirse atrapado por las circunstancias de la vida.
claudia@chirripo.or.cr
La nueva familia
Claudia Barrionuevo
Cuatro de la tarde de un jueves. Ya tengo el tema para mi columna del lunes. Estoy enferma y me cuesta concentrarme. Suena el teléfono. Contesto. Escucho el típico nacional “¿con quién hablo?” —que no deja de molestarme— y respondo —como siempre— “¿con quién quiere hablar?”. Una mujer del otro lado de la línea me dice “con mi hermana”. Me hace gracia y le aseguro que no soy su hermana. Quien llama se ríe y se disculpa. Cuelgo. Pienso “¿cómo puedo asegurarle que no soy su hermana?”. Recuerdo una obra de teatro que escribí sobre ese tema: las paternidades desconocidas. Y vuelvo a pensar en el artículo de hoy: la familia.
Cuando mi hermana era pequeña tenía unos muñecos muy simpáticos de Mattel que se llamaban “Happy family”, familia feliz. Eran unos personajes más bien hippies en su aspecto que representaban el núcleo familiar tradicional: mamá, papá, hija, hijo, abuelos, perro, gato. Idílico, sin lugar a dudas, pero ya alejándose de la realidad rápidamente a partir de la infancia de mi hermana.
Si yo terminé la secundaria con todos los padres de mis compañeros —incluidos los míos— casados en primeras nupcias, mi hermana empezó la primaria de la misma manera y —aunque en su tercer grado sus padres (los nuestros) ya estaban divorciados— al graduarse ya eran varias las parejas separadas. ¿Un trauma? Relativo.
Hoy mis hijas comparten con sus compañeros todo tipo de familias: madres solteras o solas, parejas casadas en segundas nupcias (con otros hijos), padres divorciados y hasta —curiosamente— familias tradicionales de padre y madre.
La familia como núcleo no ha desaparecido pero —evidentemente— se ha modificado.
En Costa Rica, según cifras recientes, más de la mitad de los niños que nacen son de madres solteras y los divorcios por año casi llegan a la mitad de los matrimonios inscritos. Ante esta realidad estadística, es evidente que la familia tradicional si bien no ha desaparecido le ha abierto paso a la no tradicional.
Es muy importante aclarar que la no tradicionalidad de las familias no implica que sean disfuncionales. Muchas veces el nuevo núcleo familiar permite una armonía que en la anterior se había perdido.
Es maravilloso darse cuenta cómo los jóvenes ven con naturalidad conceptos familiares como el novio o esposo de mamá, la novia o esposa de papá y los nuevos hermanos ya sean consanguíneos, medio consanguíneos o nada.
En cambio para los adultos que en nuestra infancia vivimos un esquema más tradicional de familia, a veces no nos resulta tan sencillo manejar cada una de estas relaciones.
Los cuentos de hadas siempre tuvieron un personaje constante: las madrastras. Los padrastros fueron menos maltratados por la literatura infantil.
Ese fantasma creado por los hermanos Grimm nos persigue cuando buscamos la manera de ejercer una relación con los hijos de nuestros cónyuges. Es todo un reto. Y una obligación que asumimos desde el momento en que establecemos una nueva pareja.
Si nadie nos educó para ser padres, mucho menos para ser los esposos del padre o la madre. Se requiere mucha sensibilidad, bastante psicología, un montón de cariño y algo de inteligencia. No es imposible. Es indispensable hacerlo bien.
claudia@chirripo.or.cr
¿Predestinados?
Claudia Barrionuevo
Doña Juana es una señora nicaragüense que trabaja en mi casa desde hace muchos años. Con grandes dificultades trajo a sus dos hijos menores a este país esperando que tuvieran una vida mejor que la que ella tuvo. Lo logró en gran medida. La mayor, una jovencita que ahora cuenta con 18 años, terminó la primaria. Ella, en cambio ni siquiera aprendió a leer.
Hace un mes esta noble señora me contó que su cumiche había abandonado el tercer año de secundaria y estaba embarazada. De nada valieron los consejos que le dio ni el esfuerzo que invirtió.
Cuando les conté la situación a mis hijas se pusieron muy tristes. Para mí era la crónica de un destino anunciado. No sé si hice lo suficiente para evitarlo.
Traté de aliviar la pena de mis pequeñas argumentando que eso iba a pasar tarde o temprano, que de alguna manera la chica estaba predestinada. Ellas se negaron a aceptar mi argumento. Tienen razón. Son jóvenes. No deben creer que el destino esté escrito. El escepticismo las desluciría. A mí no. Ya he visto bastante. Pero no todo.
Posiblemente mis hijas hayan pensado en su amigo Diego. Yo también lo hago ahora.
Diego es un chico de 17 años, excepcionalmente dulce, responsable y lindo que llegó un día a la casa de una pareja de amigos como ayudante de su padrastro, un obrero de la construcción.
Mis amigos, Héctor y Marisol, lo “descubrieron”. Sí, como un agente de modelos descubre a una estrella, pero no por la forma en que lucía por fuera sino por la forma en que resplandecía por dentro.
Se dieron cuenta de que tenía inteligencia, capacidad de estudio, buena alma, y decidieron adoptarlo. No legalmente, pues Diego tiene a su mamá, pero lo instalaron en su casa como a un hijo más y se propusieron darle estudios, hasta el noveno año, en el colegio privado donde asisten sus hijos y las mías.
Con gran dedicación —como si no tuviera otra cosa que hacer siendo profesora universitaria e investigadora— Marisol pasó horas con Diego para que este alcanzara el nivel académico que el nuevo centro de estudios le exigía.
Diego no la defraudó: llegó a ser el presidente del colegio y en él instaló un mariposario como un legado al lugar que lo acogió.
Cuando Diego regresó a su pueblo las circunstancias económicas de su familia lo estaban obligando a dejar sus estudios.
Nuevamente Héctor y Marisol encontraron una oportunidad para el chico: Diego ganó —gracias a su propio esfuerzo y a la ayuda de esta pareja— una beca para ir a estudiar al Colegio Internacional en Montreal.
¿Estaba Diego predestinado? Tal vez sí. Solo necesitaba que alguien lo viera y apostara por él.
Héctor y Marisol organizaron una cena con el fin de recolectar fondos para el pasaje de Diego y allí nos encontramos varios amigos que habíamos seguido de cerca —y emocionados— el desarrollo del muchacho.
Lindy, otra amiga, católica, presente esa noche, me dijo que Héctor y Marisol —ateos confesos— eran realmente cristianos, pues habían realizado un acto de solidaridad, comprensión y estímulo y con él habían logrado que el destino (tal vez escrito) de Diego cambiara.
De parte de Marisol y Héctor fue una buena elección. Para mí, una excelente lección.
claudia@chirripo.or.cr
Un día en la vida
Claudia Barrionuevo
Después de meses de no vernos, Inés y yo nos encontramos la noche del viernes. Apenas llegó me contó su día.
Sus hijos adolescentes la habían despertado con la noticia de que no había agua caliente: se había olvidado de encender el breaker del tanque la noche anterior. Apenas le pagaran compraría un timer, pero por ahora —considerando que el aumento en el pago de la electricidad iba a ser considerable– había que ingeniárselas para disminuir el gasto.
El día estaba nublado y gris, no daban ganas de hacer nada. Aunque todavía era abril, el cambio climático nos castigaba con un invierno prematuro.
Inés ya estaba condicionada: apenas se montaba al carro ponía la cartera en el suelo, debajo de su asiento. Tenía pánico de que le rompieran el vidrio como a tantas mujeres. Y aunque el estado de sus carteras ya era desastroso de tanto rodar por el piso, no olvidaba tomar esa precaución entre muchas otras.
Afortunadamente su lugar de trabajo estaba muy cerca de su casa y entraba relativamente tarde, de manera que no tenía que lidiar con las presas. Claro, considerando que hacía dos meses se le había vencido Riteve y aún no tenía la plata para meter el carro en el taller, lo mejor era tomar el camino largo para evitar a algún oficial de tránsito.
Su trabajo no le fascinaba pero le pagaban relativamente bien. Aunque igual que a su mediocre y pretenciosa compañera de oficina a la que tenía que soportar día tras día; sus estúpidos comentarios ya le resultaban tan aburridos que ni siquiera me los quiso repetir. Pero bueno, se alegraba de tener un salario que le permitiera sobrevivir.
Siempre le había gustado almorzar sola, leyendo los periódicos del día, pero había ido perdiendo esa costumbre. Trataba de evitar enterarse de cualquier suceso sangriento; no fuera a ser que esa percepción —aparentemente falsa— de inseguridad aumentara en ella y le provocara un ataque de pánico incontrolable. Por otra parte, conocer los manejos de las finanzas de la iglesia, para ella educada en el catolicismo, era tan indignante que mejor leía esas noticias por encimita para prevenir que le cayera mal la comida.
Las tardes siempre estaban aderezadas con dos o tres llamadas de sus hijos. Posiblemente por falta de carácter —o porque la maternidad también es eso— Inés se había convertido en la servidumbre de ellos: cocinera, empleada, chofer, mandadero, etcétera.
Ese día no iba a ser la excepción y le tocaba lo que más la irritaba: manejar un viernes a las 6 p.m. de Este a Oeste y luego de Norte a Sur. Y llovía. Y el carro se calentaba. Y las escobillas no funcionaban bien. Y los vidrios se empañaban.
Al llegar a su casa (hogar, dulce hogar) de regreso del largo día se encontró con la sorpresa de que su hija había invitado a dos amigas. La noche no pintaba tranquila.
Justo en ese momento llamé y la invité a salir. Para eso están las amigas, para salvarnos. Pasé por ella y escuché el relato de su día. Cotidiano, común, normal. Como el de muchas. Un día en la vida.
claudia@chirripo.or.cr
Nada hemos cambiado
Claudia Barrionuevo
Más cercanos a los 50 que a los 40, a mis ex compañeros de colegio les ha dado por reencontrarse cada vez más seguido. Poco afecta a la nostalgia, no he asistido a casi ninguna de las reuniones que han tenido.
Sin embargo hace un par de semanas la llegada de Eric —un ex compañero francés a quien no veíamos desde hace más de 30 años— provocó un par de nuevas reuniones y esta vez no solo asistí sino que promocioné una de ellas.
Descubrí así cuál era el encanto de esos reencuentros.
Teníamos le edad de mi hija Manuela la última vez que habíamos estado con Eric. Teníamos 15 años como reza el estribillo de “Paraules d'amor” de Joan Manuel Serrat.
Viendo a mi hija, observando a mis ex compañeros y analizándome a mí misma comprendí que nunca fuimos tan nosotros mismos como en ese momento, en la adolescencia. La mayoría de nosotros éramos absolutamente libres de los golpes que la vida te empieza a dar apenas comenzás a caminar por la adultez. En el mejor de los casos esos golpes disminuyen tu arrogancia. En el peor alteran tu personalidad. En la mayoría de ellos te dan sabiduría y comprensión sin modificarte.
Las personalidades de cada uno de nosotros —que se dibujaban con trazo grueso y se construían con bases firmes— se consolidaron. Seguimos siendo el simpático, la formal, el reflexivo, la atormentada, el serio, la atrevida, el sensible, la ingenua, el loquillo, la conservadora, solo que con 30 años más y —por lo tanto— bastante camino recorrido.
Al contrario de la canción de Presuntos implicados “¡Cómo hemos cambiado!”, ninguno de nosotros había cambiado mucho. Claro que las arrugas, las canas y el aumento de peso provocaron una modificación física en todos. Pero las miradas y las sonrisas estaban intactas y tenían la edad de aquel entonces, apenas 15 años.
Como si por ellos —los ojos y los labios— no hubiese pasado el tiempo. Como si después de matrimonios, divorcios, estudios, hijos, ilusiones y desilusiones, pudiéramos conservar nuestra verdadera esencia.
Aunque nos conocíamos bien —porque a esa edad todos somos transparentes— poco y nada podíamos pronosticar de nuestros futuros. Hoy, al vernos después de tantos años, muchas de nuestras realidades actuales podían resultar previsibles en aquel momento. Otras no. En todo caso, no teníamos la sabiduría que dan los años para hacer predicciones.
Lo más importante que aprendí al reencontrarme con mis ex compañeros de colegio es que en los ojos de aquellos que te conocieron cuando eras tan joven tu verdadero yo está intacto. Y si luego de vernos en las miradas de los otros descubrimos que seguimos siendo los mismos y que no hemos traicionado a esa o ese pequeño adolescente soñador, beligerante, auténtico, podemos irnos en paz
No estoy hablando de nada que no les haya pasado a todos ustedes: la experiencia mágica —o a veces triste— de encontrarse con alguno de los muchos pasados que vamos acumulando en el transcurso de nuestra vida.
claudia@chirripo.or.cr
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