
Debutando como Veterano en el Futbol
Por: Polo Barrionuevo
A mediados del año pasado, recibí la invitación de participar en un torneo de futbol de ex – alumnos del Saint Francis, colegio en el que estudié, reforzando al equipo de la generación graduada en 1980. Yo soy de la generación del 83, pero eso era de poca importancia para ellos y para mí. Yo por fiebre y ellos porque les faltaban jugadores y recurrieron a las generaciones vecinas. Luego de dos partidos catastróficos (1-13 y 0-7) decidieron ser menos restrictivos en cuanto al año en que se graduaban los miembros del equipo.
El campeonato se hizo en el 2007 entre diez equipos. Este año se integraron dieciséis cuadros y jugamos todos contra todos, durante quince semanas. Tomen en cuenta que no hay restricción de edad, por lo que nuestro equipo se enfrenta a la generación del 2007, 2006, 2005, etc. En algunos equipos hay jugadores cuyas madres eran ex – compañeras de elementos de nuestro cuadro.
Ante la edad de los rivales, debo decir que me he estrenado como veterano.
Los que les sorprende a todos, es que nosotros seguimos llegando a pesar de los sufrimientos y ciertamente...de los marcadores.
Como el nombre lo indica la base de este equipo es la generación 80. Hay dos que somos del 83, alguno del 81 y otros del 79, 77 y hasta gente del 73. Aunque a los otros equipos les causa admiración nuestro espíritu, no somos más que un grupo de gente que se juntó para un campeonato, muchos sin haber jugado en años y casi todos en realidad, a gran distancia de estar en forma para ello, independientemente de la edad que tengamos.
Yo me imagino que la admiración hacia nosotros de los muchachos que compiten en otros cuadros, nace por el hecho de que un equipo de “rocos” (en comparación a muchos del campeonato) persista en asistir a los partidos a pesar de no haber estado cerca de ganar ninguno, de recibir como seis goles por partido e incluso, de ser visto con complacencia por algunos árbitros que consideraron como es lógico, que no tenemos mucha oportunidad en el torneo.
Eso que les sorprende, a los miembros del equipo también nos ha sorprendido. Y es que si lo vemos objetivamente, luego de haber jugado el torneo anterior, tras nueve fechas, nueve derrotas y sesenta y seis goles en contra, pareciera un asunto de masoquismo el seguir asistiendo. Este torneo empieza parecido (0 – 7, 0 – 8 y 2 – 6 y ya veremos el lunes) pero entonces es que uno se pregunta; ¿por qué alguien a esta altura de la vida, destina un día de la semana para esto?
Debo aclarar eso sí, que el año pasado el panorama era un poco más desolador. No sólo costaba juntar la gente para la convocatoria, sino que el esfuerzo para culminar cada encuentro me parecía un poco mayor. “Estos salieron veinte años después que nosotros”. “Los de hoy estaban en segundo grado cuando nos graduamos.” “Le pregunte a un chavalo por la edad y me dijo que diecinueve…” La sensación era domingo a domingo verse vapuleado desde el principio por la generación del rival; 2002, 1999, 2004, etc. Todos los partidos eran un manual de lesiones diversas; la ingle, el muslo, la costilla, etc. “Hay que calentar bien”, “yo me tomo una Celebra y se me quita”, “prestame el Cofal” y otras eran las expresiones comunes del camerino. Algunos se bañaban en el dichoso ungüento como si vinieran de trepar el palo encebado, otros pedían cambio a los quince minutos víctimas de algún músculo oculto y así. Estas escenas se dan un poco menos este año, pero siguen siendo parte de los vestidores. Tal vez nos acostumbramos pero en todo caso, si lo vemos sin emoción uno se preguntaría; ¿para qué diablos venimos aquí?
El hecho es que desde el año pasado y con más fuerza este año, todos parecemos tener claro que no tanto tenemos que llegar, sino que queremos llegar a los partidos. Esto cada vez con más intensidad, como si en el equipo a pesar de las estadísticas, pensáramos cada semana que ya encontramos la clave para cambiar los números. Y ese gran misterio, es el que intento en alguna forma explicármelo y explicárselo a ustedes. Cuando lo pienso encuentro tres cosas que creo que causan ese efecto, más allá del fútbol, de matar fiebre o tratar de sentirse como jovencito.
Lo primero creo que es el encontrarse en un grupo social, donde en forma repentina y sin mayor referencia, uno resulta bienvenido y hasta en ciertos momentos “necesario”. Esa es la experiencia de varios, quienes luego de mucho tiempo de no tener relación con la mayoría del grupo, encontramos una historia en común creada de la nada y generamos afectos a partir simplemente de la pertenencia a un cuadro estadísticamente perdedor. Es entonces cuando se generan anécdotas, estrategias y “terceros tiempos” en “Reencuentos” (un bar en La Florida de Tibás cerca del Estadio Sanjuaneño, escenario de nuestras proezas), que se convierten en rituales que uno agrega a su rutina. Y realmente cuando uno se ha ido haciendo de hábitos fijos, de amistades estables y con una vida social menos intensa, encontrarse en un grupo de amigos nuevo es algo bienvenido no sólo por el grupo en sí, sino por la buena vibra que se ha generado entre nosotros.
Un segundo punto es algo más misterioso y tiene que ver con un fragmento del tiempo, que encontramos capturado en nosotros. Algo claro de esto sería en la mesa de tragos, entre anécdotas y bromas, en las que en un breve instante uno se encuentra con aquel, que era uno mismo pero que creía ya no ser.
Pero esto también aparece en la cancha. Luego de alguna jugada, uno se topa con la mirada de quien la hizo, marcada por un destello de haber visto en sí mismo algo que no recordaba que estuviera ahí. Esa captura del tiempo por ejemplo, la vi en la cara de un compañero que luego de vencer su pánico escénico y no aparecer en algunos partidos, en uno hizo un par de gambetas generó un pase y probablemente se sintió brevemente en otro espacio y tiempo, encontrando eso que creía ausente. Me encontré lo mismo en varias jugadas en que como último hombre corrí a cubrir a mi arquero, a quien había escuchado quejarse antes del partido de un dolor en sus costillas, para verlo de pronto levantarse con el balón a toda velocidad y con la mirada instantáneamente poseída por ese algo, que mezcla el tiempo y la sorpresa de encontrarlo en su interior.
Igual ese momento, como foto del pasado, se lo encuentra en las cosas más simples. Gente que se amarra los tacos en el vestidor, al que escucha las tácticas, quien oye la alineación con cierta intriga o incluso enseñándole los tacos en la revisión al arbitro, a quien por cierto le importa bien poco el calzado y que debe ser una reminiscencia de los zapatos con base de cuero y clavos, que todavía te encontrabas y sentías en la espinilla, a principios de los ochentas.
Lo tercero que causa ese curioso apego al equipo, creo que tiene que ver con las páginas que cada uno cree haber escrito en su vida. No es un misterio que en este equipo usted se encuentra con un grupo de gente, unos con sus matrimonios, otros con sus divorcios, con su hijos, su trabajo, sus éxitos y sus fracasos. Aún cuando según cierto punto de vista, podríamos considerarnos jóvenes y con mucho de nuestra vida aún por escribir y hasta cambiar, cada uno ya tiene varias páginas escritas hasta ahora. Pues repentinamente ante la gente que ve poco a menudo y que de pronto se encuentra compartiendo algo cercano, uno se siente como una hoja en blanco o al menos, con poco escrito. La realidad que te acompaña siempre se convierte en secundaria, porque en torno al torneo de la Liga de exalumnos y a la dinámica del grupo, la utilería emocional que te rodea no es de interés, como si te brincaras varios capítulos para buscar lo que te interesa.
Es lo curioso y también lo lindo que tienen deportes como el fútbol en grupos y partidos como estos. Tu historial, la marca de los zapatos y lo que hiciste o deshiciste en tu casa y el trabajo, quedan momentáneamente suspendidos y en la cancha se aliviana uno como un papel menos escrito. En ese instante en que el árbitro pita el inicio, se acelera un poco la respiración y parece que la estadística, la tabla de posiciones y lo que has escuchado del otro equipo, se borra y el partido se ve como una hoja en blanco en donde se puede escribir cualquier cosa. A veces incluso, durante el partido ante una jugada, se siente momentáneamente que todo puede cambiar y que no importando el marcador, mágicamente en un movimiento, lo podés reinventar. Es así como te sentís como una página si no vacía, casi y a noventa minutos de distancia, te creés reflejado no en la tinta de lo escrito, sino en la fibra del papel mismo.