TALLER DE VIDA
LA IRA Y LA ENFERMEDAD
Emilio Mira y López, escritor y filósofo español, hace un tiempo llamaba a la Ira: ‘el Gigante Rojo’ y ubicaba a este ‘agente’ como uno de los cuatro gigantes del alma. Los otros son:
el Miedo, el Amor y el Deber.
Sigmund Freud manifestó siempre que en el ser humano existen dos Pulsiones (o Instintos):
la Pulsión de Vida y la Pulsión de Muerte
La Pulsión de Muerte es la causante de que exista este Gigante Rojo que es la Ira pero como es una de estas dos Pulsiones Vitales, no podemos desprendernos de ella; viene con nosotros oal mundo: el bebé cuando lanza su primer grito o cuando llora de hambre o de dolor, ya la muestra.
La Ira y el Odio tienen la misma significación. No hay diferencias: el Odio es la Ira y la Ira es el Odio. Uno representa algo exterior, más visible: la Ira, y el otro lo que está en el interior del ser humano: el Odio. Pero ambos dicen lo mismo.
Una frase latina expresa: “nisi orbe sine irae” (no hay mundo sin ira).
Ahora nos encontramos con algo de lo que no podemos eludir ni salir, porque forma parte de nuestro común equipaje en el tránsito por esta vida.
De este Gigante Rojo (Ira-Odio), se desprenden como una escalera imaginaria, de menor a mayor los siguientes estados: en el primer escalón el Disgusto, en el otro el Encono o el Enojo, luego el Rencor y la Rabia, después la Agresividad, y ya en otro escalón la Cólera y por fin en el último, la Furia.
En uno de estos escalones, no sabemos bien por qué, comienza a crecer este Gigante Rojo y entonces el ser humano comienza a perder el control de sus Instintos (mejor llamarlo Pulsiones).
Y aquí surgen dos vías o problemas importantes:
Un primer problema ocurre cuando en uno de esos escalones comienza a perderse el control y así de las palabras vamos pasando a los hechos y entonces es allí, justo allí que se inicia un tiempo de descontrol de nuestras acciones. Esta situación nos recuerda el titulo de una antigua película: “Donde mueren las palabras”. Porque donde mueren las palabras ya no podemos controlar lo que decimos, lo que expresamos. Fuera de las palabras, cuando ellas mueren, nos invaden los hechos. Sin palabras.
Siempre debemos evitar este paso. No debemos cruzar jamás esta línea. Mientras podamos hablar de lo que nos pasa, ya de nuestro disgusto, ya de nuestro enojo o de nuestra rabia, todo va bien, porque estamos concientes y así controlamos lo que decimos.
El Odio y la Ira son como un caballo y nosotros, nuestro yo, los que llevamos las riendas y lo dirigimos. Si dirigimos a ese caballo, todo está bien porque sabemos adonde lo llevamos. Pero si el caballo se ‘desboca’y se torna ingobernable, no somos ya dueños de él y él nos lleva no sabemos dónde.
Por eso no debemos nunca perder las riendas de este brioso y en ocasiones salvaje caballo, que transporta el Odio y la Ira (el Gigante Rojo) en su interior.
No debemos dejar de hablar de lo que nos disgusta y hace mal. Tenemos que saber y poder expresarlo.
Finalmente, un segundo problema ocurre cuando a este Gigante Rojo lo dejamos crecer o no podemos ‘modelarlo’ o dominarlo y entramos entonces en el escalón de la Agresividad, pero sin poder expresarla; sin exteriorizarla. Suele ser común entonces que esta Agresión se vuelva hacia uno mismo, hacia nuestro interior, como un verdadero Agente productor de Enfermedades.
De Enfermedades en la piel, en el cuerpo y también en nuestros órganos. Al menos en algún órgano.
Porque esta Agresividad con su fuerte carga de energía, hará centro en algún blanco: en ciertas células y tejidos y de allí afectará algún órgano. Los órganos (riñón, hígado, tiroides, pulmones, corazón, etc.) están compuestos por células y estas células forman tejidos y los tejidos órganos. Así surge la Enfermedad. No hay mucho misterio en esto.
Ocurre que entonces comenzamos a tratar a este órgano: piel, estómago, hígado, etc., cuando en realidad deberíamos tratar a la Agresividad que la origina. A ese Gigante que siempre está al acecho para darnos un susto o una preocupación.
Pero ¿cómo podemos controlar más y mejor a este Gigante Rojo que nos acompaña en el camino de la vida?
La respuesta nos lleva nuevamente hasta el Centauro, ¿recuerdan? ese animal mitológico que tenía su poder invencible en sus patas.
Debemos reforzar las patas de nuestro centauro, sobre todo aquellas que nos encuentra afianzados en nuestras relaciones: en nuestro hogar y en nuestras amistades.
Porque esta es la pata donde el desarrollo y crecimiento de los afectos, de lo afectivo, nos dará el poder para atenuar la Ira, para aplacar la Rabia y la Agresividad.
Cuando alguno de nosotros pasamos la mirada hacia nuestro ayer y hacia la infancia de algún conocido o de algún amigo o amiga y vemos que fueron y fuimos tratados con afecto, cariño y comprensión, podemos recién entonces comprender cómo se generan y producen las ‘armas’ para enfrentar y apagar el fuego de este Gigante Rojo.
Nada más. Cuidemos de tener con poco fuego a este Gigante. No anulado. Controlado.
Ahora para terminar les dejo una poesía y una frase. Hasta la próxima
“Una mujer me ha envenenado el alma,/otra mujer me ha envenenado el cuerpo;/ninguna de las dos vino a buscarme,/yo de ninguna de las dos me quejo./Como el mundo es redondo, el mundo rueda./Si mañana, rodando este veneno/envenena a su vez, ¿por qué acusarme?/¿Puedo dar más de lo que a mi me dieron?”
(Gustavo Adolfo Bécquer)
“Estaba enojado con mi amigo, le hablé de mi ira y la ira se disipó. Estaba furioso con mi enemigo, no hablé de ello y mi ira creció” (William Blake)
Arturo Eduardo Agüero
Médico Psiquiatra
Regresar