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 Tanguistoria Minimize

TANGUISTORIA


LAS CASAS – LA BARRA NOCHERA
– HANSEN – LA BOCA

 
Palermo, Cinco Esquinas, la Ensenada
La Boca, Tierra del Fuego, Mataderos,
La Batería, Barracas, La Tablada…
Barrios bravos de “machazos entreveros”.

Después… Hansen, el Kiosquito y el Tambito
Donde volaban los vasos y las sillas
Y los guapos de lengue (1) y chamberguito
Se trenzaban con los guapos cajetitallas (2).
Mis humildes versos, Luis Teisseire.
(1) Legue:   Pañuelo anudado al cuello.
(2) Cajetilla: Fino, elegante.

 
Calle General Paz, a fines de siglo XIX, lugar donde abundaban los cafés y cabarets donde prosperó el tango

Las casas de tango
Los bailarines dieron la tónica del ritmo. Los músicos crearon sobre la danza y nacieron las “casas” de baile: María La Vasca, La Parda Refucilo, María La Tero, Pepa La Chata, Lola La Petisa, La Parda Adelina, La Gringa Adela, La Vieja Eustaquia, La China Rosa, La Mondonguito, Mamita y muy en especial Lo de Laura, recordado por Angel Vargas con D`Agostino en una milonga de Enrique Cadícamo y Polito, sin dejar de evocar Tiempos viejos, que en la voz de Gardel registraba:

Te acordás, las mujeres aquellas
Minas fieles de gran corazón,
Que en los bailes de Laura peleaban
Cada cual defendiendo su amor.

Florecían las “casas ” de baile, un eufemismo para designar los prostíbulos distinguidos   -preámbulo del cabaret- y en ellos actuaban los primeros pianistas: en los de Mamita regenteado por Concepciñon Amaya, actuaba José Luis Roncallo (El Pibe); en lo de la Parda Adelina, Alfredo Bevilacqua; en lo de la China Rosa, Harold Philips; en lo de la Gringa Adela, Samuel Castriota y Rosendo Mendizábal en lo de María La Vasca.
Otros músicos que actuaron en “las casas” fueron Manuel Campoamor, Enrique Saborido, el Negro Posadas, Pascual Cardarópoli y el Pibe Ernesto Ponzio.

 
Bailando en el Pigal


La letra se había perdido en los burdeles de arrabal y en los nuevos lugares nocturnos se fueron también perdiendo algunos pasos atrevidos del canyengue inicial.
La depuración de modales se hacía apropiada para una nueva clientela adinerada y para los muchachos de sociedad que constituyeron patotas, para medirse con los orilleros…


                                                                                  
El Entrerriano de Rosendo Mendizábal                           Sargento Cabral de Manuel Campoamor


Con la incorporación de los primeros músicos que leían y que además iniciaban una carrera profesional en los últimos años del siglo XIX, el tango nacía también para escucharse y para quedar registrado. En esos salones van a nacer o estrenarse los primeros tangos propiamente dichos: El Entrerriano de Rosendo Mendizábal, en 1897; Sargento Cabral de Manuel Campoamor en 1899; Venus de Alfredo Bevilacqua en 1902 y La Yerra de Samuel Castriota en 1903. Ferrer registra El Talar del Johnny Aragón entre 1894 y 1895, pero por entonces Aragón no alcanzaba los 9 años y no será sino hasta 10 años que debuta en lo de Hansen.
Se trataba de obras muy elaboradas que contrastaban con la improvisación de los escasos tangos precedentes que han llegado a nuestros días.
Se puede decir, en consecuencia, que el primer tango, tal y como hoy lo conocemos, nació en 1897 en lo de María La Vasca y fue producto de la inspiración del pianista Rosendo Cayetano Mendizábal, quien como profesor de piano de señoritas decentes y para no ser identificado con el músico del local de Carlos Calvo  2721, entonces Calle Europa, firmaba sus tangos con el seudónimo  de A. Rosendo.
Discutida la paternidad de este primer tango por Ernesto Ponzio, el pardo Mendizábal no llegó a disfrutar de la trascendencia de su obra y murió en la miseria en 1913. Había sido profesor de piano de Enrique Saborido y Manuel Campoamor.
Como lo narra Francisco García Jiménez, Mendizábal improvisaba un tango cuando un acaudalado hacendado de la provincia de Entre Ríos, aplaude aprobatoriamente y exclama: ¡Bravo, Rosendo! ¡Qué tangazo le ha salido!  -Se lo dedico, señor, dice el moreno con ancha sonrisa. –Muy bien, negro - salta la avispada Vasca.


- Le ponés de nombre El Entrerriano. Y un billete de cien pesos  fue a parar al flaco bolsillo del profesor de piano.
El Quinteto Pirincho, dirigido por Francisco Canaro, a la manera de entonces, nos da la pauta de lo que ese tango es, aún hoy.

 

 




 

Los ambientes de la farra nochera

Primero el tango se bailó en carpas de Santa Lucía y Recolecta y en los bodegones de La Batería. En La Estrella de Ensenada, en la Academia de los Tancredi y en La Red de San Telmo. Hacia fines de siglo, de los peringundines se pasó a Palermo, a lugares más elegantes.
Lo cierto es que en el Bajo Belgrano, para el ambiente de turf, coexisten La Cancha de Rosendo, La Pajarera y La Fazenda, cafés y bares donde reina el tango en los albores del 900.
Una descripción del Buenos Aires nos la da Angel Vargas en el tango Era otro Buenos Aires, con el acompañamiento de Armando Lavaca.


 

 

 


El Armenonville fue el restaurante más lujoso de la época. Allí también se bilaba el tango.







Los primeros tercetos (así se los llamaba entonces) ya habían incorporado la guitarra como base rítmica, en reemplazo del arpa y la flauta había acabado por imponerse. El piano seguía siendo solista en sitios elegantes y el bandoneón aún no había hecho historia; apenas el Pardo Sebastián Ramos Mejía ha enseñado los secretos del instrumentos a Chiappe, Romero, Mazzuchelli, Repetto, Zambrano y éstos a su vez a sus propios discípulos, como es el caso de Juan Maglio,
Pacho, quien será discípulo de Zambrano en 1899.
Por esa época los tríos estaban compuestos por violín, flauta y guitarra para el Tarana con Enrique Saborido, Benito Masset  y Lorenzo Martínez, el Negro; en el Velódromo, con Julián Urdapilleta, el Vasco, Pepe Guerriero y Luciano Ríos; en el Tambito, Ernesto Ponzio, El Pibe, Vivente Pecci, el Tano y Eusebio Aspiazu, el Ciego.
Las noches eran bastante movidas: trompadas, balazos, sillazos, provocaciones, heridos y la autoridad llegando cuando todo se había calmado.
Eulogio Viola revive aquellos tiempos y aquella música justamente en un tango de El pibe Ernesto: Ataniche.
El primero que incorporará el piano en la primitiva orquesta es Roberto Firpo, unido al violín de Alcides Palavecino y al clarinete de Juan Carlos Bazán, quien abandonó la flauta, Es el reemplazo de la guitarra y el éxito del Velódrono y el Tambito, que permitirán competir con la revelación noctámbula que por entonces representaba “Lo de Hansen”, el recreo de Palermo de mayor fama.
 

 

El Tambito, también llamado “El Kiosquito”

 

 

 




 

 

 CAFÉ HANSEN
Hansen
En 1875 se había inaugurado el Parque Tres de Febrero, pero faltaban comodidades para quienes se arrimaban a visitarlo. Las instalaciones se licitaron a arrendarios, incluso el Hipódromo, pero el precio resultaba alto en la medida que se trataba de un paseo alejado de la ciudad y sin medios de transporte adecuado.
Uno de los primeros arrendatarios fue el alemán Juan Hansen y le correspondió la casa que había sido el casco de la estancia de Juan Manuel de Rosas, a pasos de los que hoy es la avenida Sarmiento y en corta diagonal a la estación Palermo, del ferrocarril. Sin haber podido disfrutar de lo que después sería una ubicación privilegiada, Hansen murió en 1892. Sin embargo se convirtió en uno de los más importantes mitos porteños al legar su nombre al local donde el tango alcanzó un momento cumbre en su evolución.
Hasta casi fines de siglo, los conciertos clásicos eran la música de estos locales llamados restaurantes o recreos y anunciados en prensa para paseos en familia. Es raro, pero a pesar de su nombre Restaurant del Parque Tres de Febrero, en el ángulo derecho figuraba la leyenda “J.Hansen” que pudo más; por cuanto cuando uno de los arrendatarios reemplazantes, Anselmo R. Taranam lo llamó Café Tarana, igualmente, le dejó en su propaganda la denominación “Antiguo Hansen”. Ello ha creado confusión en quienes escriben sobre tango y en los que testimonian sobre el local: todos creen que Hansen le sucedió a Tarana pero, en realidad, en 1903 quien es confundido con Hansen es otro alemán, Baltasar Monsch, quien fue sucedido por Tarana y éste en 1908, por Giardini y Payot hasta 1912 eb que fue demolino, dado que su viejo diseño no encajaba con el aspecto de un paseo público.
 


Hasen era un local muy iluminado en contraposición con el Tambito, pero a medianoche el distinguido público del restaurant  era reemplazado por compadritos y bacanes y los músicos europeos de música selecta por los tangueros criollos. Ahí actuaron como lo menciona Mario A. Mabragaña: “los violinistas Genaro Vásquez, Ernesto Ponzio y Francisco Postiglione; el flautista Luis Teisseire; el clarinetista Juan Carlos Bazán; el guitarrista Eusebio Aspiazu y los pianistas Prudencio Aragón, Enrique Saborido y Roberto Firpo”.
De 1905 Ponzio dedicó su tango Don Juan (que primero se llamó El Panzudo y después Mozos Guapos) al propietario de uno de los muchos locales donde actuaba, según Ferrer; para García Jiménez, la dedicatoria fue para un personaje denominado Juan Cabello, pero la letra llegaría después…
Vale la pena escuchar la versión que con su Cuarteto Típico realizó otro gran músico de Hansen: Roberto Firpo.
De Hansen se puede decir que se ha escrito y hablado demasiado en lo que respecta a peleas periodísticas, pero la crónica policial no registra reyertas importantes, al menos en las épocas de auge de este local. Incluso de la muerte del joven Argerich, de la que aparentemente fue responsable Cielito Traverso, se produjo en el Tambito y el parte policial culpa al muerto por beodo y provocador. Lo que sí es cierto es que Hansen fue lugar de tertulia para las patotas de la aristocracia porteña de principios de siglo y no se trató de un sitio para bailar sino para escuchar  tangos.
Era tal la importancia de Hansen que los restaurantes locales parecían de segunda ante la concurrencia que traía dicho lugar; por ello, desde el velódromo Juan Carlos Bazán llamaba con su clarinete a los coches que pasaban rumbo a Hansen con una especie de silbido que dio origen a su tango La Chiflada. El conjunto  Los de Antaño recrea esta joya musical, compuesta hacia 1910, cuando formaba trío con Alcides Palavecino y Roberto Firpo en el local mencionado.

Los cafés de la Boca.


Son los Cafés de Camareras, a los que Enrique Cadícamo dedicó una novela de época de idéntico título.
Eran algo así como café-concert, pero más parecidos a los cabarets posteriores, dada la presencia de camareras (coperas en el cabaret).
Estos cafés florecieron en los albores de siglo entre las manzanas encerradas por las calles Almirante Brown, Olavarría, Pinzón y Gaboto; fue necesaria la incorporación del bandoneón para el éxito de estos lugares: Café Royal, en Suárez y Necochea con el atractivo – por 1908 – de Vicente Loduca, Samuel Castriota y Francisco Canaro; Café Teodoro, en  Suárez 275 con Roberto Firpo; La Marina, con el Tano Genaro, Alcides Palavecino y el negro Harold Phillips; Café Flores con Vicente Greco, Garrote y, en oportunidades Angel Villoldo quien también actuaba en el Royal, Garrote, con su hermano Domingo Greco y Ricardo Gaudenzio, también actuaron en el Café La Turca; Café El Griego con el Chino Bardi, Pascual y Graziano De Leone;  Café Argentino con Prudencio y Pedro Aragón y Mochila González; en la Boca, un muchacho de 17 años estrenó su primer tango. Una noche de garufa, en el Royal; era Eduardo Arolas. Hubo muchos otros locales: La Taquera, La Luna, El café de la Popular, El Edén, Café Concert y otros que supieron de los éxitos de Augusto P. Berto, Juan Maglio (Pacho), Arturo Herman Berstein (El Alemán, el tuerto Camarano y otros)

No es fácil conjugar un estrellato de tal magnitud, ni siquiera repetir la cantidad y calidad de la producción tanguera de esos años.
En estos diez primeros años del siglo los acontecimientos se precipitarán como aluvión y es conveniente tomar este período con calma, para comprender su trascendencia musical, tanta es su riqueza.
El tango nunca terminó de liberarse de las ataduras de este tiempo, aunque después se haya embellecido con la melodía…
Una pintura de época puede brindarla el tango de Cadícamo y Arolas Café de Barracas que interpretó Angel D´Agostino.

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