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Segundas partes
Leopoldo Barrionuevo
Cada vez se hace más claro que “segundas partes nunca fueron buenas”, de ahí que el presidente Kirchner haya dejado en manos de su esposa la elección de la segunda presidencia en Argentina, bien asesorado en el sentido que nadie se salva de dos períodos en el poder porque desgasta más que un matrimonio como lo puede demostrar sin mayor esfuerzo Carlos Saúl Menem y muchos otros a menos que reformen constituciones y se entronicen como “salvadores de la patria”.
Kirchner calculó que aún contando con más del sesenta por ciento de los votos, le convenía aguardar hasta el 2011 para repetir sin el riesgo de endiosarse, como es común en los mandatarios que se empeñan en ser las únicas soluciones posibles. Creo que no fue un buen cálculo: primero porque Cristina Kirchner que era candidata segura por la estupidez de la oposición (la cual está más dividida que un queso procesado) no podía perder y segundo porque pensaban –como lo muestran las caricaturas recientes- que Cristina podía ser manejable como las caricaturas intentan demostrarlo al presentar un ventrílocuo, que es el presidente, con un muñeco que él maneja y que aparece como su esposa.
Los chistes sobre el particular son sangrientos pero injustos: primero porque una mujer argentina es inmanejable, segundo porque Cristina particularmente tiene un carácter que se las trae, tercero porque a ella le va a tocar gobernar en un momento muy difícil cuando es claro que se acaba la luna de miel del pueblo que ha apoyado a su presidente por los resultados económicos que comienzan a esfumarse tras una inflación que ya no puede ocultarse y cuarto porque el estratega de la dirigencia del fútbol, Mauricio Macri, presidente del Boca (la mitad más uno del país) acecha después de haber ganado el gobierno de la Autónoma Ciudad de Buenos Aires, hacerlo muy bien y apuntando como el único contrincante de Kirchner para presidente en el 2011.
Pasó con diversos presidentes que no soportaron el segundo período: después de haber saboreado las mieles de la repetición se creen la mamá de Tarzán envuelta en huevo y olvidan el axioma español que expresa que un comendador en sus tres años es un Sancho Bravo en el primero, es un Sancho Abarca en el segundo y es un Sancho Panza en el tercero. Nadie se salva de esto, nadie. Lo malo es que tampoco soportan la crítica, por elemental que sea y embarran su accionar; tal vez se creen amados sin darse cuenta que el electorado ya no es el mismo y que buena parte de sus partidarios yace en jardines cementerios o bien, en alojamientos geriátricos.
Ahora surgió otro período presidencial: el eterno, que resulta incalificable pero al menos sabemos que terminar se termina más temprano que tarde: no hay antecedentes para un tercer período continuado, a no ser que resultara interrumpido en dos oportunidades, como el caso de Perón. Claro está, uno puede durar 40 años, pero sin elecciones, como sucede en Cuba.
Ahora bien, el mundo en que vivimos se ha vuelto vulgar, cada vez más habitado por patanes y nos domina lo chabacano al punto de llegar a la malacrianza y el irrespeto, porque la vulgaridad es más soportable que el que se proclame el derecho a ejercerla. “Dove si grida non é vera scienza” decia Leonardo, donde se grita no existe razón, porque el grito es el primer aviso de la agresión y la violencia, hijos legítimos de la estupidez, el combate y la muerte.
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Nada es eterno
Leopoldo Barrionuevo
Todo está en proceso de cambio, también las empresas, en especial las grandes empresas transnacionales que con sus adquisiciones agregan productos competitivos a la vez que eliminan competencias, en especial las que crecen y no cuentan necesariamente con el capital que requieren toda vez que se alcanza el éxito.
Hemos visto subir y caer pequeñas y medianas empresas bien y mal dirigidas, pero también hemos visto sucumbir a otras que fueron absorbidas y sobreviven en otras manos con mayor o menor éxito pero también sujetas a los vaivenes de las ambiciones globales en pos de las ganancias en las diferentes bolsas, aunque no siempre con resultados positivos.
Hemos visto desaparecer empresas unipersonales que parecían inconmovibles tanto en lo nacional como en los negocios globales; unas se unieron, otras absorbieron o fueron absorbidas, a tal punto que ya no se ignora algo que en el pasado llenaba de orgullo a muchas nacionales: el dinero no tiene bandera y es implacable en el cambio de las sociedades y sus valores e incluso principios.
Alguien inventó la Misión, la Visión y los Valores y hasta se celebraron grandes festejos alrededor de la Declaración de Principios o Carta Magna que invariablemente proclamaban la vocación por muchas cosas menos por el Becerro de Oro, el principal motivo de sus afanes.
Tal vez sea la competitividad lo que mueve ese mundo en el que me he movido más de 50 años sin llegar a ver lo que algunos pretenden, tal vez para sentirse limpios de tantas incongruencias deshumanizadas.
Entre todos los gigantes, Wal-Mart se lleva las palmas mundiales de las ventas con $1.000 millones de ventas por día y su presencia en Centroamérica está en la adquisición del 51% de las acciones de CSU de los Uribe con Más X Menos y Palí en Costa Rica y con Paiz en Guatemala. Escribí bien: son $350 mil millones anuales.
La característica más destacada de los herederos de Sam Walton que iniciaron el negocio detallista en los 70 desde las zonas rurales de Arkansas, fue utilizar una expansión basada en bajos precios. Pero esto también contribuyó a la quiebra de miles de tiendas pequeñas con sus gigantescos hipermercados.
En Centroamérica ya hay 450 tiendas y en México casi 1.000 en 160 ciudades. Dos millones de empleados son su plantel en todo el mundo. Pero el Wall Sreet Journal nos anuncia que Wal-Mart pierde fuerza de competitividad frente a rivales más ágiles y pese a su tamaño, está cediendo terreno, en virtud del surtido, la calidad y el servicio. El mercado exige algo más que bajos precios y este se está constituyendo en un factor negativo ante la imagen de otros negocios detallistas de descuento que ofrecen una imagen de mayor exclusividad y alternativas mejores y por si fuera poco, Internet está cambiando las preferencias del consumo mientras la influencia de Wal-Mart se está erosionando y retorna la calidad, se resiente el bajo precio y las grandes marcas intentan acuerdos con otros minoristas para no resultar tan dependientes del gigante, quien exige cuantiosos aportes para mantener las compras de sus grandes proveedores quienes ignoran los motivos de la exacción.
La expansión internacional sufrió violentos golpes al tener que abandonar Alemania y Corea del Sur y tampoco pudo afirmarse en Japón, donde bajo y precio y calidad no son precisamente sinónimos. Pero Wal-Mart sigue siendo una fuerza mundial triplicando las ventas de su rival Carrefour, aunque la fórmula de precios bajos le está produciendo dificultades y es que no se puede ganar en todas partes todo el tiempo.
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La vida
Leopoldo Barrionuevo
Largo aprendizaje para una asignatura que nunca acabamos por aprobar. En una oportunidad, un amigo que hacía mucho no veía, me contó su drama cotidiano que consistía en que lo primero que hacía en la mañana era abrir el periódico y leer el Obituario y su drama aparecía cuando encontraba la noticia de la muerte de gente conocida que por lo general, era menor que él. Le repliqué que eso no debía preocuparlo ya que en mi caso hacía lo mismo y si no hallaba la noticia de mi muerte me decía: ¡qué hermoso día voy a tener hoy!
Para muchos esta salida no es otra cosa que una broma, pero para mí se trata de una experiencia.
Decía Hermann Hesse que lo que esto significa, un ser vivo, se sabe menos que nunca y por eso se destruyen a montones los seres humanos, cada uno de los cuales es una creación valiosa y única de la naturaleza.
La vida es un libro que escribimos diariamente, a cada paso, con cada hecho y bajo nuestra entera responsabilidad. Somos lo que pensamos y en consecuencia, somos lo que hacemos. Estamos en libertad de pensar y de actuar y por ende, de cambiar, pero también podemos construir una muralla de quejas, resentimientos, excusas, protesta y negatividad.
Desde ya, como el cielo y el infierno no están sino en nosotros, más temprano que tarde nos pasan la factura de tanta tontería y el cuerpo paga el precio con intereses de usura convertido en depresiones, migrañas y frustración.
La vida es siempre como la percibimos en base primordialmente a sentimientos y emociones, de ahí que cada vez con mayor claridad comprendamos que el estrés se combate con conductas de alivio tales como practicar la amistad, la conversación, llevarse bien con los demás, dedicar tiempo a sus aficiones y tomar tiempo para uno y para su familia. Pero no basta, porque si se vive en una ciudad poblada de vehículos y se la debe atravesar a menudo, se debe soportar el creciente malhumor del resto de los mortales y las presiones de jefes, clientes, pareja, hijos, cuentas y en muchos casos lo que origina la bigamia visible u oculta.
Pero también el trabajo se convierte en un motivo de realización que en los tiempos que vivimos puede perderse en cualquier estúpida “reingeniería” y condenar a las gentes a una situación de impotencia e inestabilidad. No es tan importante la búsqueda de fama o dinero, sino la convicción de ser valioso para uno mismo y creativo y productivo en sus actividades.
Mi madre sabía cómo eludir el estrés: cuando se sentía acosada por alguna preocupación, se ponía trabajar hasta quedar rendida ya que definía a la preocupación como el estado posterior a la ocupación y así, decía “el que se ocupa, no se preocupa”. Y poco antes de cumplir los 90 años cortaba el césped del jardín, pintaba las paredes del patio o bien bordaba incesantemente para sus nietas.
Tarde llegamos al entendimiento del tiempo: sólo existe el presente, ya que el ayer es nostalgia y el mañana una esperanza que no se puede apresurar. La vida es como una clepsidra, un reloj de arena, los granos de arriba no pueden pasar por sobre los de abajo ya que lo hacen de uno a la vez.
Siempre nos trastorna el después, pero la única realidad es hoy, no tenemos otra.
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El Mercadeo de la cultura
Leopoldo Barrionuevo
Hace no muchos años, dictando clase de Mercadeo en Cuba para entrenar vendedores de la Industria Ligera , me pidieron que fuera más explícito para diferenciar incentivo de motivación. Se me ocurrió un ejemplo muy claro pero riesgoso para gente que no gustaba aceptar como en todas partes, que en la isla había homosexualidad y prostitución. Pregunté: seguramente ustedes saben qué es una ? jinetera ?, esto no cayó muy bien pero unos cuantos asintieron. Entonces proseguí: Si alguno de nosotros se va de fiesta con una jinetera , pueden ocurrir dos cosas: que ella no le cobre en cuyo caso decimos que está motivada o que le cobre y entonces está incentivada.
Esto me vino a la memoria después de los ?Chisporroteos? de don Beto el sábado pasado cuando hace la crítica al presidente por el cierre de un programa de opinión que dirigía Alvaro Montero Mejía, justificando la medida por el escaso ? rating ? del mismo en canal oficial. Este es un tema trillado y a veces vergonzante pero debo confesar que tuve la oportunidad de departir sobre el tema cultural con el señor presidente cuando apenas le faltaban tres semanas para las elecciones y me preocupa la cultura porque no hacemos lo suficiente para levantar algo que fue nuestro símbolo y se nos va cayendo justamente por falta de presupuesto. No nos echemos mentiras: nuestra Cultura hace agua.
Don Oscar rememoraba los setenta cuando no perdía estreno teatral de los chilenos exiliados de Pinochet a quienes mencionó con respeto como los pilares de la década junto con los Catania. Entonces, los teatros permanecían llenos: aún no habíamos caído en la representación de obritas burdamente eróticas, de habla vergonzosamente vulgar y títulos que son oprobio. Algo que tiene rating .
No digo que el gobierno no apoye las artes y entre ellas el teatro: hace muchos años que diversas compañías subsidiadas recorren los lugares más recónditos del país llevando un mensaje a la gente humilde que se reúne con entusiasmo, avidez y amor, pero no alcanza el presupuesto y Don Oscar decía que en los países europeos la empresa privada brinda sus aportes a la cultura, pero que en nuestro medio es imposible. Pero en verdad, no falta dinero le dije, nos está faltando mercadeo e incentivos y sólo alentamos una motivación que no vende.
¿Y por qué se obtiene cuantiosas sumas aportadas por empresarios, corporaciones y señorones que con tanta buena voluntad dan millones previo a las elecciones, a cambio de qué? No me cuenten que es por amor a la democracia porque no como cable: todos tienen la esperanza de un incentivo.
Claro está, los empresarios no son la Cruz Roja que tampoco vive sin utilidades, pero sin incentivos nadie da nada, solamente el amor (y no por mucho tiempo). Del mismo modo que se ha creado el Marketing político para vender a los candidatos como productos de consumo, hay que hacerlo con la cultura, como por ejemplo una reducción significativa de las utilidades o valiosos premios de las Artes para los contribuyentes, pero habría que venderlo en lugar de mendigarlo como en los semáforos. Incentivos, más que motivación.
Nadie vive del teatro en este país y tenemos gente de lujo que van viendo pasar la vida sin pena ni gloria y trabajando en otra cosa para comer. Tenemos gente que triunfa en el exterior y aquí ni siquiera tienen teatros suficientes. Con orgullo menciono que una columnista de este periódico ha ganados dos veces el Premio Accésit de Dramaturgia de España, en el 2002 y en el 2005, pero pasó sin mayor trascendencia como para matar cualquier vocación y es que hay demasiada gente a la que hay levantarle programas por audiencia o cierran teatros y no por falta de público ¿Y el aporte del Gobierno que nos enrostra una abundancia de recursos como hace mucho no existía? Bien, gracias, dejále saludos.
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El fútbol
Leopoldo Barrionuevo
Nunca olvidaré el 16 de julio de 1950, cuando con amigos muy queridos aguardábamos ansiosos el partido final de la ronda de ganadores del 4º Campeonato Mundial de Fútbol prendidos a la radio y con expectativas sobradas del triunfo de Brasil en el Maracaná, inaugurado para la ocasión.
Como Argentina no asistió, nuestras simpatías se inclinaban por los de la Banda Oriental a pesar de que Uruguay había ganado en fútbol la segunda y tercera Olimpíada en que se jugó el deporte de los pobres, (hoy no tanto), porque el único deporte que se puede jugar en el mundo aun en medio de la miseria es el fútbol: en el básquet se requiere pelota y aros, en el tennis raqueta, red y pelotas, en boxeo guantes, en béisbol guantes, peto, bolas y bate y así con todo, salvo en el rango y mida, la rayuela y las escondidas, en cambio en el fútbol basta con cuatro piedras de arco y una pelota de trapo.
Pero retornemos al relato: el primer campeonato de Uruguay fue en 1924 ganando en la final a Suiza 3 a 0 en Ámsterdam, la segunda a Argentina en París por 2 a 1 en final de desempate y la tercera, nuevamente a Argentina en el primer campeonato Mundial de Montevideo, 1930 por 4 a 2. Pero en 1950 después de doce años sin mundiales, Brasil apuntaba mejor con triunfos en la rueda final de 7-1 sobre Suecia y 6-1 a España, mientras Uruguay, con los mismos rivales había ganado a Suecia 3-2 y empatado con España 2-2.
A Brasil, gran favorito le bastaba con empatar, era un equipo contundente en el que sobresalían Ademir, Chico, Danilo, Friaca, Fair, Zizinho y el fútbol uruguayo ya no era el de antes. Por si fuera poco, los equipos europeos más brillantes llegaron al torneo mutilados por la reciente Guerra 1939-1945.
Había 199.000 almas en el estadio y en el primer tiempo arrasó Brasil a tal punto que en el receso los dirigentes yoruguas, brincando de alegría se daban por satisfechos si Brasil no pasaba de una goleada de cuatro goles.
Obdulio Varela –lo narra impecablemente Osvaldo Soriano- dijo a sus jóvenes compañeros que no miraran hacia arriba, que eran once contra once y no once contra doscientos mil y que podían lograr el triunfo, ya lo habían visto en el primer tiempo en que perdieron tres goles imposibles por falta de experiencia.
En el segundo tiempo Brasil fue arrollador y a los pocos minutos ya ganaba uno a cero en razón de lo que, Obdulio capitán se apoderó de la pelota y exigió un intérprete, lo que por entonces no era habitual; el reclamo del orsay que no existió llevó cuatro minutos en medio de las puteadas de la multitud, pero cuando se reanudó, ya los ánimos estaban enfriados y Varela se dio cuenta de que ya no los llevarían por delante para golearlos. Fue entonces cuando los uruguayos remontaron el barrilete y a los 20 minutos enmudecieron al estadio con un gol de Schiaffino y faltando diez minutos Ghiggia les dio el campeonato.
El relator uruguayo lloraba, no podía narrar el final y el caos impidió la interpretación del himno y la entrega de la copa. A poco, un espontáneo había compuesto una versión inmediata de “Ha pasado” que por entonces era una canción en boga y con su música decía: “Ha pasado, ha pasado lo que tuvo que pasar/ que a los cuadros uruguayos no se les puede ganar./ Primero fue el 24, el 28 fue después/y con el triunfo del 30 pudimos llegar a tres/ y esta tarde les pusimos la tapa por cuarta vez”.
El Gran Obdulio pasó la noche bebiendo por los botiquim cariocas acompañado por su masajista, sin un cruzeiro en el bolsillo e invitado por los hinchas de Brasil que no paraban de llorar abrazándolo sin reproches (otros tiempos). Le dijo a Soriano que si volvieran a jugar se haría un gol en contra, tanta fue la ingratitud de periodistas y dirigentes ante la hazaña y añadió: “Ahora estoy arrepentido de haber jugado. Si tuviera que hacer mi vida de nuevo, ni miro una cancha. No, el fútbol está lleno de miseria. No les importa la dignidad del hombre. Yo siempre me guié por la filosofía simple que aprendí en la calle, allí se aprende todo; hay que vivir, cueste lo que cueste; vivir, y a cambio de eso hay que dejar vivir”
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La voz del pueblo
Leopoldo Barrionuevo
Cuando hace cuarenta años llegué a Costa Rica contratado por un grupo constituido por Cervecería Costa Rica, Tabacalera y CEFA, que pronto se incrementaría con Royal, Jack´s, Cinta Azul, Lacsa y Dos pinos, me encontré perdido al provenir de mercados como Argentina, Colombia, Venezuela y México; el país tenía poco más de un millón de habitantes y las carreteras brillaban por su ausencia.
Pero existía una práctica que me llamó la atención de inmediato: los ruteros de las empresas distribuidoras de productos populares se tomaban el trabajo de conversar con sus clientes informándoles sobre los productos que se vendían y los que no, las promociones que tenían lugar en otros sectores del mercado e incluso acerca de fútbol y competitividad, luego, por las noches se reunían con sus colegas y tornaban a conversar sobre los temas de actualidad. Es decir, que entre cantina y pulpería transcurría “el ver pasar la vida” en el que todos aprendían.
Los proyectos del incipiente autoservicio eran tímidos y se repartían entre Uribe & Pagés, Bar Azul, Automercado Los Yoses, Muñoz & Nane, La Gran Vía y Brolato y Peinador y vendían en San José menos del 20 % todas las ventas, el resto correspondía a pulperías, ventanas y sodas.
Conocí Costa Rica viajando en camión, tomando sopitas en pulperías y alguna birra en cantinas. La gente te agasajaba, conversaba con avidez de conocimientos y aprendías también a escucharlos: Daniel Oduber en campaña hacía que el próximo pueblo fuera visitado por su fotógrafo para traerle información de los caudillos y al dorso de la foto debía asentarse nombre, actividad y datos de familia, de tal modo que Don Daniel llegara en avioneta una semana después para departir con la gente con pleno conocimiento y cayendo siempre bien: sabía tirarse, como los paracaidistas. No como los pilotos argentinos a quienes hiciera referencia un alto funcionario en un lapsus innecesario y escasamente gracioso.
Se conversaba y uno se convertía en la conversa, nadie se comunicaba, todos se entendían y la información que se traía a la empresa era poco menos que definitiva si se sabían hacer las preguntas y el que investigaba tenía empatía y sensibilidad para escoger lo significativo y filtrarlo. A nadie se le ocurría que fuera una buena práctica la de preguntas cerradas (sí, no, no sabe y no responde) y se hacían preguntas abiertas, propias del saber socrático.
La tecnología y la academia ayudaron a cambiar el panorama: ahora no se puede hablar con el cliente porque no hay tiempo, las sopitas murieron bajo el control electrónico, los vendedores no llegan a reunirse informalmente porque el caos del transporte los estresa y por fin, a quienes los supervisan a veces les falta calle y de tantos cables que les cuelgan, los clientes los llaman robocops
Desde ya que no es un mal que afecta al mercadeo sino a esta sociedad de celulares y computadoras en las que para ver el otro rostro del que habla hay que adicionar una camarita, en razón de lo que para poder hablar hay que estar maquillado.
Lo cierto es que hemos dejado de conversar con el cliente para cambiar la charla por las encuestas y la adivinación porque la información requiere perspicacia, además de una excelente selección, no sólo de interlocutores sino también de percepciones en la medida que las verdades sólo llegan por ardua tarea y no producto del silencio o aceptando sumisamente a los que gobiernan.
La voz del pueblo es la voz de Dios pero escucharla es un peligro para muchos que no se consideran secretarios de Dios: están convencidos que Dios es su secretario.
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La Disciplina
Leopoldo Barrionuevo
Disciplina proviene de discípulo que es quien aprende, a la vez deriva de orden para poder aprender y discere equivale a docente que es quien enseña.
Yo elegí la vida docente y no me arrepiento en nada del camino escogido. Curiosamente, mi carrera docente culminó –en su primera etapa- en las cátedras de Historia y Literatura del Liceo Militar Gral. San Martín.
Tenía 21 años y vivíamos tiempos turbulentos e inolvidables de Sartre, Camus, Marcuse, los Beatles y el resquebraje de la disciplina militar: luego vendría el 68 con la Primavera de Praga, el mayo de París, la locura del estío en Woodstock y el baño de sangre de los chicos mexicanos en Tlatelolco. Todo en 1968.
¿Se había roto la disciplina? Por el contrario: se iba a hacer estúpidamente brutal en los años siguientes cuando conjuntada con la violencia y apelando a la Ley, el Orden y Dios vivimos lo más infames años de nuestra joven historia.
Cuando me faltaba más de un año para graduarme me llegó la citación al servicio militar (la colimba) y debí cumplirla. Aprendí disciplina a la brava y debí marchar por la noche arrastrándome con un pesado máuser por entre las matas espinosas y los sábados me lustraba el alma para pasar la inspección de botones dorados, borceguíes, pelo y uniforme sin arrugas. Aprendí a callar la boca y no burlarme de sargentos y cabos de escaso vuelo que me enseñaron a no pasarme de vivo y respetar la autoridad. El primer día dijeron que diera un paso al frente los que supieran escribir a máquina, otro paso los que hablaran otro idioma y otro paso más los que hablaran dos idiomas: quedamos tres.
Yo no cabía en mí y me imaginaba en el baile del sábado por la noche y alentando a Rácing el domingo, pero para nuestra sorpresa, los tres líderes intelectuales de la tropa pasamos la semana lavando caballos (hice el servicio en Caballería) y durante un mes quedé oliendo a boñiga. Además, barríamos, planchábamos y trapeábamos con esmero y nos zurcíamos los rotos.
Fue un trago amargo aprender así lo que es disciplina, levantarse con el sonido bronce de la diana, hacer la cama, bañarse, afeitarse y ponerse el uniforme además de desayunar pan duro y mate cocido y vestirse en menos de quince minutos, pero poder se puede y me consta que no es cuento. Desde ya, con eso no basta para invadir las Malvinas.
Vivo –gracias a Dios- en un país sin ejército y aunque en muchas de nuestras naciones el servicio militar es para los pobres y los que carecen de influencias (en Colombia dicen que lo malo de las argollas es no estar en ellas), cuando veo a nuestros jóvenes con todo servido, escaso esfuerzo y ambición y ninguna habilidad para el servicio doméstico, me pregunto si están preparados para esta vida de divorcios, separaciones y vida independiente de las muchachas. ¿Será por eso que se han vuelto mameros e incapaces de soledad? Porque es evidente que cuando fracasa la vida en pareja, como en el tango el sueño es “vivir con mama otra vez”.
Y cuando las chicas de hoy envejezcan y tengan que recibir a su crío en el retorno al hogar ¿qué harán? ¿Recurrirán a la comida basura y aprenderán a hacer la cama? No, simplemente ahora tienen –estadísticamente- medio hijo por familia y usted que se crió en una casa grande con ocho, diez o doce hermanos, comprenderá que en el pasado la riqueza eran los hijos, la prole, por eso éramos proletarios. Pucha, ¡cómo cambian las cosas los años…!
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La Motivación
Leopoldo Barrionuevo
Motivación proviene del latín y originalmente deriva de motivus y como verbo, de movère, cuyo significado original es mover, propiciar el movimiento. La misma raíz de motor, pero también es dar la causa o motivo de una cosa, explicar la razón por la que algo se hizo.
Esto significa que llamamos motivación a lo que mueve, a lo que empuja, a lo que impulsa a la acción. Así ocurre cuando en Marketing nos referimos a los motivos de compra, a lo que hace que el consumidor se mueva a comprar y a Charles Revson, otrora presidente de Revlon le preguntaron una vez a qué se dedicaba la empresa en su criterio y respondió: “En la fabrica producimos cosméticos pero en la tienda vendemos esperanzas”, a lo cual agregó, “ninguna mujer compró jamás una crema de belleza sino la promesa de ser bella”.
Es cierto que sabemos muy poco acerca de las motivaciones humanas; sabemos, por de pronto que la motivación es personal, que no se puede transferir y creemos que puede inspirarse en un cierto grado.
En consecuencia, la gente está motivada cuando quiere hacer algo, es decir, cuando su voluntad la empuja a querer hacer algo, cuando lo desea.
También sabemos que la motivación es breve, efímera, volátil y requiere permanente realimentación.
Y a pesar de ello o por lo mismo, siempre hay que estar eligiendo, a riesgo de equivocarse, porque no siempre está claro qué es lo que nos conviene. Hacer es siempre una preferencia.
Aunque no podemos elegir lo que nos pasa, podemos elegir qué hacer frente a lo que nos pasa.
Finalmente, motivo es la razón que tenemos o creemos tener para hacer algo, la explicación más aceptable de nuestra conducta, lo que nos mueve, lo que explica la eterna pregunta: ¿por qué hago esto?
Entonces también nos preguntamos ¿por qué habitualmente sólo rendimos un 10 % de nuestras capacidades?
Los ejecutivos se preocupan mucho por la desmotivación del trabajador, en especial los de ventas, área en la cual la motivación es clave. Quisieran que su personal mantuviera siempre en alto los deseos de contribuir, de hacer un buen trabajo, de poner su mejor voluntad al servicio de los resultados.
Pero a la gente no le basta esforzarse por algo que de ningún modo le retribuye emocionalmente, también requiere estímulo y de hecho, incentivos.
A menudo se confunde motivar con incentivar, aunque son diferentes: la primera es un estímulo interno y espiritual y la segunda es un estímulo externo y de carácter material, a menudo económico.
Sin embargo, en la empresa se interrelacionan y suele decirse que no hay motivación sin incentivo, ni incentivo sin motivación.
En ventas van unido ambos impulsos y sin motivación, la venta no tiene lugar, no importa lo que digan los despistados, de ahí que por más que capacitemos vendedores, más allá del conocimiento requerido para vender, lo que cuenta es la empatía, ganas y entusiasmo, algo que se tiene o no pero que no se logra con entrenamiento.
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Las Generaciones
Leopoldo Barrionuevo
Ortega y Gasset afirmaba en “El tema de nuestro tiempo” que desde los griegos la vida del hombre se desplazaba de treinta en treinta años, el período en el cual se entendía la vida intelectualmente creativa, la que se podía dividir en quince de ascensión y quince de consolidación; de algún modo nos presentaba una original dicotomía entre la idea revolucionaria y la conservadora: al hombre le cuesta cambiar las cosas y lucha cuando es joven por renovar el aire ideológico de su época durante la primera mitad, pero los próximos quince años los emplea en consolidar lo logrado, oponiéndose al cambio.
Es decir, el hombre es revolucionario y audaz en su juventud, cauto y conservador en la madurez y si se observaba la historia se podía comprobar esta aseveración, considerando los períodos de cambio que predominaban en uno y otro período, de tal modo que si vemos la gran diferencia de 1910 a 1940 con la Gran Guerra, del 1940 a 1970 con la Segunda y sus consecuencias, comprendemos mejor nuestro tiempo y su generación de 1970 al 2000.
La historia de cada país o región responde a criterios similares y desde los años setenta en adelante pueden verse desde la óptica del embargo árabe de 1973 hasta la fecha, de igual modo las distintas disciplinas humanas.
Así entiendo el desarrollo industrial y el Marketing y esto me ha ayudado a comprender rupturas y cambios, así como la normal evolución de la vida, en la medida que el apoyarse en el pasado nos permite comprender que el cambio está presente. Veamos: la industria se desarrolla de 1910 a 1940, etapa en la que aparece el incipiente consumo y la eclosión ideológica que concluyen con la Guerra (la Primera lo fue de imperialismos, la Segunda, de ideas) desde cuya perspectiva desaparecen las anexiones territoriales de otrora.
El Marketing evoluciona desde 1940 a 1970 con el desarrollo de la industria y del proteccionismo y el rescate del individuo en los sesenta, luego ingresamos en el auge de la Tecnología, se inicia la Globalización hacia los finales del período 1970-2000 y mientras el consumo había sido selectivo entonces, se hace masivo en el nuevo siglo con la incorporación del commodity. Es decir, pasamos a extender el consumo a quienes no podían pagarlo, las marcas sufren el embate y se produce la explosión de las industrializaciones china e india, a lo que se suma la maquila que brinda trabajo a los países o regiones más pobres y el inmenso poder de las organizaciones globales que se extiende por todo el planeta.
Lo que está comenzando a suceder ahora es que retorna el sentimiento de consumo sofisticado no sólo en los segmentos sociales altos, sino en los de menores ingresos, quienes vivían de saldos, gangas y liquidaciones y comienzan a exigir su lugar, un mejor servicio, calidad en ascenso y como si fuera poco, se sacuden de los políticos y sus promesas incumplidas y reclaman un espacio en la vida cívica, como lo hemos visto recientemente.
Cambia la vida, cambia la historia pero el hombre se aferra a los paradigmas en medio de los cuales se inició su cultura. Se tiende a creer que las cosas son tal cual las aprendimos y nos costó tanto llegar a conocerlas, que mejor nos quedamos con las viejas ideas.
Algo está cambiando a pasos acelerados y pocos lo ven: la vida, la política, las profesiones, la familia, las religiones, el deporte, la educación y tantas cosas que tampoco pueden cambiar porque sí, porque les ha llegado el cambio como otros despistados creen.
Mientras tanto, y a riesgo de un desastre general, el gran coloso del Norte con Bush a la cabeza comienza a mostrar que tiene pies de barro.
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Licencia para matar
Leopoldo Barrionuevo
Recuerdo que hace 40 años el éxito de las obras y películas de James Bond hacían las delicias de los lectores y cinéfilos en diversos idiomas, a la vez que la fama que rodeó durante mucho tiempo a Sean Connery.
Ian Fleming había creado el personaje en un viaje de placer a Jamaica hace 54 años y ahora retorna a la pantalla exitosamente, esta vez interpretado por Daniel Craig, que tiene 38 años, unos cuantos menos que el ficticio personaje.
El 007 que precedía al nombre de Bond estaba referido a los números otorgados por el Servicio Secreto Británico que cuando eran de un solo dígito otorgaban la libertad de matar impunemente, de tal modo que se hizo popular el nombre de “007: Licencia para matar”. Imagino que esa distinción ya no existe en Gran Bretaña pero me temo que el conferirla ha sido transferida al MOPT de Costa Rica.
Diariamente nos sorprende (ya no tanto) la cantidad de accidentes de tránsito y en Semana Santa y para las Fiestas Navideñas hasta se establecen “rankings” para comparar los muertos que para esa fecha van de un año a otro.
Recientemente tropezamos con varios accidentes el mismo día, algunos de ellos fatales provocados por alguna dama en estado de ebriedad que arremetió contra un carro multado y una víctima impensada, aplastada por un vehículo que venía por la autopista. En otro casos grandes furgones que ocasionan accidentes son conducidos por jóvenes sin experiencia suficiente convirtiendo a grandes vehículos de transporte en máquina de matar. Yo no inventé esto: un slogan de la Policía de Transito advierte: “No sea un blanco fácil, cruce por donde debe.” Lo cual tampoco es ninguna garantía.
Muchos turistas que nos visitan quedan sorprendidos por la cantidad de accidentes que hay en nuestras calles al igual que por la cantidad de pinturas que ostenta la calzada y cuyo blanco está a cada paso para recordarnos el lugar preciso en el que murió un peatón atropellado. Y todos vivimos con el corazón en la boca cada vez que uno de nuestros hijos viaja a playas o sale de la casa.
Conductores que beben más de la cuenta, conversadores de celulares que de todos modos se distraen aunque existan “manos libres”, charlatanes de mesa de café que hablan mirando hacia atrás a los interlocutores y el mayor motivo: la ingesta alcohólica.
Ya estamos en los 800.000 vehículos para 4 millones de habitantes en poco más de 50.000 Km2 con sólo 6.000 Km de carreteras pavimentadas (en algunos tramos dan tristeza) y 29.500 sin pavimentar. Pero los accidentes producen 30.000 heridos anuales (la mitad graves) y poco más de 800 muertos.
Las causas suelen atribuirse al exceso de tránsito que de todos modos, con días de placa de parada han de continuar, al igual que si se aumentan los castigos ante las contravenciones más peligrosas. No es la magnitud de los castigos lo que van a atenuar tanta tontería sino la intensidad de la educación de todos, porque con todos los esfuerzos en marcha lo que más se requiere es educación: el primer responsable de esta locura es el propio conductor, cada vez más preparado académicamente pero cada día peor en su descortesía, irresponsabilidad, malhumor, imprudencia y de esto no se salva ningún sexo porque lo único que falta es que se esgriman armas para dirimir altercados de tránsito.
No falta mucho.
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