

MACEDONIO FERNÁNDEZ
(1874-1952)
Nació y murió en Buenos Aires donde estudió abogacía, fue amigo de Enrique Larreta (La gloria de Don Ramiro) y del padre de Jorge Luis Borges. Veinte años abogado, también se desempeñó como fiscal. eventualmente como fiscal. Después llevó una vida bohemia y modesta, en medio de tertulias de café y colaborando en revistas de vanguardia ciosa y modesta, animando tertulias de café y participando en las reuniones y revistas de vanguardia. Parte de su obra fue póstuma y se convirtió en libros merced al esfuerzo de amigos y de su hijo Adolfo. Se escribió con William James y con Ramón Gómez de la Serna y creó una contraliteratura, parodiando los grandes géneros. Sus sorprendentes ideas y el romper con los lugares comunes despertó la admiración de Borges, Marechal y Cortázar. Lector constante de Henri Bergson y Sigmund Freud, escribió No toda es vigilia la de los ojos abiertos (1928), Papeles de recienvenido (1929), Una novela que comienza (1940), Poemas (1953), Museo de la novela de la Eterna (1967), Cuadernos de todo y nada (1972), Teorías (1974), Adriana Buenos Aires (1974), Epistolario (1976), Papeles antiguos (1981).
Dos cuentos y dos poemas de Macedonio
TRES COCINEROS Y UN HUEVO FRITO
Hay tres cocineros en un hotel; el primero llama al segundo y le
dice: "Atiéndeme ese huevo frito; debe ser así: no muy pasado, regular sal,
sin vinagre"; pero a este segundo viene su mujer a decir que le han robado
la cartera, por lo que se dirige al tercero: "Por favor, atiéndeme este
huevo frito que me encargó Nicolás y debe ser así y así" y parte a ver cómo
le habían robado a su mujer.
Como el primer cocinero no llega, el huevo está hecho y no se sabe a
quién servirlo; se le encarga entonces al mensajero llevarlo al mozo que lo
pidió, previa averiguación del caso; pero el mozo no aparece y el huevo en
tanto se enfría y marchita. Después de molestar con preguntas a todos los
clientes del hotel se da con el que había pedido el huevo frito. El cliente
mira detenidamente, saborea, compara con sus recuerdos y dice que en su
vida ha comido un huevo frito más delicioso, más perfectamente hecho.
Como el gran jefe de fiscalización de los procedimientos culinarios
llega a saber todo lo que había pasado y conoce los encomios, resuelve:
cambiar el nombre del hotel (pues el cliente se había retirado haciéndole
gran propaganda) llamándolo Hotel de los 3 Cocineros y 1 Huevo Frito, y
estatuye en las reglas culinarias que todo huevo frito debe ser en una
tercera parte trabajado por un diferente cocinero.
COLABORACIÓN DE LAS COSAS
Empieza una discusión cualquiera en una casa cualquiera pues llega un
esposo cualquiera y busca la sartén ya que él es quien sabe hacer las
comidas de sartén y ésta no aparece. Crece la discusión; llegan parientes.
Se oye un ruido. Sigue la discusión. Se busca una segunda sartén que acaso
existió alguna vez. El ruido aumenta. Tac, tac, tac. No se concluye de
esclarecer qué ha pasado con la sartén, que además no era vieja; se
escuchan imputaciones recíprocas, se intercambian hipótesis; se examinan
rincones de la cocina por donde no suele andar la escoba. Tac, tac, tac. Al
fin, se aclara el misterio: lo que venía cayendo escalón por escalón era la
sartén. Ahora sólo falta la explicación del misterio: el niño, de cinco
años, la había llevado hasta la azotea, sin pensar que correspondiera
restituirla a la cocina; al alejarse por ser llamado de pronto por la
madre, después de haber estado sentado en el primer escalón de la escalera,
la sartén quedó allí. Cuando trascendió el clima agrio de la discusión
conyugal, la sartén para hacer quedar bien al niño, culpable de todo el
ingrato episodio, se desliza escalones abajo y su insólita presencia a la
entrada de la cocina calma la discordia.
Nadie supo que no fue la casualidad, sino la sartén. Y si es verdad
que puede haberle costado poco por haber sido dejada muy al borde del
escalón, no debe menospreciarse su mérito.
UN MORIR
No me lleves a sombras de la muerte
Adonde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.
Hay un morir si de unos ojos
Se voltea la mirada de amor
Y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
Esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes.
CREÍA YO
No a todo alcanza Amor, pues que no puedo
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.
Roberto Bardini cuenta de Macedonio: El arte de ser escuchado
A Macedonio le gustaba reunirse con amigos y conversar. Tenía ideas originales y exhibía un humor punzante. Escritores, poetas, músicos e intelectuales sucumbían ante su fascinación y lo escuchaban durante horas.
Raúl Scalabrini Ortiz lo describe así: “Es suave y cauto para hablar. No prodiga sus palabras. Escucha en silencio, pero si su interlocutor se desvía del recto camino, Macedonio le orienta con interrogaciones socráticas, articuladas negligentemente. Destruye las vehemencias sin atacarlas, oponiéndoles un concesivo ‘¿le parece?’ que es una invitación a reflexionar (“Macedonio Fernández, nuestro primer metafísico”, revista Nosotros N° 228, mayo de 1928).
Tomás Eloy Martínez también entrevistó a Borges, quien recordó las reuniones de Macedonio y sus oyentes: “Su excelencia estaba en el diálogo, y tal vez por eso pueda asociárselo a genios que no escribieron nunca, como Sócrates o Pitágoras, o aún como Buda o Cristo. Lo primordial era su compañía” (diario La Opinión, Buenos Aires, 23 de junio de 1974).
En la entrevista ya mencionada con Oswaldo Ferrari, Borges relata que un grupo de amigos se juntaba todos los sábados en la confitería La Perla, en la esquina de Rivadavia y Jujuy, en Once, para escuchar a Macedonio: “Nos reuníamos más o menos alrededor de medianoche, y nos quedábamos hasta el alba oyéndolo [...]. Y Macedonio hablaba cuatro o cinco veces cada noche, y cada cosa que decía, él la atribuía -por cortesía- al interlocutor. De modo que empezaba siempre diciendo -él era muy criollo para hablar-: ‘Vos habrás observado, sin duda’; y luego una observación en la que el otro nunca había pensado. Pero a Macedonio le parecía más... más cortés atribuir sus pensamientos al otro, y no decir ‘yo he pensado tal cosa’, porque le parecía una forma de presunción o de vanidad”.
Rodríguez Monegal escribe en “Macedonio Fernández, Borges y el ultraísmo”, ya citado: “Instalado en su Buenos Aires, atento a sus costumbres y usos, [...] censor del idioma y de la mitología que la propia ciudad iba creando, Macedonio pudo recoger aquellos rasgos permanentes, aquellas constantes del alma porteña y pudo fijarlas en sus páginas bajo la máscara del criollismo. La haraganería y el desorden, el rodeo y las disculpas, el gusto por farolear y la novelería de lo superficial, las instituciones nacionales (a saber: la siesta, los brindis, las inauguraciones de monumentos, los latosos de esquina que sujetan a sus víctimas por las solapas), la cachada y la viveza, [...] todos esos rasgos, en fin, con los que podría configurarse un tratado del porteño, y que él en vez de sistematizar prefirió recoger, con sus infinitas variantes, con sus improvisaciones a veces geniales, en páginas breves y desiguales”.
Regresar