El vestido de la Virgen
Claudia Barrionuevo
Sabiendo que soy atea confesa, mis amigos se sorprenden al encontrar en mi oficina, entre mis objetos más preciados, una reproducción de la Virgen de los Ángeles regiamente vestida de blanco. La sorpresa es aún mayor cuando les cuento que el vestido está bendito: la auténtica imagen lo tuvo puesto durante una ceremonia de vestición.
Desde inicios de los años 80tas se instituyó la tradición de colocar sobre la imagen de la Negrita los cientos de vestidos que los devotos traen con la ilusión de que -por unos segundos- la tela de sus confecciones roce la figura de piedra. Este año la diócesis de Cartago decidió cancelar la ceremonia de vestición argumentando que tomaba demasiado tiempo en el marco de las celebraciones de la Virgen de los Ángeles debido a la gran cantidad de vestidos que postulaban para vestir la imagen.
Dado que no soy católica, no me siento con derecho a cuestionar la decisión de monseñor Francisco Ulloa, quien –posiblemente por las quejas de miles de fieles- manifestó la posibilidad de restaurar el ritual el próximo año.
Regresando al tema de mi vestidito existen dos importantes razones para que yo lo tenga en tal alta estima. En primer lugar porque fue confeccionado por doña Carmen Brenes Peralta, una adorable señora y respetable cartaga que he tenido la suerte de conocer y que me lo regaló hace unos años.
Doña Carmen ha confeccionado más de 40 vestidos desde 1964 para agradecer un favor concedido: que su hija Ligia sobreviviera a una complicadísima cirugía del corazón. Desde entonces muchos de sus trajes fueron escogidos para vestir a la Virgen durante todo un año. Si los vestidos son colocados por unos segundos sobre la imagen de piedra que representa a la Negrita -como en la ceremonia de vestición- se consideran benditos. Si visten a la Virgen de un dos de agosto al siguiente, son considerados milagrosos.
Confieso no haber hecho nunca la romería y sólo visité Cartago un dos de agosto hace veinte años. Este año decidí ir a visitar a mi amiga Sofía y a su abuelita, doña Carmen. En una tarde luminosa y aún llena de gente (aunque la mayoría ya había regresado), compartí la alegría de los cartagos –sobre todo- y de los visitantes, ante la mayor fiesta popular de Costa Rica.
En un país donde casi no tenemos ninguna tradición, la romería del 2 de agosto es la única verdaderamente relevante. La movilización que la fe en la Negrita provoca en los costarricenses es impresionante. Año tras año los romeros van en aumento y días antes podemos encontrarlos en todas las carreteras desde los lugares más remotos.
Y allí surge la segunda razón –aunque no menos importante- por la cual considero tan preciado mi tesoro: refuerza mi nacionalidad. Para mí, más allá de la fe, tener un vestido de la Virgen de los Ángeles es un símbolo de pertenencia a este, mi país.
¿Sí o No?
Claudia Barrionuevo
Hace varias décadas que la clase política nacional –salvo honrosas y poquísimas excepciones- se ha dedicado a legislar en su propio beneficio y en el de sus empresas. Algunos –peor aún- se han embolsado grandes sumas de dinero del Estado. Unos y otros con sus actitudes han ido destruyendo a ese país que podía enorgullecerse de su nivel educativo, de su sistema de salud, de sus universidades públicas, de su casi nula miseria.
Es lógico que la mayoría de los costarricenses –quienes nos hemos enterado hace poco de todos estos desmanes perpetuados por años- estemos asqueados. Enojados. Nos sentimos abusados e impotentes.
En ese complejo escenario de escisión social aparece el famosísimo Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (TLC). ¡Qué no se ha dicho del dichoso documento! Verdades y mentiras, ocurrencias y dislates.
De los pocos que han leído el Tratado menos aún lo pueden entender a cabalidad. La mayoría de los ciudadanos tampoco van a buscar las opiniones de los expertos de una u otra tendencia. Inevitablemente -como el tema está en absolutamente todos los “tapetes” del país- escucharán aquí y allá retazos de comentarios. ¿Realmente analizarán la situación? ¿Tenemos capacidad para hacerlo?
Como el grupo del Sí está liderado y formado por políticos y empresarios –muchos de ellos honestos, sin lugar a dudas- los costarricenses sencillos tienden a dudar de ellos. Es más que posible que simplemente se dejen llevar por el instinto, por la intuición, por esos sentimientos de decepción que les ha provocado el enterarse de tanto escándalo. Seguramente optarán por el No. Por eso es tan acertado el lema del grupo opositor: “Mi corazón dice No”. En cambio quienes apoyan el Sí, llevan unas pulseritas de plástico blancas que dicen “Yo Sí quiero”, lo cual suena a imposición.
Ese “No” –para la mayoría- poco y nada tiene que ver con el TLC. Es un No a esos políticos que han vendido el país para embolsarse el dinero obtenido. A esos que están ahí y al parecer seguirán ahí. En Costa Rica no hay escándalo que dure tres días decía don José Figueres y al parecer es una triste verdad.
El domingo 7 de octubre se decidirá en el Referendo si se aprueba o no el TLC. Si gana el Sí unos pocos costarricenses se beneficiarán: los empresarios y los trabajadores de esas empresas. Si el No resulta vencedor nadie sacará beneficios.
Sea cual sea el resultado del referendo nada cambiará. Nada. Nuestros problemas fundamentales que son la miseria, la inseguridad, la deserción escolar, la crisis del sistema de salud pública, la corrupción, seguirán allí. Inmutables.
Resulta de fundamental importancia para el país que todos acatemos el resultado: a menos que alguien esté dispuesto a alzarse en armas, no es conveniente desconocer instituciones como el Tribunal Supremo de Elecciones o la Sala Constitucional.
Es perfectamente comprensible y válido que el corazón de muchos diga No. Sin embargo es fundamental que quienes se oponen al TLC, canalicen lo antes posible sus esfuerzos para que surjan organizaciones –no necesariamente políticas- que busquen soluciones al caos en el que hemos caído.
El terror del comunismo
Claudia Barrionuevo
Hay convicciones o elecciones de vida que durante años uno se ve obligado a ocultar, a disimular. A cierta edad o en algunas circunstancias uno decide que está cansado de fingir lo que no es y decide asumir las consecuencias de confesar lo inconfesable.
Los homosexuales –por ejemplo- pertenecen a este grupo que se siente obligado socialmente a callar su elección sexual. La sociedad no es aún lo suficientemente abierta con ellos –de hecho en Costa Rica les niegan el derecho al matrimonio civil- pero la mayoría de ellos se las ingenian para ser aceptados y reconocidos. Los que no, los que siguen encerrados en el closet, sufren la tortura de tener que fingir lo que no son.
No volveré sobre el tema de la religión, pero admitir que uno es ateo es delicado y para algunos puede ser hasta peligroso.
Ser comunista era inconfesable durante décadas en nuestro país: si hasta estaba prohibido que un partido utilizara esa palabra en su definición. Muchos comunistas costarricenses se vieron obligados a vivir años en el exilio.
Si es cuestión de confesar –como dice Shakira- yo milité en el Partido Vanguardia Popular y luego en el Partido del Pueblo Costarricense. O sea era comunista. No me arrepiento. No reniego de ello. Mis convicciones básicas no han cambiado.
A finales de los años setentas la señora que trabajaba en mi casa -al enterarse que yo era comunista y queriéndome como me quería- le preguntó aterrorizada a mi mamá si esos, los comunistas, no eran los que se comían a los chiquitos. Mi mamá, con pocos años de vivir en este país, primero se sorprendió con la pregunta y luego la tranquilizó asegurándole que eso era un invento y que estaba segura de que yo no traería ningún chiquito para que ella lo cocinara.
Pocos años antes, un grupo se había levantado bajo el lema de “Costa Rica Primero” tratando de impedir que se instalara la Embajada de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en nuestro país. El pánico al fantasma del comunismo ya aterrorizaba a algunos de nuestros compatriotas
Han pasado 30 años. La URSS no existe más, el muro de Berlín fue derribado uniendo a los dos Alemanias y lo que era la Europa comunista es hoy un pedazo del este de ese continente que trata de reinventarse. Cuba sigue sumida en el bloqueo con un Fidel muy viejito. Los que creen que Ortega aún es de izquierda -¿alguna vez lo fue?- deberían revisar los pactos que este realizó con los antiguos “contras”.
En realidad comunistas comunistas casi sólo quedan los chinos. Y tan poderosos que este gobierno acaba de romper con Taiwán para establecer relaciones con China continental.
Pero -¡oh sorpresa!- nuevamente ser comunista es un estigma con el que se pretende satanizar a algunos. El señor presidente utiliza el nombre del Ché Guevara como insulto sin que sus asesores le expliquen que la figura mítica y querida del médico rosarino está más allá del bien y del mal. Y más allá del comunismo.
Los que alguna vez militamos en el comunismo y tuvimos que soportar que se nos tachara de terroristas, diabólicos, ateos (que también se convertía en insulto) y caníbales, ahora podemos reírnos junto a aquellos que antes no fueron comunistas y que hoy tampoco lo son pero son tachados de comunistas como si la ideología fuera un insulto. ¡Por favor! Un poco más de inteligencia.
claudia@chirripo.or.cr
Los infiltrados (aunque usted no lo crea)
Claudia Barrionuevo
Uno de los conflictos fundamentales entre los que lideran el Sí y el No al Tratado de Libre Comercio ha sido el financiamiento de las campañas: que si se deben o no abrir las cuentas y de donde puede provenir el dinero. Lo que está claro es que la campaña del Sí tiene más posibilidades de obtener recursos que la del No (por más que se diga que Fidel, Ortega y Chávez forman una troika ideológica y económica que maneja a quienes se oponen al TLC). La realidad es que los que tienen mayos poder económico como los empresarios y los altos políticos, están en su mayoría con el Sí y no les preocupa gastar recursos en lo que ellos consideran un tratado importantísimo para su futuro económico. Los del No deben –en cambio- conformarse con graffiti, videos en You Tube, panfletos impresos en papel periódico, calcomanías y otro tipo de propagada barata.
Por eso cuando este periódico publicó un campo pagado ilustrado con un corazón con la bandera de Costa Rica anunciando una cadena nacional, todos pensamos que se trataba de propaganda a favor del Sí. Por que si bien es cierto que ese símbolo (el corazón con la bandera) fue inventado por el grupo del No, los del Sí se lo apropiaron con la excusa de que todos tenemos nuestro corazoncito.
Desde entonces la televisión nacional ha pasado una serie de anuncios donde un corazón del No se enamora de un corazón del Sí. Muchos se han preguntado -dado el contenido de la campaña- si la serie apoya o no el TLC. Al final de cada uno de estos anuncios se aclara que se trata de la campaña del Sí.
Yo empiezo a sospechar que los líderes del No han logrado –posiblemente con la experiencia que la KGB les heredó a los fidelistas – infiltrarse en el equipo publicitario del Sí.
Así como los creativos infiltrados evocaron el famoso programa presentado por Jack Palance “Aunque usted no lo crea” (que todos los que hoy tienen 30 años –y forman parte de un alto porcentaje de los votantes- recuerdan), yo, mayor, evoco al simpatiquísimo Maxwel Smart, el súper agente 86 luchando contra la terrible organización CAOS y lo imagino dictando esos estùpidos anuncios: “Música… ¿cómo se llama? trova” “Lenin o Leny Kravitz”
Muy buen trabajo han realizado los infiltrados: después de ver la serie de anuncios uno concluye que los del No pueden ser comunistas pero los del Sí son estùpidos. Peor aún: estùpidas. Porque el tema del género también los hace quedar realmente mal a los partidarios del TLC.
Por no hablar de la risa incontrolable que provocan los anuncios radiales: “Si no nos ponemos vivos y aprobamos el TLC vamos a tener que buscar trabajo en Nicaragua” (¿además xenófobos?) o “A los enemigos no se les acepta consejos” (perdón: a los enemigos no se les habla)
Así que me disculpo por poner en evidencia a los infiltrados pero debo felicitarlos porque aunque el No no tenga suficientes recursos para realizar una campaña de alto impacto en los medios, ya la están haciendo financiada por los del Sí.
claudia@chirripo.or.cr
Sonidos urbanos
Claudia Barrionuevo
San José dejó de ser hace mucho la aldea que alguna vez fue. Esto nos ha traído tantas ventajas como desventajas.
Entre los malestares urbanos que hoy sufrimos el peor sin lugar a dudas es el tráfico infernal de nuestras calles –en una ciudad que creció sin planeamiento- unido a las lluvias torrenciales y los huecos abismales que hay que sortear –cuando se puede-. Manejar no es un placer sino un castigo sobre todo para los padres que nos vemos obligados a atravesar la gran área metropolitana de norte a sur o de este a oeste durante las horas pico.
El estrés de la vida cotidiana está aderezado con una contaminación sonora que resulta insoportable. En el barrio relativamente tranquilo en el que vivo escucho las 24 horas del día el sonido constante de dos calles sumamente transitadas a un kilómetro al sur y al norte de mi casa. Uno se acostumbra a todo y el ruido, al ser permanente, desaparece hasta que un pito, la sirena de una ambulancia, el escape libre de una moto o el estruendo de un choque nos vuelve a conectar con el sonido.
Mi barrio tiene su propia sinfonía que se une a la que nos regala la ciudad que lo circunda. Están los muchachos de enfrente haciendo ¿música? de garaje, la vecina de al lado que se empeña en cortar el césped con una maquina estruendosa los sábados a las siete de la mañana, la alarma de una oficina que se dispara ante el menor movimiento telúrico, la multitud de perros graves y agudos que ofrecen conciertos permanentes, los niños que juegan fútbol a gritos y algún pleito familiar que invade las casas aledañas. Confieso mi aporte a los sonidos del barrio con mis tres gatos saltando por los techos y mi karaoke que reconozco sin vergüenza.
Ruido. Demasiado ruido. ¿Puede el ruido convertirse en música? Sí. La semana pasada se presentó en el Teatro Melico Salazar “Choque urbano” y todos los que tuvimos la suerte de asistir salimos entusiasmados y admirados. Se trata de un espectáculo que transforma los ruidos urbanos en una sinfonía. Los “instrumentos” son básicamente elementos cotidianos: bolsas plásticas, estañones, ollas y sartenes, tubos de PVC, bidones plásticos, pelotas de basket y el propio cuerpo de los integrantes.
Sin embargo no sólo se trata de escuchar la música producida por el elenco: la danza y la actuación invaden el escenario dejando a los espectadores boquiabiertos. Los doce jóvenes desbordan talento, energía y una capacidad de coordinación impresionante. Son además, extremadamente expresivos y con unas características físicas y gestuales que atrapan la atención de cualquiera de manera inmediata.
El resto de los elementos que conforman el espectáculo, como las luces, el vestuario y la escenografía son creativos, adecuados y complementarios. O sea: perfectos.
Al final del espectáculo los integrantes de Choque Urbano lograron levantar a todo el público asistente para que los acompañara zapateando y dando palmas.
A la salida lo único que lamenté fue el altísimo precio de las entradas que no permitió que el gran público asistiera. Me hubiera gustado poder llevar a mis hijas.
claudia@chirripo.or.cr.
Raitings y encuestas
Claudia Barrionuevo
“Numeral, numeral, viva la numeración” cantaba el Puma. A mí me gustan los números. Me resultan muy lúdicos. Los juegos de lógica me apasionan. Hace más de 20 años conozco el Kakuro bajo el nombre de Sumas Cruzadas y ahora me resulta fácil encontrarlo en las ventas de revistas junto a los Sudokus en los que también me concentro cuando quiero desconcentrarme.
Sumo, resto, divido y multiplico jugando. Si bien las tablas del 2, 3 y 5 me hacen gracia, sin lugar a dudas la del 9 con sus resultados de espejo de abajo hacia arriba y viceversa me resulta mágica.
Me encanta medir. Tengo reglas, centímetros para costura y cuatro metros metálicos, uno de los cuales suelo llevar en mi cartera varios días al mes para medir en las tiendas los muebles que sueño ubicar en los espacios de mi casa previamente medidos. A veces dibujo a escala en hojas milimetradas espacios –escénicos o domésticos- para distribuir objetos de distintas medidas.
Soy pésima calculando a ojo: en la cocina tengo balanza y todo tipo de medidas de tazas, cucharas y litros para cocinar con exactitud.
A pesar de mi pasión por los números hay dos instrumentos de medición a los que no les tengo ningún respeto porque no me dicen nada. O casi nada: los raitings y las encuestas.
Mi trabajo como guionista me expone a la primera maldición: el raiting. Semana tras semana tengo que escuchar que si el último capítulo tuvo más espectadores que el anterior. De estos números se sacan todo tipo de conclusiones que pocas veces me parecen acertadas: que si el partido de fútbol, que si el final de la novela colombiana o brasilera, que si el fin de semana largo y –por supuesto- que si el tema, el desarrollo o los protagonistas del capítulo de la serie.
Está bien, ni modo, se trata del trabajo. Lo que no soporto es la carrera desbocada por el raiting de los canales de televisión y la satisfacción cuando los números los favorecen. Hay una pregunta fundamental que parecen no plantearse: ¿el raiting y la calidad van de la mano? No. No siempre. Más bien casi nunca.
Llenar un noticiero de sucesos sangrientos no demuestra desarrollo periodístico. Realizar un programa que pretende provocar la lástima del espectador exponiendo las imágenes de niños con problemas, no es ofrecer un espectáculo de entretenimiento. (¡Si por lo menos estuvieran bien vestidos! Pero parece que las costureras hacen lo imposible para que los “bailarines” se vean mal). Pero como el raiting es altísimo todo está justificado.
La otra medición es peor: las encuestas. El raiting –al menos- es una medida real que no habla de calidad pero demuestra cantidad. Las encuestas cada vez son menos fidedignas. Es posible que la gente no responde a ellas con la verdad o que los encuestados cambien de opinión. Pero además, los datos extraídos de ellas son fácilmente manipulables a la hora de sacar conclusiones o en la forma de realizar su lectura. Al igual que las miles de variables que modifican el raiting de un programa de una semana a otra con las cuales se deducen aspectos no siempre acertados, la interpretación de las encuestas ofrece un amplísimo margen de posibilidades no necesariamente correctas. Ya lo hemos comprobado en varias elecciones nacionales.
Así que yo sigo adorando los números, jugando con ellos, sin prestar oídos a esas medidas tan arbitrarias como son el raiting y las encuestas.
¡Pobre Kevin!
Claudia Barrionuevo
Después de argumentar que el más que famoso Memorando era correspondencia privada –lo cual el Tribunal Supremo de Elecciones negó categóricamente por su calidad de documento público- las jóvenes promesas, Kevin y Fernando, se manifestaron arrepentidos de lo que habían escrito “al calor” de un debate que el primero perdió. De lo que en verdad se arrepintieron fue que el documento se hiciera público, posiblemente por su poca precaución. Al leer el Memorando –tan largo, corregido y estructurado- cualquiera puede notar que más bien fue escrito de manera fría y calculada.
No les adjudiquemos todas las “brillantes” ideas expuestas en el documento a los jóvenes políticos: posiblemente se encargaron de recoger las propuestas de muchos de los dirigentes del Sí.
Los Arias niegan categóricamente haber aceptado las “sugerencias” para la campaña del Sí. La prueba –según ellos- es que no respondieron al Memorando. ¡Lástima! Porque los papelitos hablan –para bien o para mal- y sería mejor que pudieran demostrar su repudio con algo escrito.
Los hermanos afirman también que ninguna de las “sugerencias” se implementó. ¡Qué raro! Yo ignoraba la existencia del plan Casas-Sánchez pero noté como la publicidad nos amenazaba con perder el empleo (lo manifesté en “Los infiltrados (aunque usted no lo crea)” el 27/08/07) y me di cuenta que querían acusar a los del No de comunistas financiados por la troika Fidel-Chávez-Ortega (lo puse en blanco y negro en “El terror del comunismo” el 20/08/07)
Se ha insistido hasta la saciedad que los del No son violentos, agresivos y antidemocráticos. En el Memorando se irrespeta de forma grosera al Tribunal Supremo de Elecciones (que llamé a defender en “¿Sí o No?” el 13/08/07)
Muchas de las propuestas recogidas por Casas y Sánchez han sido aplicadas ante los ojos de todos. Otra – como “el alcalde que no gana su cantón el 7 de octubre no va a recibir un cinco del gobierno en los próximos 3 años”- no sabemos si se llevará a cabo. Pero el sólo hecho de proponerlo es gravísimo.
Los nuevos dirigentes del Partido Liberación Nacional tienen una forma poco democrática de entender el juego político.
Fernando Sánchez ha sido considerado el Delfín de los Arias. Más parece el Del Fin de los Arias. Siendo diputado podrá mantenerse navegando el tiempo que le queda, si mantiene un bajo perfil. Vamos a ver que futuro le espera.
A Kevin, en este drama, me temo que le espera un rol bastante ingrato: ser el chivo expiatorio, el malo de la película. Si antes tenía enemigos (y muchos dentro del PLN) ahora todos sin excepción piden su cabeza esperando que esta –como la de María Antonieta- calme el enojo el pueblo. Así, el culpable de esas ideas tan maquiavélicas y antidemocráticas será la joven promesa que –como muchas promesas- no se cumplirá. Las novatadas en política se pagan con el ostracismo.
Que no nos engañen. Leamos bien el guión de esta película de horror: los malos no son Kevin y Fernando. Ellos sólo querían mostrar su temple, su vigorosa agresividad política. Buscaban congraciarse con quienes hoy los dejan solos, aislados, perdidos.
claudia@chirripo.or.cr
¡No quiero graduarme más!
Claudia Barrionuevo
Cuando terminé sexto grado me entregaron un diploma en el auditorio de la Clínica Carlos Durán. Sólo fueron mis padres y a la salida fuimos a cenar al Alpino. Yo vestía de uniforme. Al terminar el colegio, se organizó una cena muy sencilla en las instalaciones del Liceo Franco Costarricense. Ninguna de mis compañeras vistió traje largo y no recuerdo a ninguno de los varones encorbatados. Eso fue todo.
Mis hermanos, -que estudiaron en un Colegio más convencional- si tuvieron un baile de graduación.
Ahora los niños empiezan a graduarse desde preparatoria. Yo ya he tenido que pasar por tres graduaciones y este año me tocan la cuarta. ¡Y todavía ninguna de mis dos hijas ha concluido la secundaria!
Cada una de estas graduaciones conlleva un montón de reuniones, organización y trabajo. Al principio hay que decidir que tipo de actividad se va a realizar. Todos tienen opiniones diversas: que si paseo, que si almuerzo, que si baile, que si cena. Ahí empiezan las peleas. Las opiniones son diversas y los niños –los festejados- no participan en ellas. Ustedes dirán. “Es que es muy difícil que 25 pequeños (o más) se pongan de acuerdo”. No les voy a contar lo complejo que resulta que 50 padres de familia (o más) lleguen a una idea común.
Luego surge el comité organizador. Afortunadamente siempre hay algunas mamás que –ya sea porque tienen más tiempo disponible y/o porque les gusta participar y organizar- ofrecen formar parte del comité. Otras –sobre todo en estos tiempos- trabajan todo el día y realmente se les hace imposible asistir con regularidad a las actividades. Me refiero a las ventas de comida para recoger el dinero necesario para la actividad elegida.
Las organizadoras proponen el menú, indican a los demás que aportar y solicitan la ayuda de todos. Todos no pueden y les llueve: que no asistieron, que no colaboraron, que los hijos son de todos… Y sigue.
Inevitablemente a mitad de año -más o menos- surge algún malentendido y hay que realizar una nueva reunión donde nunca falta una mamá que regaña a las otras.
Interesantes reuniones para alguien que le guste analizar a los asistentes. Están los que tienen una opinión sobre cualquier ítem y la expresan con ímpetu. Están los que se sintieron obligados a llevar el cuerpo pero dejaron la mente afuera. Están los que se empeñan en hablar con quien está a su lado sin escuchar al que lleva la batuta, causando el caos en la reunión. Están los que creen que son ellos quienes se gradúan por el esfuerzo que les ha significado llevar a sus hijos hasta ahí y quieren una celebración más para adultos que para niños. Están los que no tienen más ilusión en la vida que ser los protagonistas de la vida de sus hijos. Están los que esperan que la reunión termine rápido para continuar con sus vidas
Yo aprendí desde mi primera graduación (es decir la de preparatoria de Manuela, mi hija mayor) a colaborar sin meterme demasiado. A aceptar las decisiones de la mayoría sin discutir, para evitar pleitos.
Tengo la fe –yo tan escéptica siempre- que las próximas graduaciones las organicen mis hijas. Que no me toque a mí. ¡No quiero graduarme más!
claudia@chirripo.or.cr
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Tenemos que participar en la historia
Claudia Barrionuevo
La vida humana es realmente breve y efímera, sobre todo si la comparamos con la historia del planeta y de la humanidad. El camino de cada uno de nosotros está signado por la genética, la formación (sicológica, cultural, educativa, moral, etcétera) y las circunstancias que nos toquen vivir. Esas circunstancias, ese breve momento de la historia durante el cual transcurre nuestra vida, puede tener fechas imborrables para el mundo.
Por ejemplo: si uno tuvo 20 años en el Berlín o el Munich de finales de los treintas y vivió la evitable ascensión de Adolfo Hitler. O si con 25 años recién cumplidos caminó por las calles de Moscú en octubre de 1917 viviendo el inicio de la Revolución Soviética. O si tuvo que presenciar el nacimiento de la represión más espantosa, teniendo 30 años en el Buenos Aires de principios de los setentas. O si fue testigo o protagonista del momento histórico más relevante de la Costa Rica del Siglo pasado, cumpliendo 35 años en 1948.
El siglo 21 está apenas comenzando y ya hemos presenciado varios hitos históricos mundiales. Muchos- desgraciadamente- tienen que ver con la muerte y la destrucción provocados por dos fenómenos: las guerras (término en el que incluyo no sólo las invasiones de un país a otro, si no también cualquier tipo de atentado terrorista) y los desastres naturales (entre los que no sólo cuento los terremotos clásicos presentes en todos los siglos, si no también los nuevos desastres –huracanes, tsunamis, inundaciones, tornados, tormentas- que son producto de los pecados ecológicos cometidos por nosotros mismos.
Nuestro país, Costa Rica, es muy, muy pequeño en relación con el planeta –por no decir el universo-. Pertenecemos a un continente fascinante que ha tenido una historia rica, contradictoria, mestiza. Los países latinoamericanos comparten hitos históricos comunes y a la vez diferentes en sus detalles: independencias, revoluciones, líderes contradictorios, dictaduras, corrupción.
En este principio de siglo, nosotros, los habitantes de Costa Rica, estamos viviendo un momento que quedará grabado en la historia de nuestro país. Aunque nadie la escribiese –lo cual no creo que suceda- no olvidaremos este proceso histórico...
El famoso Combo del ICE y las reacciones en contra que este provocó, fueron el comienzo de un cambio en la conciencia política y social de los costarricenses.
La euforia de ese triunfo –haber defendido al ICE- duró poco: el destape de los casos Caja-Fishel e ICE-Alcatel nos sumió en un estado de desesperanza. Tan doloroso fue el descubrimiento de estos dos grandes (aunque no únicos) casos de corrupción que -de alguna manera- surgió una depresión colectiva entre los habitantes de nuestro pequeño país.
Una nueva fase de este proceso histórico la ha marcado sin lugar a dudas el famoso Tratado de Libre Comercio (TLC) y el referendo sobre el mismo.
Seamos conscientes del importantísimo momento que estamos viviendo. La historia nos está permitiendo participar en ella, nos está invitando a incidir en el destino de nuestro país. ¿Quién quiere perderse esa oportunidad? ¿Quién no va a ir a votar el 7 de octubre del 2007? Yo quiero participar en la historia.
claudia@chirripo.or.cr
Vengo a ofrecer mi corazón
Claudia Barrionuevo
Debo entregar esta columna el viernes 5 de octubre del 2007, dos días antes del Referendo. No creo en las encuestas políticas: ellas mismas me han enseñado a desconfiar de los datos que expresan. Así que cuando ustedes y yo leamos estas líneas impresas en el periódico La República, sabré con certeza si ganó el Sí o el No. Creo –como la mayoría- en la voluntad soberana del pueblo de Costa Rica y en el resultado de la elección que certifique el Tribunal Supremo de Elecciones: “como un documento inalterable”.
Para mí la gran concentración del domingo 30 de septiembre ya fue un triunfo del No.
“¿Quién dijo que todo está perdido?”, pensé -sacudiéndome el pesimismo que siempre me acompaña- mientras caminaba por el Paseo Colón. Eufórica sentí: “Yo vengo a ofrecer mi corazón”. No era la única. Cientos de miles de personas, recordaban “tanta sangre que se llevo el río” en 1856. Venían a ofrecer su corazón.
He tenido la suerte de participar en varias manifestaciones en mi vida (incluso en otros países). Pero la última del No fue la que más me ha emocionado. No podía dejar de pensar en que esta, mi patria -la que adquirí por voluntad propia en 1976- estaba intacta.
Mis hijas insistieron en ir y yo decidí llevarlas por una razón fundamental: si la historia pasa por la esquina de nuestra casa hay que verla en vivo, no por televisión, Cuando sean más grandes podrán contar lo que vivieron.
Confieso que tenía miedo de llevarlas. Un miedo infundado pero fundado. Me equivoqué. Hombres, mujeres, bebés en cochecitos, ancianas en sillas de ruedas, familias enteras realizaban su paseo del domingo vestidos con los colores de la bandera.
“Y uniré las puntas de un mismo lazo, y me iré tranquilo, me iré despacio, y te daré todo, y me darás algo. Algo que me alivie un poco más”
Aliviada continué la marcha con Manuela y Valeria, ante la presencia de unos pocos policías desarmados –en su mayoría mujeres- que mantenían libre el acceso al Hospital San Juan de Dios. ¡Estábamos en Costa Rica!
Aunque al principio pensé mantenerme en las cercanías de la concentración, me zambullí de cabeza en toda ella hasta llegar a la tarima principal, esperando con ansiedad que llegara el momento cumbre, cuando todos entonáramos el Himno Nacional.
Antes de eso, Eugenio Trejos, solicitó un minuto de silencio en homenaje a uno de nuestros máximos próceres, don Juanito Mora, fusilado justamente un 30 de septiembre. La respuesta fue impresionante. Todos nos mantuvimos callados por más de un minuto.
“Y hablo de países y de esperanzas. Y hablo por la vida, hablo por la nada. Y hablo de cambiar esta nuestra casa, de cambiarla por cambiar nomás”
Cambiamos esta, nuestra casa, ese domingo.
Tal vez la cambiamos aún más ayer. Mientras escribo estas líneas no tengo la certeza del resultado en las urnas. Me queda la tranquilidad de escuchar y repetir la canción de Fito Páez: “¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón.”
claudia@chirripo.or.cr
Siempre No
Claudia Barrionuevo
Difícil para muchos costarricenses amanecer el 8 de octubre del 2007. Duro para un 30% de la población. Alegre para el otro 30%. Indiferente para el 40% restante.
Yo me encontraba entre esa primera mitad del 60 % que había ido a ejercer su derecho al sufragio. O más bien entre la mitad que no llegó a la mayoría. Pero bueno, no era la primera vez que perdía una elección. Era –más bien- una vez más.
Estaba curada de espanto y como lo dije en la última columna, no creo en las encuestas. No me alegré con la que se hizo pública pocos días antes del Referendo. Supuse que tenía alguna intención. La tenía. No me extraña.
En realidad lo más duro de estos días ha sido consolar a mi hija Manuela. Todavía no ha sufrido su primera desilusión amorosa y ya ha tenido que sufrir la primera ideológica. Porque ella si creyó en la encuesta. Porque ella, al igual que a todos los asistentes a la marcha del 30 de septiembre, se le hinchó el corazón creyendo que otra Costa Rica era posible. Porque vivió la esperanza y la energía de ese domingo 7 siendo guía en una escuela de Montes de Oca.
A las 8:35 ante los primeros y absolutos datos dados por el TSE, debí confrontarla con la realidad. El No al TLC había perdido. Sin fraude, pero había perdido.
Quería llorar pero no debía. Mi obligación maternal me exigía consolar a mi cachorra con argumentos contundentes.
Convencerla de que no vale la pena llorar por una elección perdida: a mi edad he perdido todas las elecciones desde 1982, primera vez que me tocó votar. (Bueno, más de un diputado he podido elegir.)
Explicarle que la democracia vale la pena aunque el dinero sea en mayor medida la que la mueva.
Hacerle entender que la maquinaria de organización y recursos económicos que desplegó el Sí tuvo más fuerza que el corazón y las convicciones del No.
Ayudarla a aceptar que así era, es y será el juego de la democracia, que –sin lugar a dudas es preferible a una dictadura- pero que no siempre se gana. O mejor dicho: ayudarla a aceptar que siempre se pierde. Nunca una elección es igual a las películas de Hollywood con final feliz.
Y en todo caso decirle (y decírmelo a mí misma y decírselo a todos ustedes) que en realidad no se trataba de una derrota absoluta. Que el camino recorrido en pos de un país más solidario, con mayor conciencia ética y social no ha desaparecido.
Que somos muchos (y de lo más heterogéneos) que soñamos con un cambio. Y que –inevitablemente- como no fuimos pocos, nos tienen que seguir escuchando.
Antes de que el TSE abriera la sesión solemne ya se podía ver a altos dirigentes del PUSC abrazando al Presidente Arias y a sus Ministros y colaboradores en la Casa presidencial. El PLUSC también existe. El debilitado y alicaído PUSC encontró en esta victoria la posibilidad de poder congraciarse con el partido dirigente. ¿Son o no son los mismos? Por supuesto. Y lo seguirán siendo.
Por más que acepto con total respecto el resultado del Referendo, me niego a compartir la frase que muchos repiten: “Costa Rica dijo Sí”. No es así. La mitad más uno de los que fueron a votar dijeron Sí. Yo no. No, gracias. Siempre No.
claudia@chirripo.or.cr
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